Explora mundi. Ensayo sobre el libre explorador, por Esteban Ierardo

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La apertura a los muchos saberes, la curiosidad permanente, la búsqueda de lo no sabido, son parte de una actitud exploradora. El libre pensador puede ser un libre explorador, pero no necesariamente ocurre al contrario. En el ensayo que sigue a continuación intentamos explorar las posibles características de una experiencia de conocimiento que no coincide ni con el erudito ni con el especialista. Es una actitud indagadora de la realidad más cercana a la mente renacentista y a todo pensar universalista. El libre explorador es espíritu lúdico, que gusta de senderos del bosque poco atendidos.

E.I

EXPLORA MUNDI

Ensayo sobre el libre explorador

Por Esteban Ierardo

 I.

Explorar es una actitud vital. Es una piel de muchas rayas. Las rayas del explorar como acción física y épica en los exploradores de la época de los grandes descubrimientos; o el explorar como hallazgo intelectual, o como creación y experimentación artísticas.

Explorar es venerar una región del ser. Y la exploración del misterio del ser acaso sea el arrojo exploratorio mayor.

Y si la exploración más vertiginosa o embriagada es la del ser, el explorar, aunque parezca abocarse a un algo particular, se derramará, una y otra vez, en el cuerpo extenso y complejo del universo; en lo universal y sus secretos irreductibles. Porque el ser mismo es universalidad.

El libre pensador piensa con la mayor libertad que le sea posible. Su libertad se muestra en su actitud crítica y, muchas veces, en la ironía y la sátira. Este sesgo crítico suele verterse sobre la cultura y sus conflictos, sobre las ilusiones o méritos de la filosofía o la ciencia. Pero antes que el filo de la espada del libre pensador, se encuentra la dureza y resistencia de la masa metálica de esa espada. La consistencia de la espada equivale a una decidida actitud exploratoria, que es anterior al filo pensante.

El libre explorador es acaso una figura anterior al libre pensador; no hablamos del libre pensador que reordena rasgos oscuros o falencias ya sabidas hasta el hartazgo de nuestra cultura, o de otras (1). El libre explorador busca sondear, o recordar, algún valle todavía envuelto entre brumas de lo indefinido y desconocido. La actitud que hurga las nuevas figuras que duermen entre las brumas, entre latentes relaciones complejas, es el pathos inicial del libre explorador. Esta forma particular del ser humano es sobre la que queremos ensayar aquí…

 

 

II

 

Podríamos pensar primero que la actividad exploradora es una noción general, aplicable por tanto a muchos ámbitos. Podríamos pensar que, en una primera percepción, ex-ploración es todo salir afuera. El ver y registrar, por ejemplo, del bebé de las primeras sensaciones que lo abren a un mundo exterior; la primera visita exploradora de una pareja que se apresta a comprar o alquilar una casa; la contemplación detenida de los paisajes que se ofrecen durante una caminata en la naturaleza; la necesaria circulación por veredas o calles para arribar desde algún sitio hacia otro.

Pero lo explorador en esta primera visión general no es sólo una actitud descubridora o indagadora de lo exterior. También puede implicar la introspección, un atender a uno mismo que descubre nuevos hondonadas de sentimientos, pensamientos o núcleos conflictivos.

Explorar es así alguna forma de des-pliegue que se expande desde su anterior plegamiento. Los pliegues de las exploraciones salen hacia los diversos niveles del afuera físico o social, o de las tramas diversas (psicológicas o intelectuales) de la interioridad. Pero tal vez esta intelección abarcadora del acto explorador no piensa lo propio del explorar. Alude más bien a las posibles direcciones hacia las que el impulso explorador puede lanzarse. Es como un mapa de navegación que se des-pliega para mostrar distintas rutas posibles en el mar, pero sin meditar sobre el sentido mismo del acto de navegar; o sobre todo lo ya implicado en el arte del deslizamiento de los barcos entre las olas.

La actitud exploradora necesita así una lupa pensante que ausculte su núcleo. Podríamos empezar considerando que el explorar es un desplazarse hacia otros sitios físicos o mentales donde se descubre, por primera vez, algo o se re-descubre lo ya conocido o visitado.

Explorar es un desplazamiento que goza en unir lo ya sabido con la última novedad explorada. Y lo que permite este tipo de unión es una desinhibición de la capacidad lúdica o combinatoria.

Veamos:

El libre explorador (en este caso en tanto lector) llega a un lugar dentro de El Quijote. El discurso del hidalgo de la Mancha a los cabreros, por ejemplo, que rememora las mieles perdidas del paraíso terrenal. En este encuentro-lectura no se busca sólo el mero placer del leer, o el recuerdo de lo leído, o su transformación exclusiva en algún ejemplo de estructura narrativa estudiada por la critica literaria. El encuentro con las palabras quijotescas evocadoras de lo paradisíaco serán un camino descubierto para allí combinar libremente la situación leída con otros momentos de las literaturas, o los simbolismos ancestrales, o patrones míticos arcaicos que aparecen (inadvertidamente por lo general) en la narración. La exploración como gimnasia lúdico-combinatoria puede así encontrar situaciones modélicas trasladables a diversos ámbitos de acción o pensamiento. La nostalgia de lo perdido actúa como situación modélica en el discurso del Quijote, y este modelo de situación puede ser trasladado, como parte de un juego relacional, a otros saberes o territorios de sentido. La nostalgia por lo perdido es la que asalta a Platón y lo espolea a construir, por la escritura y el diálogo, la ciudad-utopía de la República; o es la remembranza del astronauta que visitó la luna y que, después, experimenta con angustia el actual abandono de los viajes lunares tripulados. O es el caso del matemático que, entre multitud de paradigmas matemáticos posibles, añora el alba mística y fundacional de las matemáticas como transparente modelo de lógica eterna entre los pitagóricos; o es también en el caso del científico atravesado por lo indeterminado y probabilístico, la íntima nostalgia por la superada ciencia clásica del determinismo y la predicción.

