Dios, religión, y el orden inconciente, por Esteban Ierardo

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El texto que sigue a continuación es una conferencia pronunciada en el contexto de una mesa sobre la pregunta por Dios organizada por la Fundación Centro Psicoanalítico Argentino, en la ciudad de Buenos Aires. Esta es una versión corregida y ampliada. Al final adjunto algunas sugerencias bibliográficas para quienes deseen sumergirse en lecturas sobre la tradición religiosa relacionada con la teología negativa.

E.I

 

DIOS, RELIGIÓN Y EL ORDEN INCONCIENTE

Por Esteban Ierardo

 

       Buenas noches! Antes de la supuestamente segura palabra del logos, del discurso, pensé que el desafío más grande era -en el comienzo del espacio que compartiré con ustedes- eludir la explicación ordenada y sistemática, que vendrá después, y asumir un camino más incierto. Más sugerente. El camino del relato. El relato exige que imaginemos una proyección de  símbolos. El relato que se me ocurre imaginar nos acercará a una posible visión de lo sagrado, y al mundo del sueño.  En este relato imaginaremos la figura de un personaje que, en nuestra tradición, muchas veces relacionamos con Adán, con un hombre arquetípico que deambula por primera vez sobre la tierra, y bajo la sombra intangible de las nubes.

 Y este hombre camina en principio con la certeza del saber. Cree saber el porqué del espacio, el porqué del flujo del tiempo, el porqué de la vida múltiple que nos rodea. Cree
saber, pero en cierto momento lo invaden la fatiga y el sueño. Y cuando sueña, se sueña de otra manera. Y este hombre arquetípico se convierte en un soñador. En cuyo sueño llega una voz, que puede ser la del viento, o la del rayo, como a tantas culturas les gustó imaginar la voz de algo otro. Y esa voz ahora le dice al soñador en el sueño: "Hasta ahora creíste saber y todo se te daba como un don; pero, ahora, aquello que te rodea, para seguir existiendo, exigirá de ti un acto de comprensión. Te doy un día para que intentes comprender cuál es el funcionamiento secreto de la Tierra, por qué existen los animales, por qué existen los seres; por qué el agua contribuye con el Sol a que la vegetación
florezca; por qué la Tierra es vida y cómo funciona esa vida. Te doy un día dentro de tu sueño, para que intentes comprender y descubrir cómo funciona eso que hasta ahora se te había dado como un don".
  Y entonces, el soñador desesperado, durante ese primer día, intenta comprender el porqué de los animales, cómo nacieron, cómo se relacionan, el porqué de la vida en la Tierra; por qué la Tierra es vida; por qué está atravesada por el tiempo. Pero no logra llegar a una respuesta clara. Bullen en su mente muchas respuestas. Mas no alcanza a comprender de manera clara y definitiva, cómo funciona la vida terrestre. Y entonces, al cabo de ese primer día, la Tierra desaparece; porque su continuidad dependía de la comprensión del soñador, y el soñador no comprende cómo funciona la Tierra. Por lo que, ahora, ya no se le dará más la Tierra que antes él no comprendía y sin embargo existía. Y se le daba como un don. 

 Y, ahora, ya este soñador que no comprende lo que creía comprender, ya no tiene Tierra donde habitar.
   Vuelve a soñar el soñador. La voz se repite. Y le dice: "Mira el cielo que hasta ahora se te ha dado; que se te ha dado como un don. Mira el cielo con el fuego solar; mira la danza centelleante de las estrellas; mira la figura arqueada de la bóveda azulada del día o de la cúpula nocturna. Mira todo eso. Te otorgo un día para que intentes comprender; sólo si comprendes cómo funciona el cielo, el cielo seguirá. Antes se te daba como un don pero ahora su existencia dependerá de tu comprensión. De tu consciente comprensión dependerá la continuidad del cielo".
  Pasa un día, y nuevamente el soñador encuentra muchas posibles respuestas. Pero ninguna lo convence. Ninguna lo sustrae de la duda. Por lo tanto, al cabo de este segundo día el soñador ahora también acepta que no comprende el cielo que se suspende sobre él. Entonces la voz le dice: "Esto que antes se te daba como un don, ahora te lo retiraré".

