A través del cuerpo de cristal, por Esteban Ierardo

strict warning: Only variables should be assigned by reference in /home/temakel/public_html/modules/links/links.inc on line 1121.

 La conferencia que sigue a continuación fue dictada en diciembre de 2002 en el marco de una jornada dedicada a la refundación de la estética organizada por Mediarte, institución que preside Javier Sanguinetti, que busca la integración entre arte y filosofía. En la mesa redonda participaron también el destacado poeta Hugo Mujica y la profesora Gabriela Rebock. Lo que aquí se presenta es una versión corregida y ampliada de la conferencia original. La temática  desarrollada abajo tiene fuertes puntos de contacto con el film de Werner Herzog "Corazón de cristal"; obra que no menciono en la conferencia; obra que les recomiendo y sobre la que trataré de escribir algún texto específico en el futuro.

E.I

 

A TRAVÉS  DEL CUERPO DE CRISTAL

Por Esteban Ierardo

 

I

 Buenas noches.

 Creo que intentar pensar la estética una vez más ofrece una primera tentación. Construir un nuevo navío teórico, un nuevo velero de ideas, con el que navegar en el mar de la teoría. Repensar lo estético mediante la adición de una nueva teoría al océano de la especulación filosófica sobre lo que sea el arte y la belleza. Pero hoy no quisiera proponer un nuevo intento teórico sobre lo que es o debería ser la estética. No. Lo que hoy quisiera proponer es un regreso a lo que permite toda experiencia estética antes de cualquier postulación teórica. Intentaremos regresar al lecho de la percepción corporal. Lo corpóreo percibe, ordena, entiende lo real antes de las categorías lógicas o de los bosques de las palabras del lenguaje. En un sentido general, la estética es aístesis, sensación, percepción sensitiva, corpórea de la cosa, de la materialidad del mundo. La estética primera nace del poder corpóreo para percibir sensaciones. Desde luego que el pensamiento y toda cultura invaden este espacio inicial del cuerpo e intentan modelarlo según sus propias ideas e intenciones. Lo que sea el cuerpo como percepción primaria es así sofocado, olvidado.

   A veces, la perdida de lo corpóreo se consuma por una saturación de discursos que quieren decir qué es el cuerpo. En este sentido, Foucault manifiesta que, en la época victoriana, la sexualidad no era reprimida mediante el silencio, el no decir. Por el contrario, en aquella época existió una proliferación de discursos sobre lo que debería ser la correcta sexualidad (1). De la misma manera, hay muchas teorías abiertas a la recuperación del cuerpo anterior al pensamiento y la reflexión. Este es el caso de Merlau Ponty; Nietzsche (y las interpretaciones de Nietzsche); Artaud (y las interpretaciones de Artaud); el body art, o el cuerpo  en el acting neoexpresionista (2). Todo esto, sin embargo, no significa que la materialidad del cuerpo, y su forma primera de percepción, sean efectivamente recuperadas. Esta perdida quizá se repita en mis futuras palabras. Quizá a pesar de mis buenas intenciones, la dignidad del cuerpo siempre huye cuando es invocada o exaltada desde las alfombras acicaladas de la teoría.

  Pero, a pesar de todo, construiremos un nuevo intento.

  Un intento que se inicia no en la teoría sino en una narración. Narratio. Un evocar la escena del nacimiento de algo esencial que nos acompañe en la meditación sobre el vínculo entre el cuerpo, la luz y los cristales; y el cuerpo como lo que es atravesado por un movimiento sin fin; el cuerpo como tierra de la primera percepción estética de la realidad extraña.

 

ll

  El desierto de Egipto nos rodea. Respiramos en alguna irrecuperable exhalación del tiempo. Miles de años antes del nacimiento del que fue sacrificado en el Gólgota. En los labios de oro del sol, se esgrime una gran sonrisa. El día es claro y apasionado. Un clima saludable que estimula la curiosidad. Entonces, alguien observa la arena. Luego, enciende un horno en el que la temperatura desmesurada, de cientos de grados, grita con llamas rojas.

