Escaleras al cielo, por Esteban Ierardo

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¿Qué historiador nos ayudará a determinar hace cuánto tiempo subimos las escaleras? Todos los que habitamos los peldaños nos sabemos peregrinos en viaje hacia el techo del cielo. Cuando lleguemos a lo que llamamos el Ultimo Peldaño, o el Definitivo Escalón, de una escalera especial, la Escalera del Regreso, podremos tocar la misteriosa cumbre del cielo. Según una ancestral tradición, la Escalera del Regreso es la más corta de cuantas existen. ¿Cuándo llegaremos al punto más alto del firmamento? ¿Cuándo daremos con la escalera más breve? No lo sabemos. Mientras tanto, subimos un mínimo de cinco mil escalones por día en nuestra continua búsqueda del final de los peldaños.
    Nuestro mundo de escalones se compone de un sistema ramificado de escaleras. Existen las escaleras principales (que trepan las alturas siguiendo una estricta línea recta), y las escaleras menores (que siguen trayectorias oblicuas y unen entre sí a las escalinatas rectilíneas). Es por esto que los profusos peldaños configuran vastos y ascendentes senderos de troncos (las escaleras principales) y de ramas (las escaleras menores) que se mantienen suspendidas en el aire.
    Las escaleras son de invariable e inalterable madera; pero de una madera que gusta de las variaciones. Por eso, nuestros pies desnudos acaloran con frecuencia escalones de alerce, radal, roble, eucalipto, arrayán, maiten, coihue, álamo, etc. En ocasiones, aparecen trayectos donde cada peldaño es un tipo de madera diferente (esto acontece principalmente en las escaleras menores).
   Nos alimentamos con racimos de peras, manzanas, naranjas, cerezas, ciruelas, que penden de los bordes de algunos peldaños. Pero también encontramos uvas y bananas dispersas cerca de los lugares donde los peregrinos solemos interrumpir nuestras subidas para descansar.
   ¡Oh! ¡Para descansar!...Sólo tenemos dos descansos: uno al mediodía y otro a medianoche. El momento de la necesaria reposición de las fuerzas no es señalado por la aparición en nuestro camino de un rellano con forma pentagonal. Las cosas que ocupan aquellas figuras de cinco lados son variables, salvo estos únicos elementos fijos: una franja de tierra alfombrada por un tapiz de hierba húmeda; un retrete, envuelto en una penumbra destinada a preservar la intimidad; siete anaqueles, sin libros, de un estante de biblioteca forrado por espejos rotos en toda su extensión. Carecemos de obras impresas porque los peregrinos preferimos la oralidad a la inmovilidad de la escritura. Las palabras escritas y su lectura nos hacen pesados y sedentarios. Las voces de nuestras gargantas, en cambio, nos dan el ejemplo de algo siempre aéreo y expansivo.
   Y también en el rellano pentagonal hay un mirador, donde descansan un megáfono y una mesa de dibujo.
   Desde el mirador, podemos apreciar las regiones del cielo no ocupadas por las escaleras. Y otras cosas: hacia abajo, se muestra un vacío, un espacio sin fondo, desde donde surgen, misteriosos, los aéreos escalones.
   Durante el día, el cielo es bendecido por olas de cálida luz azulada irradiada por un sol oculto cuya naturaleza y ubicación (como tantas cosas) no alcanzamos a comprender. Nubes dispersas, de tintes rojos, flotan a veces entre las escaleras; y, ocasionalmente, se funden para fecundar lluvias y tormentas que estremecen y humedecen los peldaños.
De vez en cuando algún peregrino muere por la descarga de un rayo. La proximidad de una tempestad se anuncia por la aparición en la parte superior de las nubes rojizas de tres puntos negros. A fin de que todo peregrino saque un impermeable del interior de una mochila que carga sobre la espalda, se recurre al uso de un megáfono. ¡Magnífico invento éste de un peregrino (cuyo nombre se nos ha extraviado en la memoria) enamorado de la voz y su expansión! Las únicas palabras que solemos amplificar mediante el aparato son:
    ¡A los impermeables! ¡Tormenta viene!