Lo leído así, en tanto escena de un acto explorador, propicia el hallazgo de situaciones modélicas trasladables a otros ámbitos, por una imaginación lúdica y relacional. Y este salto comparativo o relacional puede aflorar en distintas circunstancias de exploración: en el explorar las diferentes costumbres humanas en un viaje sensible (y no en una mera situación de traslado turístico);  en un explorar sensitivo del paisaje; en la atención a las señales del paso temporal en los rostros; en la percepción de los rasgos de la vida animal. En estos distintos escenarios de exploración pueden estirar sus flecos las situaciones modélicas extrapolables a lo distinto de sí.

Antes del cultivo de la libre exploración el encuentro con un libro puede ser motivo para una experiencia que se limita al goce de leer o la apropiación de lo leído por una disciplina ordenadora y explicativa (crítica literaria, sociología, filosofía). Pero luego de la liberación de la actitud exploradora cada lugar encontrado y explorado puede ser parte de un hallazgo de situaciones modélicas que luego, libremente y como en una situación lúdica, se relacionan o combinan con otras situaciones modelos.

Pero lo que esta forma de la exploración encuentra no es sólo, o principalmente, las situaciones modélicas. También puede demorarse en una penetración exploradora de singularidades. La llegada a un sitio explorado (libro, sociedad, paisaje, mundo interior) no depara únicamente el hallazgo de una situación de sentido extrapolable a otros calderos, sino que, en este caso, reposa o demora en una particularidad. El explorador es ahora, por ejemplo, el poeta japonés, o el samurai (como poeta guerrero en su expresión más alta) que se encuentra con una flor de cerezo. Su presencia le resulta única. Su brillo resplandece sin ser comparable con ningún otro. El encuentro con este estado intransferible (el centelleo de la flor) devuelve el sentido del misterio que, aun oscuramente, percibimos que no puede ser absorbido por ninguna ley general.

Esta forma de apertura exploratoria del sujeto sensible acaso tiene su máximo ejemplo en las singularidades poéticas. Percibir una singularidad poética es una experiencia inefable. Singularidad poética es acaso, y por ejemplo, la súbita sensación de extrañeza o frescor que puede irradiar cualquier hecho: la visión de un rostro, de un paisaje terrestre, celeste o marino; lo experimentado repentinamente al escuchar una voz; o ante el fluir de la lluvia, la brusquedad del rayo, o un sonido musical que quiebra el silencio…

El sentido de estas experiencias es burla o fuga de todo concepto. La cantidad posible de estas singularidades es imprecisable, o responde a unas matemáticas de magnitudes potenciales inabarcables por el intelecto. Y dado que el tenor de estas singularidades no son traducibles a un número o información precisa, no pueden alimentar las alucinatorias capacidades combinatorias de ningún megaordenador, de ninguna inteligencia artificial de altos poderes deductivos.

Entonces la libre exploración no es el mero descubrir. O no es un descubrir para ordenar o subsumir lo nuevo dentro de códigos disciplinarios en propagación (ciencias, teorías literarias, filosofías unidimensionales, es decir disciplinas que, por lo general, sólo admiten como existente lo traducible en concepto racional).

La libre exploración empieza a manifestársenos entonces como encuentro lúdico con situaciones modélicas, y con singularidades poéticas. Esta segunda forma del explorar vibra con presencias que, con determinación feroz, se resisten a ser sustituidas o comparadas con cualquier otra singularidad.

La libre exploración entonces, en esta primera meditación, es el descubrimiento de modelos universalizables, y el asomo a individualidades incomparables.

 

 

III

Al avanzar entre frondosas vegetaciones, el libre explorador explora las situaciones modélicas, y las singularidades poéticas. En estas dos primeras formas de encuentro, la pasión exploradora no se torna insensible a lo universal. Pero la universalidad del libre explorador no es la idea de universalidad; no es un saber o una cultura determinada que mantienen lo universal como la verdad más genérica o relevante. La ciencia occidental, en la práctica, aún confía en la universalidad de la razón. Cuando desde la física cuántica se introduce la incertidumbre ésta es explicada y avalada desde una investigación que ella misma sigue siendo racional.

Y en las otras playas del Oriente místico tradicional, la universalidad es la omnipresencia del vacío. La vacuidad, el abismo de un ser no racional como sustancia íntima de la existencia. Otra universalidad relevante es la de esa suerte de fatalidad histórica que supone la implantación universal de la lógica de mercado.

Pero todas estas formas de universalidad clausuran lo universal. La exploración aquí no es libre porque debe subsumir algún nuevo sentido o posibilidad dentro de formas de entender la verdad a priori, ya asentadas.

Por eso, el libre explorador no explora este tipo de universalidad. O si lo hace, siempre sabe y no olvida los límites de estas pretensiones de universalidad. Sabe que lo que lo universal científico-racional, místico-oriental o capitalista libera no es lo universal como tal sino interpretaciones de una universalidad históricamente situadas; o impuestas por una tradición, como la de Oriente, que muchas veces se repite sin una verdadera experiencia de lo universal vacío (2).

El libre explorador explora una universalidad que no pretende ceñirse sólo a alguna totalidad o código de saber de una cultura previa (es decir de su cultura madre, inevitablemente). El explorador libre explora no para integrar lo descubierto a un código anterior, sino para gozar con un movimiento que se funde con el movimiento sin detención del mundo que fluye. En esta actitud no hay voluntad de conocimiento, sino de descubrimiento; no hay deseo de demostración, sino avidez de deslumbramiento ante el poder misterioso de recreación de cualquier conjunto de sensaciones o ideas.

 

IV

 El día parece el mismo que el anterior. La misma secuencia. Primero el amanecer, el mediodía, la tarde, la noche, la eventualidad del buen o mal tiempo... Pero cada nuevo día supone nuevos encuentros entre la luz y las sombras, nuevos desplazamientos de la tierra en su órbita; nuevas circulaciones de vientos y corrientes marinas; nuevas faenas de vida animal; nuevas acciones de los mamíferos humanos...