   Y ese alguien arroja arena, cenizas y piedra caliza en un horno.

    El calor disuelve. Transforma. Crea lo nuevo. Una sustancia que, al enfriarse, se muestra sólida y, a la vez, diáfana, transparente. Es el vidrio. El cristal.

  En el tórrido Egipto antiguo, manos anónimas realizaron la combinación mágica de los elementos que engendraron el vidrio.

  El vidrio es un material omnipresente en nuestra vida moderna. Está en ventanas, espejos, botellas, pantallas, vasos, lámparas, vitrinas, puertas. A pesar de su omnipresencia, desconocemos su origen. O más exactamente: no nos interesa su procedencia, los procesos que han gestado el resplandor cristalino del vidrio. También desconocemos, y nos deja indiferentes, el origen de tantos otros materiales que se repiten en nuestro entorno urbano. Esta ignorancia e indiferencia por el origen de los materiales de la vida contemporánea se relaciona con la no percepción de la realidad como un proceso o devenir. Como todos sabemos, vivimos sofocados por el imperio de la actualidad y lo instantáneo. Cierto periodismo forja cotidianamente nuestra experiencia del mundo donde lo real es lo inmediato y efímero. Pero lo real es una red de procesos constantes. Somos el efecto continuo y creciente de esos procesos. Y en el vidrio atravesado por la luz duerme la metáfora de la realidad atravesada por procesos diversos.

  En el mundo físico, los procesos vitales son profundamente solidarios de la luz solar y su expansión. La luz que se propaga es el germen para el crecimiento y recreación de lo vivo. El árbol vive por el agua y la luz. Y el árbol, lo vegetal, es quien purifica el aire que respiramos. Todo alimento que madura lo hace gracias a la asistencia de la luz. En este sentido, todo es de continuo atravesado por la luz que fomenta lo vital.

    El vidrio, y también el cuarzo que le es afín en su condición transparente, son las únicas sustancias sólidas que dejan ver la luz que se expande y atraviesa las cosas. El vidrio es constantemente receptivo a este fluir, devenir, a este atravesar las cosas por parte de la luz. Aun en la oscuridad, el cuerpo de cristal es traspasado por la no-luz.  

   El cuerpo cristalino se halla, por tanto, en una comunicación sin fisuras con lo luminoso que genera la vida. En este cuerpo vítreo predomina la percepción de lo real como continuo movimiento y expansión luminosa. La anatomía de cristal intensifica la luz como una continua  presencia. En cambio, el pensamiento alberga una constante coexistencia de presencia y ausencia.  Filosofías como la de Heidegger, Derrida, Foucault, o algunos aspectos de Husserl, confirman el ser como pulso de una irreversible duplicidad de ausencia y presencia.

   El pensar depende del tiempo, de la sucesión. Para el pensar, lo que ahora es presencia es ausencia en el futuro que aún no llega; y también lo que ahora es presencia es ausencia cuando se convierte en pasado. Además, aunque el pensamiento se pretenda universal, siempre es un rayo conceptual concentrado sobre un diamante particular. Al tiempo que el diamante particular es lo presente, lo pensado ahora, la veta diamantina es lo ausente; y viceversa: cuando el pensar pretende abrazar la veta, el precioso diamante individual se desvanece en una nebulosa ausencia. También podemos especular que, por debajo de esta discontinua ausencia-presencia, vibra un ser continuo. Pero en cuanto intentamos pensarlo en nuestro presente, el ser sólo se entrega como un reflejo, una representación. Nunca se deja pensar el ser en cuanto tal. Es, por lo tanto, firme ausencia.

  Frente al ser que siempre huye y se ausenta, reacciona el poeta. Él es quien se acerca al ser ausente y explora sus últimas y más frescas huellas. Por lo que ni siquiera para el poeta el ser es continuidad.