   Con los megáfonos cumplimos así una sana función de prevención de los resfríos y catarros que pudieran provocarnos las mojaduras de la tormenta si no recurriéramos a nuestros impermeables.
   Y, al llegar a los rellanos de medianoche, dormimos recostados sobre la hierba húmeda; y contemplamos fascinados el brillo de estrellas lejanas, a no ser que llegue una tormenta. En ese caso, además de enfundarnos en nuestros impermeables, como ya saben, nos refugiamos debajo de la mesa de dibujo que hay en cada rellano de descanso. Sobre la superficie del tablero siempre descansa una ilustración, una única ilustración (aunque eso sí, con distintas variaciones de colores y estilos), de nuestro hogar: el Cielo de las Escaleras. No sabemos quién es el autor de los dibujos. ¿Serán acaso obra de un Dios Desconocido de las Escaleras?
   Pero este no es el misterio que más nos asombra. Lo que en mayor medida estimula nuestra curiosidad es un continuo y tenue sonido que siempre se escucha escaleras arriba. Dentro de aquel débil torrente sonoro, se escuchan muchas veces gemidos y estallidos. Estallidos acompañados generalmente de étereas melodías.
   Nuestro constante peregrinar hacia las alturas vive del deseo de llegar hasta el Ultimo Peldaño desde el que tocar el techo del cielo, como ya les dije; pero también queremos comprender la naturaleza y el origen de los sonidos de escaleras arriba.
Muchos conjeturan que en cuanto encontremos el significado del Sonido de Arriba (así le llamamos a la continua sonoridad que llega desde lo alto), encontraremos el camino más corto hacia nuestra meta, hacia el techo del cielo. Para algunos, el sonido misterioso es señal de que estamos cerca de la cúspide celeste; para algunos (para mí por ejemplo) en las inmediaciones del Ultimo Peldaño sólo imperan ondas sonoras, no figuras de escalones. O imágenes de rellanos. O eventuales tormentas. Esas tormentas que nos obligan a usar los megáfonos para que cada peregrino tome mano de su impermeable.
¡Ah! ¡Cuántas cosas se dicen entre los peregrinos sobre el Sonido de Arriba, sobre el enigma del sonido! ¡Oh, cuántos misterios caldean el aire y endulzan con olores indefinibles los pliegues del espacio! ¿Estará en el dominio del sonido el camino para llegar cuanto antes al techo del cielo? Para algunos ése es el caso. La secta de los nonmórficos, por ejemplo, creen que los poderes del canto pueden acelerar la llegada a la cumbre del Cielo de las Escaleras. Los miembros de este grupo se postran en un peldaño cualquiera, o en un rellano a la medianoche, y cantan con la esperanza de que las continuas melodías de sus gargantas les den alas a sus pesadas carnes y los hagan fundirse con el Sonido de Arriba para después trepar como salmones las cascadas sonoras y llegar rápidamente hasta el Definitivo Escalón. Muchos de los nonmórficos, luego de iniciarse en el canto, se niegan a usar otra vez el fatigoso y lento báculo de sus piernas para seguir subiendo por las escaleras. Así, después de un largo período de quietud, algunos mueren de hambre; otros, prefieren lanzarse al vasto espacio sin fondo y gritar durante la caída con toda la desesperación fomentada por el pánico. Piensan que entonces su grito violento los transformará en una flecha veloz enderezada hacia lo más alto del cielo.
Durante mucho tiempo, la mayor parte de los peregrinos abrazó con fanatismo el credo de los nonmórficos. Pero esto ya no es así. Porque ahora muchos trepadores de escaleras siguen otra creencia. De la que yo soy responsable. Me explicaré: durante un mediodía, en un pentágono poblado, además de sus elementos fijos, por la estatua de un centauro y una fuente de serenas aguas azules, encontré un libro ilustrado donde se repetía una sola imagen: una escalera de roble rodeada por nubes rojas. Tuve entonces una fulminante visión. Luego, apelé a un megáfono, situado sobre el mirador del rellano; y, con el mayor vigor que pude concederle a mi voz, proclamé que el origen del Sonido de Arriba es un volcán de infinito calor en continua erupción. A cada segundo, la montaña de fuego erupciona una fina lava hecha de luz y música.