 Y ya no hay cielo.

  Y ahora el soñador sólo puede descansar sobre una roca. Y se escucha, por primera vez, el quejido y el lamento del soñador: "¿Por qué me estás arrebatando la tierra, el cielo? Donde antes había vida ahora sólo hay una oscuridad que circunda mi roca". Y luego piensa el soñador: "Pero todavía queda el espacio".
  Entonces, la voz vuelve a resonar: "Te daré un día para que intentes comprender lo que
antes se te daba como un don: el espacio. Ahora el espacio sólo será, sólo continuará, si lo comprendes".
  Transcurre un nuevo día. Y el soñador evalúa muchas posibilidades. Muchas respuestas. Pero otra vez la desesperación. Otra vez al cabo de este tercer día de reflexión, el hombre que sueña debe admitir que no comprende cómo funciona el espacio; y, por lo tanto, el espacio le es arrebatado.

   El que escucha en el sueño es ya un cuerpo sin espacio. Sin tierra y sin cielo.

  "¿Pero tal vez mi cuerpo es todavía tiempo?", aún piensa el soñador; porque aun en su pecho puede sentir el tamborileo de sus latidos, el paso de una palpitación tras otra. Por lo tanto, el soñardor es todavía un cuerpo que vive en la sucesion del tiempo.
  Y la voz regresa. Y dice: "Hasta ahora, tu cuerpo se te había dado como un don, y el tiempo de la vida que atraviesa tus órganos; pero ahora, para que tu cuerpo continúe, tendrás que comprender conscientemente lo que antes se te daba como un inconsciente don. Te doy un nuevo día para que intentes comprender el origen de tu cuerpo, el funcionamiento de todos los órganos, la mecánica secreta de tu anatomía y la relación del tiempo con tu cerebro y tu corazón.

  Te doy un día para que intentes comprender todo eso".
  Y el nuevo día transcurre en medio de la desesperación de los muchos caminos donde el humano que sueña busca la naturaleza del tiempo y su vínculo con el cuerpo, con su origen y su funcionamiento. Y cuando ese día concluye, el soñador, humillado, una vez más admite que no puede comprender. Entonces, también su cuerpo le es arrebatado. Y el soñador sólo sobrevive como un pensamiento evanescente, ligero. Sin peso ni saber. Un pensamiento desencarnado.
  A ese sujeto, que antes creía comprender lo que no comprendía, se le revela que sólo seguiría existiendo entre la realidad del cielo, la tierra, el espacio, el cuerpo y el tiempo, si lograba comprender. Si podía hacer consciente lo que antes se le daba como un don inconsciente. Pero no pudo. Antes tampoco comprendía. Y sin embargo el mundo era. El mundo latía y se sucedía desde la sutil trama de un orden que siempre fue inconciente para el sujeto.