  Quizá nuestro cuerpo olvidado y desconocido no padezca la discontinuidad. Quizá, lo mismo que el cristal, su destino es ser atravesado de continuo por la luz de los procesos vitales.

   La luz que atraviesa el cuerpo entendido como cristal, que recorre en un movimiento constante, puede ser imaginada mediante distintas figuras. En este momento intentaré recuperar sólo cuatro de esas posibles figuras: la noción de los ríos metafísicos en Cortázar; el cuerpo sin órganos de Artaud; el cuerpo soberano en Así hablaba Zaratustra de Nietzsche, y la inmortalidad corporal en el taoísmo.

  Trazaré  la recuperación de estos momentos de manera fugaz a fin de no exagerar la duración de mi exposición.

  En el capítulo 21 de Rayuela, Cortázar imagina un contrapunto de caracteres arquetípicos. Horacio Oliviera es encarnación del cazador intelectual de lo absoluto. Aunque se reconozca un límite para la razón, sólo el pensamiento y su dialéctica pueden ordenar lo real. A la manera kantiana, se puede admitir que el ser, en su vena más honda, es incomprensible. Pero, Oliviera, el inquisitivo intelectual de Rayuela, vive sólo en la realidad pensada. No en lo real como tal, anterior al pensar o al calidoscopio de nuestras interpretaciones.

   La realidad previa al concepto es una serpiente que avanza y ondula sin respetar la lógica y sus necesidades de racionalidad. El reptil del continuo ondular puede mutarse en una imagen más tradicional para sugerir el movimiento constante. Puede convertirse en un río metafísico (3). Esta realidad como torrente existe con independencia del pensar humano. En este río bulle un frescor creador continuo, un ondular de un trigo de la continua abundancia. Hay un ser, un cuerpo, que puede nadar y ser atravesado por esa corriente vital, los ríos metafísicos. "Yo describo y defino-dice Oliveira- y deseo esos ríos, ella los nada. Yo los busco, los encuentro, los miro desde el puente, ella los nada" (4). La que nada es el cuerpo de mujer; es la transparente anatomía de una mujer: la Maga. La Maga es el cuerpo cristalino surcado, atravesado, por el fértil e inagotable río metafísico.

  Antonin Artaud intuyó también el olvidado cuerpo cristalino. Lo llamó cuerpo sin órganos. En nuestro movimiento corporal habitual prevalece un órgano en particular. Al caminar sobresalen las piernas y su locomoción; al ver, imperan los ojos y su poder visual, etc. Este predominio de un órgano en especial implica una división de lo corporal. La ausencia de una acción conjunta de todos los órganos con la misma intensidad.

  El cuerpo se fragmenta así, y todo lo fragmentado es una forma debilitada de vida. El cuerpo con órganos siempre es una vida fracturada y menguada. Por el contrario, el cuerpo sin órganos no se somete a ningún órgano en particular. Es un solo flujo vital que discurre con igual intensidad. Esta forma de la corporalidad es, así,  plena e integra. Es energía biológica pura, en libre estado de devenir, que llega de lo exterior y regresa luego al afuera. Es una luz que, como en un cristal, constantemente atraviesa la interioridad corporal (5).

  En Así hablaba Zaratustra, en la sección "Sobre los despreciadores del cuerpo", Nietzsche pregona al cuerpo como fuente de la vitalidad y sentido anterior al yo. "Detrás de tus pensamientos y sentimientos, hermano mío, se encuentra un soberano poderoso, un sabio desconocido, llamase 'sí mismo'. En tu cuerpo habita, es tu cuerpo. Hay más razón en tu cuerpo que en tu mejor sabiduría" (6).

   Esta bahía de la reflexión nietzscheana es esencial en cuanto a una superación del paradigma cartesiano.