 Y el cuerpo de un hombre dado parece básicamente semejante entre dos días sucesivos. Sin embargo, ese cuerpo cambia en su fisiología, acumula más latidos, más desgastes celulares o neuronales; y, a la vez, su mundo psíquico imperceptible (o sólo perceptible a veces por la variación de gestos faciales) camina de la esperanza a la desazón, del temor a la serenidad.

Las cosas en el mundo físico, y los pensamientos y los estados corporales, varían sin descanso.

Esta observación parece banal. Se trataría sólo de señalar que todo se mueve, y que esto produce las trasformaciones. Pero es oportuno pensar de continuo el cambio para que éste no se anquilose o petrifique. Y una forma de ese pensar en el cambio de lo cambiante es la exploración sin descanso de lo que se mueve...

El libre explorador que explora el movimiento en sus efectivas trasformaciones acompaña la universalidad como corrientes que constantemente aumentan su espesor, sus yuxtaposiciones. Imaginariamente: una corriente que al circular se duplica y crea otra corriente que se yuxtapone con la anterior.

El explorador se proyecta en la amplitud; en lo universal como la amplitud que, al moverse, traspone límites preestablecidos. Pero la actitud que frota amplitudes no reposa tanto en un abrirse hacia nuevos horizontes en un espacio inabarcable, como en la inmersión en crecientes profundidades sinápticas y celulares, donde aumenta la complejidad. En sus combinaciones, células y sinapsis neuronales se entrelazan y complejizan.

El libre explorador no se complace en el aumento de información o de conceptos. En este sentido renuncia a la acumulación del saber por su valor en sí; o por su funcionalidad instrumental que, por ejemplo en el caso de las ciencias aplicadas, deriva en nuevas tecnologías.

El lugar del placer del libre explorador es penetrar en el aumento de complejidades, es el disfrute de una mayor riqueza interconectada de lo real. Y la travesía exploratoria por la complejidad creciente de lo real modela un pensamiento capaz de pensar (desde el concepto o la imagen) las relaciones de la complejidad que se compenetran entre sí. Riqueza relacional de un cerebro que asciende a niveles más altos de un pensamiento hipercomplejo y que, por la plasticidad neuronal (3), desarrolla nuevas capacidades.

La realidad más ineludible del mundo físico o mental es su complejidad. Aceptar este postulado necesita superar la seducción de una estética minimalista que cree que lo simple o puro es superior a lo complejo.

Quizá cabría diferenciar dos gestos de la simplicidad: lo simple como pobreza no compleja, o lo simple que actúa como síntesis que surge luego de atravesar lo complejo (4). En un primer atisbo superficial, ejemplo de una entidad simple es una superficie que parece homogénea, constante y de mínimos elementos. Una rama caída de árbol por caso. La rama podría ser admirada en la humilde simplicidad de su forma de madera, fácilmente observable y comprensible en su función. Pero la complejidad rápidamente emerge con sólo pensar en la no percibida estructura molecular y atómica de la rama. Y la rama parece que persiste allí en su silenciosa simplicidad. Mas su silencio es velo engañoso. Velo que en parte se disuelve mediante una situación lúdica. El juego, por ejemplo, de tomar la rama y golpearla con diversos objetos sorprenderá al oído con los inesperados y complejos ritmos que, dormidos, viven latentes en la rama, y son parte de su disimulada realidad compleja (5).

Platón es un posible ejemplo de un pensar abierto a lo complejo (aunque fuere a la complejidad del mundo ideal o espiritual).

Platón llama al filosofo sinópticos, el sujeto que ve el todo en sus redes de interconexiones. En el caso especifico de su filosofía, la percepción pensante de la realidad integrada y compleja surge de la comprensión de los lazos entre las ideas, ordenadas en un conjunto triangular bajo el gobierno de la Idea del Bien. El pensar que es capaz de integrar con orden y progresiva racionalidad las ideas que se conectan entre sí es propiamente la dialéctica filosófica y ascendente. En el autor del Timeo, el conocer descansa en la inescindible interpenetración de ideas múltiples y complejas. La explicación de Platón de la dialéctica ascendente engaña, como en el Sofista, en cuanto a la aparente sencillez de un método deductivo que, mediante la interrelación de una pocas Ideas, define el arte de pescar con caña. Pero la posibilidad de que el intelecto se concentre en una secuencia particular en nada disuelve la coexistencia paralela de una multitud, indeterminable, de ideas integradas en el complejo organismo del Mundo de las Ideas.

Acaso una visión paralela y completa de todas las ideas no corresponda a una posibilidad racional. Y por eso Platón sugiere en el Banquete, de forma velada o cifrada, que la contemplación de la Idea de la Belleza en sí provoca una súbita fulguración del sentido más profundo de la vida. Un sentido que sería más asociable a una comunicación o contacto místico con el ser que a una contemplación intelectual de la belleza espiritual.

Pero lo que nos interesa aquí es que el pensamiento platónico salta a una realidad suma cuando deviene sinópticos, cuando se expande no tanto hacia la amplitud difusa y sin clausura de un infinito espacial, sino cuando se sumerge en el fascinante espesor complejo de las Ideas interrelacionadas.

En Platón, las Ideas (que se integran entre sí y con la idea madre, la Idea del Bien) son potencialmente inagotables. En el mundo platónico, cada cosa observable o pensable demanda la preexistencia de una Idea que le dé existencia. Las nuevas creaciones artificiales generadas por la acción humana, o las nuevas entidades conceptuales que ingresan en su universo mental, señalan que nuevas Ideas se introducen en el mundo.