   Inmediatamente, aclaré que no podía ofrecer argumentos para comprobar mis dichos; sólo me era posible apelar a la autoridad de una súbita iluminación. Dije después que el sonido que llega desde arriba es el pálido eco del furioso volcán que ruge en lo más alto; afirmé que aquel sonido era una señal de que no estamos muy lejos de nuestra meta. ¡Asi que a acelerar el paso, peregrinos! ¡El volcán que erupciona luz y música en el techo del cielo no está no muy lejos!
   No sé por qué el anuncio de mi visión causó tanta indignación en algunos, y tan fervorosa adhesión en otros.
  Un grupo no despreciable de peregrinos se dejó seducir por mis palabras, y empezó a subir los peldaños con la única imagen en la mente de un volcán cuya lava es luz y música a la vez. Desde entonces, mis discípulos (debo asumir ese extraño liderazgo que ejerzo sobre algunas almas), se llaman a sí mismos los volcánicos; y suben los peldaños con una fortaleza ajena a mi angustia por no entender el misterioso universo. ¡Sí! ¡No entiendo! ¡No entiendo! ¿Cómo es posible que existan las escaleras y el cielo y no la nada? ¿Gracias a qué poder creador hay pensamientos en mi mente, y sangre en mi cuerpo? ¿El volcán que vi en mi visión es real o sólo es una ilusión, una representación mental, o un símbolo de algo oscuro e incomprensible? Ah, si sigo con estas preguntas, ustedes comprenderán, me expongo a la inacción; corro el riesgo de quedarme quieto y perplejo en un escalón. ¡Oh, qué no lo permita mi destino de buen peregrino! Creo que todos estarán de acuerdo: ¡lo importante es qué mis pies no dejen de hollar nuevos y suaves escalones hacia el Ultimo Peldaño!
   Después de mi uso innovador del megáfono, muchos otros quisieron beneficiarse con los mágicos poderes de la propagación de la voz. Así surgieron peregrinos que pretendiéndose, lo mismo que yo, beneficiados por una iluminación, pregonan desde entonces los frutos de su propia revelación. El creciente número de voces de los distintos iluminados se yuxtaponen, se mezclan, generan un continuo caos de palabras entrecruzadas que sólo se interrumpe al llegar la medianoche. Entonces, antes de dormir, pienso que no fue del todo afortunada mi ocurrencia de transformar un megáfono (un instrumento vulgar sólo destinado a exhortar a los peregrinos a que dispongan de sus impermeables para protegerse de las tormentas) en un medio de difusión de revelaciones místicas. Pero bueno, el mal ya está hecho.
   Y en la mañana, cuando el sol oculto en el Cielo de las Escaleras irradia su habitual luz azulada, recomienzan las predicaciones de los visionarios megafónicos.
Sólo raras veces el enjambre de voces amplificadas deja escuchar una solo voz. Como ahora, que estoy descansando en un rellano pentagonal. Me pongo al tanto así de una de las últimas peregrinas visiones en el Cielo de las Escaleras. La voz en cuestión, algo senil y gruñona (que espero que también ustedes escuchen) propicia la Nueva Fe del Gran Ojo. El Sonido de Arriba es, dice la voz, una trampa creada por la perversidad del oído. Sólo el Gran Ojo puede descubrir la escalera que nos llevará cuanto antes al techo del cielo. Es necesario aguzar la mirada para medir el ancho de las escalinatas recorridas durante por lo menos siete meses. De esta manera, se podrá determinar cuál es la escalera más angosta que se ha recorrido durante ese lapso. La más delgada senda de madera será el único camino a seguir desde entonces. Porque esa será la vía que nos lleve hasta el techo del cielo. Por todo esto, el predicador del Gran Ojo asegura que los peregrinos sólo deberíamos preocuparnos por las mediciones de peldaños y no por ese invisible torrente sonoro, sin medidas ni formas fijas, que siempre se escucha escaleras arriba. Si sólo caminamos por una escalera bien medida por un ojo sagaz, dice, pronto llegaremos a la cumbre del Cielo de las Escaleras.