  Descartes, en sus célebres Meditaciones Metafísicas, diferencia profundamente la dimensión de la subjetividad, el pensamiento (res cogitans) de la materia, el cuerpo, la naturaleza (la res extensa). El cuerpo es aquello que ocupa un solo lugar a la vez en el espacio. Y que se define por su forma limitada. A un mismo tiempo, el cuerpo es lo que carece de conciencia y saber. Es una máquina compuesta de huesos, músculos e instintos, que actúa como soporte o instrumento pasivo del alma. El conocimiento es incandescencia del intelecto; por el contrario, la repetición mecánica es brillo opaco del cuerpo. En Nietzsche, lo corporal como no-saber es reemplazado por la corporalidad que sabe, que dimana poder, que crea al yo como puro instrumento y prolongación de sus propios designios.

  El conocimiento es también un instinto que, en la modernidad, brilla con más fuerza entre el calor de otros instintos. Esta corporalidad nietzscheana es cuerpo inconciente, previo a nuestra experiencia corporal cotidiana. Es este otro cuerpo una fuerza vital procedente de la tierra, a la que el cuerpo debe serle fiel. La fuerza primaria de la tierra y, por extensión, de toda la materia, atraviesa como continua radiación, este nuevo cuerpo transparente, cristalino.

  La señal de otro cuerpo cristal emerge en el cuerpo inmortal del taoísmo.

  En la antigua China, los seguidores del Tao, creían que la inmortalidad sólo podría conseguirse mediante la construcción de un cuerpo imperecedero. Una idea con sus paralelismos en otras mitologías. Los antiguos egipcios asociaban también la vida inmortal con la preservación del propio cuerpo merced a la momificación.

 Entre los taoístas, un sendero indispensable para propiciar un existir sin conclusión es la retención de los dioses que habitan en los diversos órganos y regiones corporales. Es así que "nuestro cuerpo rebosa de dioses, y estos son los mismos que los del mundo exterior. He ahí una de las consecuencias de que el cuerpo humano sea idéntico al mundo (...) Los dioses que moran dentro del cuerpo son muchísimos...es un múltiplo elevado de 360, y se habla generalmente de 36.000 dioses. A cada extremidad, articulación, víscera, órgano o parte del cuerpo le corresponde uno o varios dioses" (6).

  El cuerpo taoísta es así claro cristal por el que fluye, circula, la realidad sutil y sagrada representada por la rebullente multiplicidad de los dioses.

   Hemos invocado así, fugazmente, cuatro figuras de la realidad que, como movimiento, devenir, como luz vivificadora, atraviesan de continuo al cuerpo primario, olvidado, cristalino. Pero el cuerpo cristal es, a su vez, el resplandecer del vitral...

 

III

    Podemos apelar a otra imagen para entrever aún más la naturaleza del cuerpo cristalino; podemos convocar la textura colorida y translúcida de los vitrales. En el mundo contemporáneo, al ingresar a una iglesia, el vitral, con su fina vivacidad cromática, nos atrae por su belleza. No por su potencia simbólica. El vitral hoy es un llamativo decorado que flanquea el altar y la nave central de un templo. En cambio, en la Edad Media, en las catedrales góticas, el vitral generaba efectos más penetrantes en la sensibilidad.

  Permítaseme esta proposición: el vitral es el cuerpo sensible donde la luz enciende las potencialidades y donde el origen de lo luminoso permanece siempre velado y distante.

  Para desentrañar esta afirmación debemos observar que el vitral sólo muestra su figura de espaldas a la fuente luminosa. Sólo cuando lo luminoso atraviesa la anatomía cristalina del vitral se encienden sus poderes de forma, color, el aura de una figura, la expresión de un sentido. El vitral es signo así de un ser que únicamente se plasma al percibir la luz que lo recorre. El vitral anuncia el ser que adviene a lo que es como incandescencia que se nutre del estar atravesado por lo luminoso. Lo luminoso que siempre llega desde un afuera distante del cuerpo iluminado.