La ladera por la que el libre explorador puede ascender a la realidad amplía, es el punto donde hierve la complejidad. Es el ingreso a una conciencia para la que lo real es espesor que se complejiza. Salto a un cielo, cercano a las ramas, donde las luciérnagas irradian nuevos colores.

 Colores que surgen de relaciones que crecen…

 

V

La libre exploración se sumerge entonces en las relaciones de creciente complejidad. Relaciones que pueden pensarse como parte de una totalidad postulable. Pero nunca abarcable. Sin embargo, y a pesar de esto, la expansión a una totalidad o amplitud (pensable pero inabarcable) es preparación para sumergirse luego en las tramas de las relaciones complejas.

El salto a la amplitud es especialmente poderoso en el explorador pionero: en la mente que, por primera vez, pretende una visión de la universalidad posible para su tiempo. Los ejércitos de eruditos especializados pueden pensar en una totalidad, entendida como el estado más universal y actual de su disciplina. Pero ni ayer ni hoy podrán, o querrán, pensar el amplio espectro de saberes posibles en su horizonte epocal. Es la situación opuesta al libre explorador que no retrocede ante lo universal porque lo enciende la sensibilidad ante el ritmo polifónico de la cultura.

Este acto demanda avidez exploratoria, el arte de las relaciones integradoras, y el amor por un cielo de muchas nubes paralelas, de colores y formas distintas.

Aristóteles es un posible ejemplo de pensamiento que, de forma primera, explora lo universal; y es ejemplo de sensibilidad ante la diversidad polifónica de la cultura. En un solo hilo pensante, el Estagirita une metafísica, física, meteorología, poética, zoología, biología, lógica, la cuestión del alma…

El pensador poliédrico y universal se propaga a la amplitud de los saberes que pueden ser pensados en su tiempo. Y esta gimnasia expansiva permite después el acceso a un pensamiento complejo y dialéctico, donde la visión sobre los saberes particulares estará mediada por la mirada sobre los otros saberes en una sola filosofía universal e integradora.

Un preámbulo de este tipo de libre explorador es el gran recopilador de conocimientos o creencias antes no sistematizadas. Es el caso, por ejemplo, de Plinio el Viejo y su Historia Natural: el intento de sistematización inicial del conjunto de los saberes sobre la naturaleza, y también de creencias o costumbres de los pueblos arrasados por el puño romano. Es el caso, asimismo, de Snorri Sturlusson y su codificación o Eddas de las historias míticas nórdicas bajo la forma de sagas, y de las metáforas tradicionales de los poetas scalds.

Hay aquí una avidez exploratoria alimentada por la curiosidad, la sorpresa y una voluntad ordenadora. Pero son más vigorosas las garras del libre explorador pensador que corre por cadenas de saberes, y explora, como topo, los espesores que crecen en muchos territorios. Para muchos esto es defender el famoso "mucho abarca y poco aprieta"; pero el que poco aprieta, por concentrarse sólo sobre un segmento de una línea muy amplia no alcanza a comprender o "apretar" la realidad mayor en la que su saber se sitúa (6).

El salto a la universalidad de los muchos saberes se manifiesta en los pensadores calidoscópicos. Es el caso, ya señalado, de Aristóteles; o, por ejemplo, de Abelardo, Leonardo, Cornelio Agrippa, Leibniz, Comenius y su pansofía (7). O Nietzsche. El Nietzsche específicamente del saber sobre el Occidente clásico y cristiano, y el del interés por el budismo y las leyes de Manu; o el Einstein sumido en la teorización físico-matemática y en las preocupaciones humanísticas; o el Borges que, a pesar de sus importantes omisiones, es decidido explorador cosmopolita. O es el caso de biólogos-pensadores, como James Lovelok o Bateson, que unen las ciencias ambientales o biológicas con las autorregulaciones geneanas y una ciencia de la mente (8).

 

VI

Acabamos de meditar sobre una integración de saberes, como la acometida por Aristóteles.

Pero el camino explorador surge también en el descubrimiento o invención original, en la postulación novedosa de una idea, en la consumación de un invento que preludia saltos posteriores de desarrollo. En este proceso respira la perdida y anónima emoción del inventor ( o inventores) de la escritura, la pólvora o el papel. Es la dimensión inventiva que promueve la aparición original en la mente de Einstein de la teoría de la relatividad; en Mendel del proceso de trasmisión de caracteres hereditarios por los genes; en Flagerthy, la derivación de la imagen cinematográfica hacia el documentalismo etnográfico. Y el cine mismo emerge, quizá, no con las imágenes de los hermanos Lumier sino con la ocurrencia de la linterna mágica inventada por el jesuita Kircher.

La originalidad, huelga recordarlo, nunca es absoluta y desprovista de antecedentes; es la maduración lenta de un fruto en estaciones anteriores de luz y agua. Así Copérnico, de forma inicial, sistematiza el paradigma heliocéntrico en el ápice de un proceso iniciado por Aristarco de Samos; o el primer vuelo de los hermanos Wright es la consecuencia de la ambición prehistórica de imitar el vuelo de los aves; anhelo mimético que, a su vez, estimula las investigaciones aerodimánicas de Leonardo en el Renacimiento.

La invención del nuevo artefacto o de la idea fundacional des-pliega pliegues anteriormente replegados. Pero más allá de su coronación de un proceso anterior, la invención practica, o la creación teórica de ideas o conceptos matrices, es efecto de una actitud exploratoria.

La explicación evolutiva nos sugiere un lento desarrollo que siembra el tiempo con nuevas invenciones. Y bajo esta mirada, en un determinado momento de la historia, si tal inventor o pensador no genera una novedad determinada lo hubiera hecho otro. Esta visión es propia del materialismo histórico de Plejanov, a la que puede sumarse la conocida explicación del desarrollo científico mediante quiebres de paradigmas en Thomas Kuhn; o la visión de Spengler de Napoleón (en cuanto a que la misión cumplida por el Gran Corso, si no hubiera sido cumplida por él, habría cristalizado a través de algún otro necesariamente). Estas interpretaciones son válidas como estudio de las condiciones de irrupción de las novedades; pero como toda instancia explicativa son parciales. Una rama del árbol creativo que tal vez no es suficientemente atendida aquí es la singularidad que conduce a tal individuo determinado a ser él, y no otro, el que explora, para, luego, generar o producir lo novedoso.