   El gran número de seguidores de la secta del Gran Ojo me hace extrañar el bello paisaje de las escaleras descongestionadas, porque ahora me ocurre muchas veces encontrar a tres o más adeptos del Gran Ojo arrodillados en un mismo peldaño tomando medidas e impidiendo el libre avance de los peregrinos que vienen detrás. En ocasiones, opto por pedirles permiso; en otros casos, debo dar un salto sobre los absortos medidores de escalones, lo cual, no pocas veces, me expone al peligro de perder el equilibrio y caer en el vacío. ¡Oh, cómo se está complicando la vida en nuestro Cielo de las Escaleras!
Y ahora, ¿escuchan esto? ¿Lo escuchan? En la región Este, otra voz difundida por megáfono habla de un instrumento mágico hallado por un peregrino detrás del retrete de un rellano. El objeto en cuestión tiene un mango de madera, rematado por un metal filoso. Su descubridor lo llamó Hacha Filosa. Y, al comprobar el poder cortante de su hoja, fue presa de una rara certeza: la mejor manera de llegar al techo del cielo es destruir a hachazos las escaleras. Sí, leyeron bien: lo mejor para este peregrino es que destrocemos los peldaños. Si esto ocurriera todos los peregrinos nos desplomaríamos en el vacío; ahora bien, que el caer nos permita subir hasta lo más alto, hasta nuestro ansiado techo del cielo, es algo que no puedo entender. Supongo que el pregonero del Hacha Filosa es un desesperado o un filósofo de vanguardia que pretende desafiar el principio de no contradicción.
   El hecho es que ahora, en el Este, se está produciendo una gran tala de escaleras; pero, contrariando lo previsible, toda vez que se quiebra la madera, las escalinatas no se derrumban sino que, por el contrario, los peldaños destruidos se regeneran rápidamente y vuelven a su estado anterior. Pese a todo, el iluminado del Hacha Filosa no se amilana. Confía en que si los brazos no atemperan la energía de los hachazos, se conseguirá finalmente que todas las escaleras se derrumben y, aunque cueste entenderlo, todos los peregrinos caeremos y, así, todos subiremos hasta la cumbre del cielo.
¡Oh, cuántas ocurrencias pueden tener mis hermanos peregrinos! Escuchen, por ejemplo, esta nueva voz: en la región Oeste un peregrino anuncia que en un pentágono, en un lugar de descanso, descubrió un cofre abierto con monedas de perfectas formas circulares y enceguecedores brillos iridiscentes. Al contemplar aquellos metálicos círculos resplandecientes, el peregrino entendió cuál es el camino más corto hacia el Ultimo Peldaño: se dijo a sí mismo: ¿cómo se puede osar tocar el sagrado techo del cielo sin entregarle al Dios Desconocido de las Escaleras racimos de monedas como devotas ofrendas? Por esta razón, los peregrinos de la Devota Ofrenda suben las escaleras sembrando de monedas los peldaños. Hacen esto con la esperanza de que el Dios Desconocido de las Escaleras acepte la oblación para que así la corriente de escalones hacia arriba termine cuanto antes.
   Pero no dejo de sorprenderme; no puedo dejar de sorprenderme en el Cielo de las Escaleras. Escuchen ahora esto: en la región Sur, otro predicador difunde a través de su megáfono la grandeza del Buen Sótano. Desde tiempo inmemorial, los peregrinos han sido engañados por la promesa del techo del cielo al final de la escalera más corta, dice este último visionario. Absurda creencia. La verdad se encuentra escaleras abajo, en un sótano íntimo. Iluminado por antorchas de brillos plateados. Allí no hay escaleras; sólo lechos de lodo sobre los que los peregrinos podrán retozar felices y libres de los dolores de piernas y rodillas provocados por la búsqueda de ese maldito y esquivo Ultimo Peldaño. El iluminado del Buen Sótano asegura que, en un rellano, al resbalarse y hundirse su cara en la hierba húmeda, escuchó un mensaje procedente de las regiones inferiores:
Vengan a mí cuanto antes. Soy el Dios Embarrado. El cielo es una invención falsa de mentes equivocadas. Y después:
   Lo único que existía antes del pensamiento de los peregrinos, soy yo. El lodo. Lo bajo. El sótano. Preexisto. Y quiero lo que rueda. Lo que es pesado y prefiere la seguridad de un lecho de barro al inseguro ascenso hacia lo alto.