  El ser en el vitral se realiza en el percibirse atravesado por la luz, pero sin percibir la procedencia y naturaleza esencial de la luz. Todo esto significa que el cuerpo-vitral, el cuerpo-cristal, no es celebración de una transparencia absoluta del movimiento vital. El vitral nos enseña que la luz revela sin revelarse ella misma, que el ser atravesado por el devenir luminoso no es ajeno a la oscuridad que cobija la propia luz.

   La oscuridad que cobija la luz...

  Fuera de los casos de ceguera congénita, podemos pensar el enceguecimiento como destrucción del aparato óptico ante una luminosidad demasiado exaltada. La oscuridad que entonces sobreviene puede ser interpretada sólo como incapacidad visual, como un ya no poder ver. Sin embargo, la ceguera quizá alberga un contenido más escurridizo e inquietante. Quizá la oscuridad que borbotea dentro de la ceguera es un retazo de lo oscuro que se agazapa en lo más luminoso de la luz. No se puede ver demasiado tiempo el fulgor de una luz muy poderosa. De ahí que la luz, en sus más plena fuerza o irradiación, permanezca no visible, velada, oscura. La oscuridad de lo invisible de la luz, de la luz que no puede ser vista por insoportable es continua presencia. Es el juego constante de la máxima claridad que coexiste, en un solo acto de presencia, con la máxima oscuridad. La luz más victoriosa es así, a un mismo tiempo, radiación oscura (7).

  Recuperar la transparencia del cristal o el vitral, como metáfora del cuerpo en su percepción primaria del espacio, no es entonces propalar la ingenua creencia, sin espesura ontológica, de que todo es reductible a una transparencia o revelación final. Recuperar lo cristalino y vítreo es, sí, alentar la experiencia que a un sujeto le permite percibir ese estado sensible, estético, en que todo es atravesado por la vivificación sutil de la luz. Y en ese estado de ser atravesado el cuerpo se funde con el mundo amplio que la luz recorre. Y el cuerpo enciende así su más alta potencialidad de creación y sensibilidad.

  De esta manera, la utópica ciudad de cristal del expresionista Paul Scheerbart no debería ser interpretada de una manera excesivamente lineal como la hace Benjamin en su ensayo Experiencia y pobreza. Allí, el gran crítico cultural supone que "las cosas de vidrio no tiene 'aura'. El vidrio es el enemigo número uno del misterio" (8). Esto habla también de un "borrar huellas", de un disolver las marcas de una experiencia personal, profunda, ancestral. En el vidrio pontificado por Scheerbart es difícil dejar huellas.

 Pero, creemos, que esta es una interpretación muy parcial. La luz que atraviesa los cuerpos transparentes no tiene como principal destino disolver huellas personales, o todo lo  ambiguo, brumoso u oscuro. No. Un cuerpo translucido que percibe la luz que lo atraviesa se comunica con la amplitud de la que procede la luz. Enciende por esta vía sus poderes sensitivos y espirituales. Pero, en modo alguno, se desvanece en una falsa luminosidad de la transparencia absoluta donde desaparecen la incertidumbre, lo velado, indeterminado, oscuro o enigmático. O las huellas de la propia personalidad.

 

IV

 

     Y, ahora, demos unas últimas pisadas en estas praderas especulativas. Unos pasos finales que son también una condensación de lo que hemos intentado pensar.

     Habitualmente identificamos lo estético con la contemplación de lo bello o la creación de belleza. Pero quizá la estética de lo bello sea un estadio posterior a la estética de la percepción corporal del movimiento luminoso.

   No hay vida sin luz.

   Y la luz se propaga, expande, en un movimiento sin detención.

   En apariencia, la luz puede chocar o desviarse de algunos cuerpos u objetos; sin embargo, el poder vivificador de lo luminoso se derrama dentro de los seres. El aire  y los alimentos, necesitan de la luz para ser. A nivel físico, mediante la respiración y la nutrición, la luz y sus efectos actúan como un continuun que atraviesa los órganos. Este hecho puede ser ignorado. No percibido. Pero los cuerpos, antes que lo bello o tenebroso, perciben el ser recorrido y atravesado por el movimiento luminoso.