Una cualidad sensible particular acaso vibra en la mente exploradora para impulsarla hacia el necesario descubrimiento y expresión de la novedad. Esta cualidad es un rasgo emotivo antes que una especifica habilidad intelectual. Los procesos analíticos, lógicos o deductivos de la mente son indispensables en algún momento de la concepción del invento o la idea. Pero la actitud del inventor o pensador en pos del artefacto o de la idea, es nutrida primero por la emoción ante una música todavía no escuchada. Y que promete resonar por primera vez, si se persigue con obstinación sus vibraciones aún veladas. La música conocida se repite en nuestras creencias y conocimientos aceptados. La otra vibración, en cambio, más débil y tenue, la que todavía está velada y que pareciera aproximarse o desnudarse lentamente, es metafóricamente la anguila que se aproxima a la conciencia desde la corriente de una sub-música. La intuición de la sub-música, de lo todavía no escuchado, conduce a la novedad genial. El explorador que desnuda novedades escucha, como diría Thoreau, un tambor diferente. Escucha una música potencial que, de a poco, entrega parte de sus vibraciones. La escucha de esos acordes supera su nebulosidad inicial a través de una exploración obsesiva. Obsesión exploratoria que remueve los obstáculos que alejan o impiden la audición de la sub-música. Todavía desconocida y emergente...

La obsesión por la escucha de una nota fuera de los pentagramas repetidos es indispensable en el explorador que amplia las partituras. Un aleteo emocional y no racional de libélulas agitan constantemente el aire excitado del explorador. El explorador de la mente de los oídos salpicados… Oídos salpicados misteriosamente... por sonidos remotos...

 

VI

Y el esclavo, a veces, se piensa. Piensa su libertad ausente. Y puede pensar esta ausencia, porque la libertad es una entidad platónica. Una entidad que nunca desciende plenamente al mundo empírico. En cualquier orden, la libertad es la expresión fundamental de una acción inhibida, siempre postergada o negada por las fuerzas sociales y naturales que imponen coactivamente comportamientos. Pero, en todo lugar o tiempo de la existencia humana, la inhibición que disuelve los sueños de libertad nutre, a su vez, la resistencia ante los poderes que oprimen.

La resistencia es a veces ineludiblemente frontal. Pero muchas veces, lo más oportuno e inteligente es la acción en el margen. En el margen de las instituciones. Quien busque preservarse como libre explorador difícilmente sobrevive en este impulso, si se inserta demasiado en una institución.

Para el más acalorado explorador místico o religioso, el lago más brillante es la entrega a un ser abismal, y no la repetición de fórmulas canonizadas por una tradición. Aunque quiera convivir pacíficamente con las parafernalias litúrgicas de las religiones instituidas, el conflicto será inevitable en algún momento. La expresión emblemática de este conflicto es Giordano Bruno. O la salida de la civilización, y su renuncia a su antiguo cargo de bibliotecario, de Lao Tzé. Es la inevitable separación de Krisnamurthi de la teosofía; son los desacuerdos de San Juan de la Cruz con la ortodoxia carmelita; o los reparos de Tolstoi, evidenciados en su cuento Los tres staretzi, respecto a un vacío formalismo religioso.

El explorador místico participa sin pertenecer. Ocasionalmente está en el margen de una tradición y de una institución eclesiástica; pero nunca aspirará a emplazarse en el centro de esa institución. Porque allí domina el poder y la búsqueda de seguridad. No los libres saltos desde la roca de lo conocido hacia vientos extraños y fugitivos.

Pero también pensemos en el explorador atravesado por los hábitos de una formación universitaria. El explorador de esta índole se anula como tal si consiente en la búsqueda de refugio más allá de lo mínimo necesario. Es decir: si se obnubila por la comodidad de un sueldo, y por un sistema de becas que da seguridad, o permite un gradual reconocimiento académico, y un cada vez más amplio apoyo a un camino personal como investigador, o como intelectual disciplinado. El intelectual que así actúa se convierte en agente reproductor y beneficiario del saber establecido. Renuncia a una visión de lince para gozar de su condición de ser doméstico protegido (aunque a veces finja rebeldía como único desahogo ante un íntimo sentimiento de completa normalización).

El intelectual emplazado en el centro de la institución universitaria deviene investigador "serio"; intelectual de identidad clara (no borrosamente sospechosa) por ser plenamente integrable al orden del saber respetable.

El libre explorador rechaza, o ignora, ese orden.

Pero para preservar su camino de relativa independencia no necesita de la anarquía adolescente; no necesita de la confrontación directa, o de una gimnasia de provocaciones continuas. Puede de hecho actuar en las instituciones, o haberse nutrido con la disciplina de una carrera universitaria. Pero siempre conservará su condición de no pertenencia ni identificación con el saber institucionalizado. Se preservará como felino libre explorador que acepta su actuación en una sociedad y un tiempo dados. Pero sin nunca aceptar sus límites. Y sin resignar por tanto la libre exploración de bosques y selvas fuera de los edificios de limpios cristales de las instituciones.

Esos edificios de firmes pilares.

Cuyos dueños no quieren que se desparrame hierba salvaje sobre sus pisos…

 

VII

Y el libre explorador puede resonar en otra cuerda especial… Una cuerda no rasgada acaso por la educación, ni por el perfil de toda cultura que exige la repetición de lo sabido y aceptable. La cuerda más especial que, a veces, rasga un libre explorador es la imaginación de lo no pensado. Un séptimo rasgo del acto explorador, y éste es el más singular...