   La referencia a "lo que rueda" induce un rápido y ciego convencimiento en uno de los peregrinos; interpreta que el Dios Embarrado quiere que sus hijos vuelvan a su verdadero hogar entre caídas y ruedos. Asegura que rodar escaleras abajo es la mejor manera para un rápido regreso a la comodidad de un alegre y despreocupado lecho de barro.
El peregrino que ha tenido esta certeza se lanza hacia adelante; y, con felicidad, comienza a rodar escaleras abajo. Muchos otros lo siguen. Pero el predicador del Buen Sótano no quiere perder su posición firme y erguida; por lo que un grupo de discípulos lo ayudan amablemente a empezar el descenso. Hacia el sótano donde el Dios Embarrado lo espera con los brazos abiertos para darle un enlodado y afectuoso abrazo.
La alegre caída por los peldaños continúa hasta que un nuevo iluminado interrumpe el flujo de peregrinos lanzados al ruedo. Este hermano asegura que él también ha recibido un mensaje del Dios que espera escaleras abajo. Para llegar a El la cuestión no es rodar sino navegar. Navegar por los peldaños a través del Arca de Lodé. El se encargará de construirla (o mejor dicho: el delegará esa tarea en un Maestro de Construcciones). Los que sobreviven al furor de las caídas, son enviados a recorrer las escaleras cercanas para cortar pedazos de madera con los que construir el arca; y, mientras se ejecutan las obras, el Anunciador del Arca de Lodé (cuyo nombre algunos conjeturan que es precisamente Lodé), permanece dentro de una tienda durmiendo. Holgazaneando. O impartiendo órdenes hasta el imprecisable momento de la conclusión del navío y el comienzo de la navegación escaleras abajo.
   Un informante, que prefiere permanecer anónimo, reproduce este breve diálogo entre el Maestro de Construcciones y el Anunciador del Arca en su tienda:
  -Mientras todos los peregrinos no sean tus esclavos, ¿cómo conseguiremos la suficiente mano de obra para terminar el arca?
  -Es cierto-responde el Anunciador del Arca, desde su lecho de descanso-. Sólo se puede llegar a la verdad si todos los peregrinos trabajan para un solo peregrino...
  ¡Oh, cuántas noticias, además de visiones, difunden las voces de los megáfonos! Podría demorarme en otras novedades; pero ahora debo retomar la subida. ¡Vamos!  ¡Acompáñeme!
   Luego de dejar cientos de peldaños atrás (quizá luego de varias jornadas de marcha) llego a otro rellano de descanso. Y compruebo que las nubes se enzarzan e inventan una tormenta. Y una lluvia llega. Rápida y fresca. Remolinos de un aire rojizo ocultan los peldaños de una escalera a la izquierda.
   Y desde esa zona invisible, aparece un peregrino de túnica blanca espolvoreada de letras negras. Está agitado. "¡Que la tormenta no termine y que esta escalera siga oscura, para que él no venga!", grita el recién llegado. ¿Quién es el que no debe venir?, me preguntó, les pregunto a ustedes: ¿quién será el que no tiene que venir? Y después, con un megáfono en la mano, el recién aparecido agrega, como si lo repitiera desde siempre:
  -¿Cómo llegar hasta el Ultimo Peldaño?; sí, ¿cómo llegar hasta el techo del cielo? Yo tengo la respuesta: para subir por las escaleras y llegar al Ultimo Peldaño hay que adjudicarle una palabra a cada escalón; y hay que definir cada una de esas palabras. Y crear un diccionario de definiciones que nos será dictado por un Gran Dios Definidor.
"Y cuando todo peldaño sea una definición nada nos obligará a continuar con esta marcha fatigosa e insegura escaleras arriba; entonces no será necesario trepar miles de malditos peldaños por día. Porque tendremos un nuevo camino para subir. Bastará con recorrer las definiciones de los escalones en el diccionario del Gran Dios Definidor. Eso será suficiente para llegar hasta el techo del cielo. Del cielo que no es más que una ordenada suma de definiciones.