    El cuerpo vitral, el cuerpo cristal, depende de la luz que lo atraviesa. Y esa luz mueve también una oscuridad que palpita en el centro de la luminosidad más radiante e insoportable. La luz que atraviesa el cuerpo-cristal habla también del espacio amplio. Y de la riqueza y vitalidad de ese espacio que lo luminoso recorre antes de atravesar el cuerpo translúcido.

  El ser corporal, encarnado, que recupera el cordón umbilical que lo une con ese devenir de la luz que se mueve y lo atraviesa, enciende, despliega, expande sus poder más sutiles.

  Quizá, por eso, en las religiones o las mitologías, la espiritualidad es la plena comunicación con la realidad sagrada, profunda, que se manifiesta en un cuerpo luminoso. Anatomía de la radiación (9). Cuerpo que, como el cristal o el vitral, es siempre lugar de tránsito e irradiación. Nunca sitio de retención desesperada o de pérdida del flujo de luz del ser que es movimiento sin fin (10).

  La estética ya no es así sólo teoría filosófica sobre la belleza natural o el arte. Lo estético se convierte en la percepción olvidada de los cuerpos que se encienden al percibir el movimiento de luz que atraviesa, aviva, la materia. 

 Muchas gracias!

 

 

Citas:

(1) Ver Michel Foucault, Historia de las sexualidad,v.I, capítulo sobre la proliferación de los discursos.

(2) Nos referimos aquí a la obra del neoexpresionista norteamericano Jackson Pollock. Este difundió el action paiting. El pintar a través de desparramar, chorrear, gotas de pintura mientras el cuerpo se desplaza libremente sobre un rectángulo de lienzo.

(3) Véase Julio Cortázar, Rayuela, capítulo 21, Buenos Aires, Sudamericana, pp. 104-108.

(4) Ibid, p.107.

(5) Para adentrarse en la noción del cuerpo sin órganos de Artaud, son importantes: Antonin Artaud, Estar harto del juicio de Dios, Buenos Aires, editorial Need; Heliogábalo o el anarquista coronado, edición Fundamentos; y el capítulo que  Giles Deleuze le dedica en su La lógica del sentido.

(6) Henri Maspero, "En busca de la inmortalidad. El taoísmo en las creencias religiosas de los chinos durante la época de los seis dinastías (ca.400-600d.c)", en Mircea Eliade, Historia de la creencias y de las ideas religiosas, Barcelona, Editorial Herder, pp.87-88.

(7) Aquí parecería que nuevamente caemos en una continua duplicidad presencia (luz en su momento de manifestación y visibilidad), y ausencia (luz como retracción de la transparencia u oscuridad). Una duplicidad que se asemejaría al ser que siempre se abre, muestra, se hace presencia como acontecimiento y, luego, se oculta. Sin embargo, en la luz hay un continuo mostrarse, sólo que en la luz siempre late como presencia un centro de oscuridad que es lo no visible o mostrable por su exceso de intensidad.

 Sobre la duplicidad de lo presente y ausente, lo patente y lo oculto, ver: Martín Heidegger, "Sobre el origen de la obra de arte", o "La época de la imagen del mundo", en Sendas perdidas, Alianza.

(8) Walter Benjamin, "Experiencia y pobreza", en Discursos ininterrumpidos I, Buenos Aires, Taurus, 1989, p.171.

(9)  En este sentido puede consultarse, por ejemplo, el capítulo sobre el simbolismo de la luz en Mircea Eliade, Mefistófeles y el andrógino.

(10) Al terminar mi exposición, Hugo Mujica me refirió que, en la Iglesia Ortodoxa, la perduración del cuerpo sin putrefacción luego de la muerte física, la permanencia en el cuerpo de una luz vital, es aceptado como señal de santidad.