Antes aludimos a la escucha de la sub-música. La sub-música es corriente de posibilidades que invade al explorador fuera de su voluntad. Pero la dinámica de experiencia de lo no pensado es, primero, voluntaria. Porque es el deseo, primero, de imaginar lo ausente; el deseo de imaginar el ser como misterio intacto.

Aquí prevalece la audacia del salir afuera…

La casa es segura y definida en sus límites. La casa es la verdad actualmente aceptada. Y en esta casa los muebles descansan en su debido sitio. Las ventanas se abren o cierran cuando corresponde. Dentro de ella, no todo es conocido. Las propiedades de los objetos, y de sus relaciones con la conciencia humana que habita dentro de la casa, siempre permiten nuevos hallazgos. Y se promete que dentro de la casa la exploración alcanza su cumbre. La exploración entonces debiera residir sólo en estudiar y repetir las tradiciones y saberes aceptados; los saberes y técnicas apañadas por las instituciones laicas o religiosas, como antes observamos. Pero la exploración dentro de la casa es principalmente el descubrimiento de otras formas de relaciones entre los objetos y la conciencia. Una conciencia abierta a lo ausente dentro de la casa. A lo que está afuera…

Y la exploración más desinhibida y audaz acaso sea la que sale a ese afuera... la que abandona las fronteras de la casa para imaginar sentidos y relaciones no agotables en lo conocido previamente, en lo ya pensado.

Esta forma más radicalizada de exploración es la salida visionaria de las ciudades u hogares colectivos, que alejan del contacto más salvaje con el misterio. Misterio intacto. Intacto porque no es disminuido por ninguna pretensión de conocimiento.

Imaginar lo no pensado va más allá de nuestra actual casa-saber. Lo no pensado puede ser explorado, por ejemplo, entregándose a la irrupción de imágenes que rozan sus secretos. Pero el encadenamiento de las imágenes que surgen como respuesta a lo enigmático no debiera ser confundido con la literatura visionaria en la historia de las religiones. Una literatura confesional que reelabora imágenes simbólicas de una fe religiosa o de un tiempo cultural (9). Los encadenamientos de imágenes en la exploración de lo no pensado tampoco se ciñen a la asociación libre revindicada por el psicoanálisis o el surrealismo. El placer de la entrega exploratoria a la región de lo nunca antes pensado es más cercano a un estado de penetración mística y preverbal del enigma.

Por lo tanto, las fulguraciones que pueden detonarse en esta actitud sensitiva no son traducibles plenamente al lenguaje conceptual. Lo más cercano acaso, como muestra de la libre exploración de lo no pensado, son sus huellas capturadas por la forma artística.

La forma en el trabajo creador del artista es continuación o trasformación de una lengua heredada (la expresión por el color que se continúa y transforma entre la pintura veneciana y la neo-abstracción de los campos en Newman o Mark Rothko; es la continuidad y transformación también entre la imagen cinética propia del cine lineal y la imagen hipnagógica no figurativa de Stan Brackhage). Dentro de las formas artísticas que se continúan, la rareza de algo todavía no pensado, puede imprimirse como huella o rasgadura.

Dentro del lenguaje ya aceptado el escritor expresa sus visiones que, al menos parcialmente, son parte de una libre exploración de un afuera donde palpita el corazón de lo no pensado (10). Es el caso de la visión que se electriza desde alguna región fugaz de lo no pensado en la poética visionaria de William Blake; o en El aleph de Borges; o en la poética exploratoria visionaria de Henri Michaux; o en la visión más allá de la puerta de Japeto en 2001. Odisea en el espacio, de Arthur Clarke.

Las manifestaciones artísticas que participan de la exploración de lo no pensado son trasladables también a la escultura (Giacometti, o Moore); la música (la música exploratoria de estados de conciencia más arcaicos o primarios, o la salida o roce de un afuera no pensado explorado por la embriaguez musical beethoveniana (11)); o el cine (con sus estallidos visionarios por las asociaciones visuales de El espejo de Tarkovski, la experimentación surrealista auroral de Buñuel-Dalí, o el estado de quiebre de la lógica en David Lynch o Sokurov).

Sin embargo, la libre exploración de lo no pensado más vehemente y primaria es aquella que no aspira a lo público. Es el momento, de resignada soledad, donde el explorador se abre a inesperadas sucesiones de imágenes, con diversos impactos emocionales, de un dragón difuso e inaprensible. De ese dragón que exhala un fuego nunca pensado…

Pero el libre explorador que así explora sólo accidentalmente es sujeto solitario. Porque en su verterse hacia un mar oscuro, totalmente remoto respecto a pensamientos o sensaciones ya alumbradas, se siente acompañado por lo abismal. Por el espesor abismal que, a pesar de nuestra indiferencia, invade, desde dentro, la piel completa de la materia…

 

 

VIII

 Y la exploración no agotará el bosque...

Nuevas cascadas y grutas siempre aparecerán entre caminos de árboles.

El sano animal explorador se renueva en sus distintas maneras de deambular. Hemos atendido ya a algunas de esas posibles vías exploratorias: las situaciones modélicas, la percepción de singularidades, la apertura a la universalidad y a una sensibilidad polifónica de la cultura; y la imaginación de lo no pensado.

Y no lo dijimos antes, y ahora es tal vez momento de hacerlo: el libre explorador es inevitablemente continuación subterránea de la mentalidad renacentista. El perfil más luminoso del Renacimiento es la apertura a lo diverso, la gran curiosidad por los distintos brazos posibles del saber, por las muchas caras de la existencia; por el rostro mágico, el poético y el científico de la realidad.

El libre explorador es sensibilidad neorrenacentista. Busca lo diverso, lo polifónico, lo abierto y cambiante. Por tanto, no podrá contentarse con los sistemas cerrados, o las pesquisas especializadas y puntuales de la investigación académica.