  "¡Oh, supliquemos al Dios Definidor que nos liberemos al fin
de las inútiles marchas peldaños arriba! ¡Más vale caminar por un diccionario de palabras ordenadas antes que por un mundo de escaleras inseguras!
   Y el peregrino de la túnica blanca de letras negras, desesperado, con un dedo empapado en tinta escribe definiciones sobre la hierba húmeda del rellano.
    Y las nubes se dispersan.
    La ira de la tormenta se disipa en una serena brisa. En un silencio. Estelas de claridad serpentean otra vez escaleras arriba. Y desde los peldaños que se distinguen en la altura, baja un viejo desnudo, con salvaje cabellera ondulante, exhalando un viento huracanado por la boca, con un hacha en una mano sudorosa, y en el rostro una expresión de voluntad decidida. Y el seguidor del Dios Definidor comprende que no puede escapar, y ríe enloquecido. Como un bufón. Acorralado. Sin la protección de ningún diccionario. Y grita: "¡Tú no tendrías que venir! ¡No puedes existir, porque no puedo definirte! ¿Por qué has venido?" ¡Ah! ¿Quién será el que ha venido? ¿Quién es ese viejo iracundo que vino desde lo alto?, me pregunto, les pregunto. ¿Lo saben ustedes?
   Y el viejo desnudo alza su hacha; el filo de su metal gana altura; y atraviesa el cuello del peregrino de la túnica blanca de letras negras. Y rueda su cabeza; los labios del decapitado no alcanzan a dar una última definición. Y, todavía con sangre en la mirada y el hacha, el anciano del golpe salvaje, ese peregrino antiguo, muy antiguo, se acerca y me dice:
Joven peregrino: ya no piense. Sólo perciba colores, sonidos. La mujer y el volcán. Un cielo poderoso y caliente.
   ¿Qué me habrá querido decir ese peregrino tan antiguo, de un tiempo tan lejano? ¡Otro misterio! ¡Cuánto misterio! Y al subir otra vez los peldaños de las escaleras no suelto ni por un instante mi megáfono (creo que olvidé decirles que siempre, después de mi visión del volcán, tuve el instrumento para la propagación de la voz en una mano). Y por razones que no podría explicarles, decido observar un estricto silencio y no volver nunca más la mirada hacia atrás. Este mandamiento no me priva de vistazos hacia los costados; y, por supuesto, de las miradas frecuentes hacia los escalones de arriba.
   ¡Ah! ¿Cuándo llegaré al Ultimo Peldaño y me arrodillaré emocionado, con lágrimas en los ojos y risas en los labios, y extenderé los pétalos fragantes de mis dedos hasta la más alta gema(el más alto peldaño) en la cumbre del cielo?
   A diestra y siniestra, alcanzo a distinguir a peregrinos adherentes a viejas y nuevas sectas que suben o bajan por los peldaños. Algunos pocos avanzan solos; otros, pocos, se arrojan al vacío. Sólo escucho ocasionalmente rumores y pasos que palpitan detrás de mí.
    Y al descansar en un rellano, descubro a una peregrina que contonea su cuerpo desnudo sobre la hierba. ¡Una peregrina! ¡Al fin! Quisiera consolar el fuego angustiado que hay en mí sintiendo las llamas de aquella hembra llena de belleza y soledad. Pero pienso: ¿quién será esa mujer que nunca antes vi? ¿Quién será? ¿Por qué de sus senos, y de la íntima hendidura entre sus piernas, emanan sonidos, vibraciones, música, que me hacen presentir algo secreto, oculto, una fuerza sutil, poderosa, antigua? ¿Por qué intuyo que en ella, en su sexo, late el calor de una realidad más intensa? ¿Por qué sospecho la proximidad de una Diosa Oculta de las Escaleras? ¿Por qué imagino a una Diosa que inventó a la mujer y el volcán, y una lava de colores luminosos y música? Una diosa que derrite toda escritura, y las redes y arpones de los cazadores que pretenden cazar el cielo con teorías, especulaciones y cálculos. Por momentos, siento con tanta claridad que el cielo es una continua explosión de vitalidad en el centro de cada átomo. El verdadero cielo no se esconde al final de las escaleras que ascienden peregrinos desesperados. La máxima altura es un calor que incendia de magia cada partícula de existencia. Pero dejo de percibir con claridad la realidad cuando ella se aleja; cuando ella se oculta entre nubes ligeras.
Y yo sigo subiendo peldaños en soledad, cada vez más soledad. Ustedes quizá no lo adviertan, pero me siento ya muy lejos de mis hermanos. De ellos sólo escucho, de tanto en tanto, sus lejanas voces propagadas por los megáfonos. Ahora, sólo escucho con claridad misteriosas voces calientes; de algo o alguien que habla desde el centro de nubes rojizas. Voces que hablan de otros mundos de escaleras.
   De otros mundos. Por ejemplo, escuchen la voz de una nube que habla de un mundo monocromático, de un único color verde que se modifica con sutiles variaciones imperceptibles. Las escaleras tienen allí formas circulares que flotan y suben hacia arriba. Siempre en pos de lo alto. Mientras, por los peldaños, camina sin descanso un solo peregrino, macho y hembra a la vez.
   Y, al seguir subiendo, escuchemos otras voces misteriosas. Calientes voces de nubes que hablan de otro mundo donde hay una gran escalinata de jade, cuyos peldaños más elevados están poblados por ardientes escorpiones y serpientes; o de un mundo donde reina una única escalera de vapor en la que viven peregrinos. Que son pájaros de humo violeta. Que nacen dentro de nubes que envuelven los escalones; o un universo con una escalera-escuadra donde impera una constante guerra entre distintos bandos de peregrinos, con distintas ideas acerca de con qué forma debe representarse, en una gran hoja cuadriculada, mediante la escuadra-escalera, la figura de un nueva escalera con la que llegar lo más rápidamente posible a la cima del cielo; o de un mundo con una gran escalera con forma de candelabro; cada uno de sus peldaños están separados por millones de kilómetros; los peregrinos sólo pueden avanzar allí gracias al periódico paso de un cometa que, en su cabeza de hielo y gas, transporta a los audaces caminantes de escaleras de un escalón a otro.
   ¡Qué magníficos avisos de otros cielos llenos de escaleras! Las variedades de los mundos y la constante incertidumbre de sus habitantes en cuanto al modo de arribo más rápido y seguro a la cumbre del cielo, no deja de asombrarme. ¿No los asombra a ustedes? ¿Cuándo llegará algún peregrino de cualquiera de los mundos conocidos o desconocidos hasta el techo del cielo? No lo sé. ¿Por qué no desligarme entonces de la pregunta? ¿Por qué no posarme sobre la peregrina desnuda cuando la vuelvo a encontrar recostada sobre la hierba en un rellano? Solitaria. ¿Por qué no escuchar al fin los gemidos de su placer?
   Y sigo subiendo nuevos peldaños. Aspiro intensamente gratuitas corriente de aire. Y a veces me detengo y palpo con mis dedos la textura de los escalones. Y me digo que no le temo al espacio vacío donde se hunden las escaleras; y, por primera vez, veo desde fuera, desde una fría distancia, la obsesión por llegar hasta lo alto del cielo. ¿Por que será? ¿Por qué ya no me interesara el techo del cielo?
   Y, casi al llegar a un nuevo rellano pentagonal, descubro a la peregrina desnuda parada sobre el mirador, envuelta por una delgada nube rojiza. Me mira por un instante; y, después, sube por nuevos peldaños con los armoniosos y lentos movimientos de sus piernas, con luces y reflejos, de plata y diamantes, centellando en los valles de su piel blanca. Sonidos y música brotan de su sexo. Y ella se va; se aleja entre ascendentes escalones.
   Y, cuando voy hacia el retrete del rellano, me permito una última teoría: ¿quién podría anticipar con total exactitud cuál es la escalera más corta hacia el techo del cielo? Pienso en un peregrino devenido un ave tan veloz como la luz. El peregrino alado debería detectar primero el lugar de inicio de cada escalera. Tarea que podría demandarle un vasto tiempo (pero no la eternidad, porque la sucesión de los peldaños no es infinita). En este primer vuelo de reconocimiento podría pasar por notables aventuras: podría bajar hasta una incierta profundidad en el espacio sin fondo buscando el primer escalón aéreo de cada escalera; podría descubrir tipos de madera tal vez desconocidos escalones arriba; y atravesar y soportar muchas tormentas y hallar objetos desconocidos en los rellanos pentagonales. Luego, le quedaría volar desde el comienzo hasta el final de cada escalera para precisar su extensión y para después comparar sus longitudes y determinar cuál es la más corta.