  Y la exploración libre se impregna también del espíritu barroco, de su amor por las complejidades, los pliegues, la relación entre lo teatral y lo real, la pasión por los detalles, y la conexión entre estilos distintos. Lo barroco es exceso de vida. Exuberancia dinámica. Sensualidad que fractura cercos para revertirse en una línea de proyección incesante en lo infinito. Lo barroco como neobarroco, que sistematiza en sus rasgos principales Omar Calabrese, suda en las tramas de los muchos sentidos dentro de un laberinto (no lo laberíntico del encierro, sino el de la salida a nuevos senderos que crecen con ritmo ardiente). El libre explorador se siente a sus anchas entonces en la apertura a la universalidad del saber (lo renacentista), y a la simbiosis entre las formas generales y la exuberancia de nuevos detalles inacabables (lo barroco).

  El libre explorador ama lo universal (Renacimiento). Su interés más profundo es el universo en sus distintos pliegues (Barroquismo). Nunca sacrificará un mar sin límites por pequeñas islas de saber, que ignoran el gran océano. El libre explorador ama sobrevolar toda la tierra, y penetrar dentro de las aguas y el interior de la materia.

El universo, complejo, ilimitado, es el lugar para jugar a percibir, indagar, descubrir y relacionar.

Y el libre explorador ensaya…Su expresión escrita más adecuada es el ensayo, y no el concluyente paper. Y en su ensayar, explora para observar y ser sensible a nuevas joyas. Sólo secundariamente busca ordenar. Su deseo más vivo es descubrir y frotar nuevas costas, de vegetaciones distintas. El aliento vital aquí no se encapsula. Es expansión y navegación en mares que no prometen ningún puerto final.

Y el explorador que así explora también, inevitablemente, se autodescubre y autoconoce en su viaje hacia lo inacabable. Repite y prolonga la senda alquimista. Sin deber conocer necesariamente el simbolismo alquímico ancestral, anima con sus exploraciones una dinámica de trasformaciones alquímicas. Las líneas sin fin de cada nuevo territorio que atraviesa le deparan saltos, pequeños y graduales, hacia un centro de donde todo parte y adonde todo vuelve. Ese centro es el oro secreto de lo real y el cristal de diamante de sus posibilidades más plenas. Ese oro nunca podrá ser poseído. La verdad es eterna fuga. El libre explorador bien lo sabe. El animal explorador no puede cazar el oro. Sólo puede acecharlo, percibir sus huellas, olfatear su aroma evanescente.

Ni conquista ni posesión entonces del oro secreto, que habla a través de la sub-música. La sub-música que, a veces, acecha e inspira. Y apertura a la gran música polifónica. La música donde cada cosa, aun la más infinitesimal, irradia su sonido propio y constante, que se encuentra en nuevas combinaciones con el resto de los sonidos.

La gran música de la diversidad abre a una escucha de la complejidad. La escucha de un sentido. Un sentido mayor que permite las muchas interpretaciones humanas. Pero que contiene un bajo continuo que traspasa toda la variedad de las interpretaciones. El bajo continuo de lo que crece en la complejidad y densidad vital.

La gran música desnuda en el oído despierto del libre explorador líneas sonoras. Líneas de sonidos que estallan en nuevas combinaciones o relaciones sonoras. Relaciones que estallan en otras relaciones.

Y el fuego del dragón no se consume. La creencia de que la vida se consume nos viene de la visión de los cuerpos que envejecen. Pero el fuego del animal fantástico (metáfora del universo dinámico y complejo), siempre crea nuevo fuego. Nuevo fuego que acaso se escribe en alguna memoria de la materia, que nos resulta desconocida.

El asombro y placer ante la gran música arde en especial en el momento de hallazgo de nuevas combinaciones. Nuevos vínculos sinápticos entre las cosas múltiples que es escuchada por un cerebro abierto a la música compleja de la vida.

En los comienzos de la modernidad (o aun antes), los exploradores del mundo geográfico sintieron un real estremecimiento ante lo desconocido, ante lo aún no contemplado. Sus instrumentos de búsqueda y hallazgo eran el coraje, la avidez de riqueza en muchos casos; y la brújula, los mapas inciertos, las habilidades para la navegación y el viaje terrestre, la resistencia física; y vagas referencias de nativos que anticipaban territorios nuevos y cercanos. Pero esa exploración auroral se termina por la incorporación posterior del nuevo territorio explorado en mapas cada vez más precisos; y por el surgimiento de poblaciones que creen y consolidan un dominio y conocimiento físico de la tierra y las aguas.

El pathos inicial del explorador geográfico se cierra por la propia muerte del momento histórico donde todavía eran posibles sus grandes exploraciones pioneras, épicas y románticas. El explorador actual es protegido por comunicaciones satelitales instantáneas con cualquier lugar del mundo. Nunca se pierde completamente en lo desconocido. Ese arrojo no es ya su deseo.

La exploración geográfica ilustra un descubrir en un estado de expectativa y embriaguez. Pero también siembra, involuntariamente, las condiciones para su desaparición ulterior.

El libre explorador puede nutrirse de la expectativa del explorador épico; y puede cultivar la certeza de que lo sorpresivo nunca se termina. El libre explorador protege la expectativa. La profunda expectativa que era propia de la exploración geográfica.

Y la actitud exploratoria sobrevive y cambia en las variadas formas de desplazamiento del animal explorador. El placer por visitar nuevas costas conserva el brillo de su mirada. El brillo en ese ser siempre atraído por las polifonías.

 Por la música abismal y compleja. (*)

 

(*) Fuente: Esteban Ierardo, "Explora mundi. Ensayo sobre el libre explorador", editado aquí de forma original.

Citas:

(1) Nos referimos aquí a un eventual libre pensador que se empecina en pensar con nuevos términos sofisticados aparatos terminológicos para aludir a ya sabidas e internalizadas situaciones hasta el hartazgo. Como ser: la explotación inherente a la sociedad capitalista, la voracidad sin límites de los ricos, o las actitudes manipulatorias continuas de los massmedia.