   En este segundo vuelo, el peregrino-ave puede repetir las aventuras anteriores o encontrar otras nuevas. Pero luego de cumplir su propósito, después de encontrar la escalera más corta, podría ocurrir que, primero, la escalera en cuestión, precisamente por ser la más breve, no concluya cerca de lo más alto sino que se propague, por ejemplo, hasta la mitad del cielo; o puede darse, segundo, que la escalinata de menos peldaños efectivamente conduzca hasta el techo del cielo. Pero entonces el peregrino emplumado, al acariciar con sus plumas el cenit de la bóveda, podría sospechar que las alturas ocultan un misterio, que excede al Dios Desconocido de las Escaleras; podría sospechar un enigma que vive en un lugar más alto todavía. Y entonces, el explorador alado de los vastos y ramificados escalones, se lamentará de que haya una escalera con un último escalón, y un cielo con un techo definitivo. Por eso, implorará que las escaleras continúen, que nunca terminen en ningún techo, y que los peldaños y el cielo sigan moviéndose hacia arriba. Hacia el enigma, el misterio que vive más alto. Siempre más alto.
   ¡Ah! ¡Sí! ¡Que misterioso es todo! ¡En qué extraño enigma vive el Cielo de las Escaleras? ¿Qué pensamiento podrá penetrar la realidad enigmática? ¿Podrá el pensar taladrar murallones de oscuridad e ignorancia y acalorarse con una revelación última sobre la naturaleza del universo? Pero debo decirles que yo, por mi parte, ya no pienso. Renuncio a esa supuesta necesidad. No difundo ya con el megáfono nuevas visiones personales, ni oigo la de otros. Sólo escucho los sonidos que vienen de arriba, sin interpretarlos. Y toco muchas, muchas veces, las maderas antiguas y aéreas de los escalones; respiro con profundidad el vapor de las nubes rojizas; y percibo, por todas partes, invisibles ríos de colores, calientes y sonoros.
   Y sólo quiero posarme sobre la peregrina desnuda y convertirme en una llama al tocar su piel. ¡Oh, cómo quisiera que ustedes me explicarán, que me ayudarán a entender por qué en los últimos días de marcha, la imagen, los colores, de la peregrina, rebullen continuamente por cada resquicio de mi cuerpo! ¿Ustedes podrían hacerme entender por qué basta que cierre los ojos para ver a la mujer que sube los escalones siempre delante de mí? ¿Por qué siempre la veo flotando sobre un océano de un único color grisáceo? Allí miles de peregrinos nos hundimos y ahogamos en ese gran mar, maniatados nuestros cuerpos a escaleras, cada una con una etiqueta adherida en la que se haya escrito un nombre, una definición. Y ella, en cambio, juega a entrar y salir del cráter de un poderoso volcán que, ardiente, furioso, se alza en el centro del océano gris. ¡Ah! ¡Ella sale y entra de la montaña de fuego y constantemente varían los colores de su cuerpo; y extrañas y nuevas melodías emanan de su piel! ¡Ah! ¡No entiendo esta imagen! ¿Será otra visión? Sí, creo que sí; creo que si sigo subiendo quizá pueda llenarme de calor al sentir debajo de mí el cuerpo desnudo y el alma misteriosa de la peregrina. Tal vez, si sigo subiendo por las escaleras, pueda percibir lo que ella protege: otro cielo, cielo caliente, sin ningún techo, sin escaleras más cortas o más largas. Otro cielo que estalla de continuo a mi alrededor. ¡Ah! ¡Sí! ¿No será entonces que tengo que seguir subiendo sin aspirar a ninguna meta, a ningún final? Porque, espero que coincidamos: ¿qué clase de cielo es aquel que esté condenado a terminar en un rígido techo y un último escalón?