(2) El discurso sobre el vacío como región abismal y mística en el Oriente no está exento de la dicotomía entre una tradición vacía y una real experiencia. La distancia entre la exaltación teórica de la fraternidad por el cristianismo y la convivencia histórica de la Iglesia con la violencia o explotación de unos sobre otros en una sociedad desigual, es un ejemplo de no correspondencia entre el decir y el hacer. Esa ruptura, con otros contenidos (o a veces los mismos), pueden ser pensada en el Oriente. El sacerdocio tradicional muchas veces es vía de integración social, solución de la supervivencia, y no genuina acceso a un desborde místico del yo.

(3) La plasticidad neuronal es el desarrollo o adquisición de nuevas capacidades del sujeto mediante la transformación y enriquecimiento de las conexiones cerebrales.

(4) La simplicidad más rica o auténtica como síntesis de lo complejo podría encontrarse tal vez en el pensar de Hegel. En el sistema hegeliano, una primera universalidad simple, vacía y abstracta, es sustituida (luego de un despliegue y pasaje por las mediaciones dialécticas y la incorporación de determinaciones), por una universalidad de una simplicidad compleja que integra todo un proceso anterior de crecimiento. Sea como sea, un tema que merece ser pensado es la cuestión de la simplicidad "real" como síntesis universal de lo complejo.

(5) La liberación de sonidos como revelación acústica de una realidad compleja que subyace en una entidad aparentemente homogénea, simple y repetida, es lo que puede pensarse a través de los espectáculos del grupo británico Stomp. Este grupo produce diversos e inesperados sonidos al percutir distintos objetos cotidianos. Al ser tocados por una variedad de golpes, los objetos simples cotidianos liberan complejas potencialidades rítmicas y sonoras. Así, nada que repose en una aparente simplicidad late fuera de una potencial complejidad de posibilidades que están ahí esperando ser experimentada. La complejidad entonces es lo que, de una u otra forma, sorprenderá al libre explorador en su travesía indagadora.

(6) La famosa frase "Quien mucho abarca poco aprieta" alude quizá, y en principio, a un peligro real, a un conocimiento excesivamente general sobre una materia particular. Esta actitud merece seguramente una crítica, cuando no asume su poco saber detenido o particular de una cuestión específica. Pero la amplitud del explorador de la universalidad de los muchos saberes, del mucho abarcar, no pretende acreditarse un saber especializado de los muchos valles recorridos, sino ser sensible a visiones globales que pueden entrever, al menos en parte, la gramática o lógica más significativa de muchos saberes. El libre explorador puede sondear distintos paradigmas de mente (la mente científica, política, social, artística, humanística), para escuchar la música polifónica surgida de las zonas de cruce o encuentro entre los distintos saberes. Por otro lado, la crítica al "mucho abarcar" suele esconder la pereza e insensibilidad del no explorador ante vastas regiones de sentido dignas de exploración. El "no abarcar", aparente muestra de contención y humildad, bien puede ocultar la pretensión de control de un campo determinado de saber. Un afán de "mucho apretar" antes que de un leve abarcar. Mientras que el libre explorador que "mucho abarca" siempre sabe que la gacela corre más adelante. En las exploraciones abiertas a lo universal y las polifonías de saberes, el libre explorador sabe precisamente que puede ser sensible a la complejidad de lo diverso, pero que el lenguaje de la composición (sea éste el lenguaje del mundo físico o del lenguaje de los distintos saberes) siempre es lo que se pierde o fuga. Lo que efectivamente nunca podrá ser "apretado".

(7) Jan Amos Komenský, en latín Comenius (1592-1670), teólogo, filósofo y pedagogo checo.  De mentalidad universal, Comenius estima que la educación es gozne esencial en la formación del hombre. Su Didáctica Magna (1679), es la obra que le da trascendencia en la Europa de su tiempo. Propone aquí un plan de estudios que organiza un acceso general al saber. Esta es la idea matriz de la pansofía. Comenius es virtual creador de la pedagogía. Su visión de un amor por todo saber es una saludable alternativa a la estipulación dogmática de la especialización como la única y superior formación educativa.

(8) James Lovelock en su hipótesis Gaia desarrolla una geobiología donde integra diversas disciplinas (biología, física, química, geología, etc) para el estudio de la Tierra o Gea como sistema complejo de autorregulación. Gregory Bateson, biólogo también, y pensador que une diversos campos (cibernética, biología, estética, antropología, zoología), en su Pasos para una ecología de la mente desarrolla un concepto de mente inmanente que actúa a nivel de un ecosistema como Mente Local, y potencialmente en la naturaleza toda (como Mente Mayor). Una noción de mente inmanente que supera la fijación de lo mental a los límites del organismo individual del ser humano.

(9) En el estudio de la fenomenología mística no es posible, estimamos, suspender un escepticismo crítico y alerta respecto a muchos estados visionarios que pretenden ser una experiencia real y objetiva de salto a una realidad superior. Tal vez, muchas veces, estos estados responden a ilusiones psicológicas, al efecto de descalabros fisiológicos, o el íntimo deseo de destacarse ante los otros a través de la condición de visionario en épocas especialmente sensibles al poder de estas experiencias. Esta sospecha no puede ser anulada sin más. Lo cual no significa negar la posibilidad de un real estado de salto visionario a una otredad, sino de contemplar también el posible condicionamiento del mundo visionario por lo temporal e histórico de los valores más importantes de una cultura en un momento dado.

(10) Sobre el afuera como región fuera del lenguaje, destinada a la exploración por la experiencia artística, ver M. Foucault, El pensamiento del afuera, ed. Pretextos.

(11) Sobre el posible salto o exploración de un afuera no pensado desde la música beethoveniana puede verse un ensayo personal: Esteban Ierardo, "Beethoven, Foucault y el afuera", editado en www.temakel.com\filbeethovenafuera.htm