 Ahora, todo eso que antes existía con independencia de la conciencia y la comprensión del hombre, lo llamaremos "el funcionamiento inconsciente de la materia". Es todo aquello que diariamente se produce y existe con independencia de nuestra propia conciencia y comprensión.
  Es el orden inconciente que permite la realidad común donde existen, sutilmente entrelazados, los planetas, la ley de la gravedad, los animales y los humanos. Es el orden que nos entrega un planeta donde el agua, la luz y el tiempo generan vida. Un funcionamiento inconciente que permite que el propio cuerpo exista, y que sus órganos tengan una armonía y relación entre sí. Todo eso existe, cotidianamente, desde una inconsciente dinámica de lo material que nosotros ignoramos. Esa realidad existe o funciona inconscientemente, fuera de nuestra pequeña conciencia como sujetos. Ahora también a ese orden sin la mediación de nuestra conciencia lo pensaremos como una realidad subyacente. Como una realidad gobernada por una inteligencia otra, extrahumana, en tanto distinta de nuestra conciencia. Una inteligencia acaso universal, divina, sagrada. Aquí ya estamos situados, lo sé bien, en un territorio que escandaliza a los escépticos y a los que reducen toda realidad posible a lo constituido o entendido por la subjetuividad humana.
  Ahora bien, si se me permite la concesión de imaginar toda esa realidad que existe fuera de nuestra conciencia como una inteligencia asociada con un sujeto, podríamos preguntarnos: ¿pero cuál es la naturaleza de este sujeto, de esta inteligencia
inconsciente que está funcionando en la materia independientemente a nuestra pequeña conciencia? ¿Esa inteligencia es una suerte de sujeto personal, es una especie de gran Dios que podría ser representado de manera antropomórfica, bajo aquella famosa, ancestral y tal vez infantil imagen de una suerte de conciencia superior a nosotros, un gran señor barbado que todo lo controla desde arriba? 

  Las religiones tienen una respuesta mucho más profunda para lo que podría ser ese sujeto de inteligencia inconsciente mediante la cual funciona la materia. En la tradición religiosa de Occidente hay una respuesta, según la cual esa inteligencia no es la de un sujeto, la de una suerte de gran sujeto que sería la proyección de nuestra propia condición como sujetos. Sobre la inconciencia de que hablamos aquí no se pueden atribuir conceptos o propiedades últimas. Esto es lo que, por ejemplo, Borges descubre a propósito del acercamiento a Dios en una prosa incluida en Otras inquisiciones, una prosa llamada De alguien a nadie. Hay dos posibles visiones para entender lo divino: que Dios, lo sagrado, es como una especie de gran sujeto, una gran persona de la cual podemos, mediante el lenguaje, manifestar sus atributos esenciales. Así en la Biblia se dice de Jehová que es "el Fuerte de Jacob", o que es "Piedra de Israel", "el Dios de los ejércitos", "el Rey de Reyes". O también dice lo divino: "Yo soy el que soy", cuando le habla a Moises desde una zarza ardiente. Pero en todos esos nombres Dios se convierte en un alguien. En un sujeto. Y todo alguien lo es en tanto recibe ciertos atributos diferentes de otros. Todo alguien es una realidad finita.
  ¿Y cómo un alguien que sería una realidad finita puede ser la inteligencia infinita que
estaría detrás de todo el funcionamiento de la materia?  La inteligencia inconciente, al menos para nosostros, debe ser entonces un estado impersonal. Así surgió una serie de teólogos, en la Edad Media, que cultivaban lo que se llama teología negativa, que Borges nos recuerda -como lo hace Heidegger cuyo pensamiento tanto le debe a la teología
negativa medieval alemana-. La teología afirmativa es la que dice: Dios es un gran sujeto, un sujeto personal, y sobre él podemos decir tal y tal cosa como predicado; pero cuando decimos algo sobre algo lo estamos limitando, lo estamos restrigiendo a nuestras palabras, a nuestro lenguaje. En cambio la teología negativa dice: sobre lo sagrado nada se puede decir. No es un sujeto, no es una gran persona, no es un alguien  sobre el cual se pueda decir nada en absoluto.  En sentido estricto, ni siquiera puede decirse que es  sujeto o ser absoluto. Es una nada paradójica de la cual todo surge. Pero de la que nada puede decirse.

  Esa nada, que sería en realidad lo sagrado, lo divino, emerge en la teología negativa a través de pensadores como un personaje, un tanto legendario o histórico del siglo V d.c., llamado el Pseudo Dionisio Areopagita. En una serie de textos llamados Corpus Dionysiacum, el Aeropagita comenzó a difundir esta idea: Dios es una suprema nada, nada se puede decir sobre él.  Por su parte, en el siglo IX d. c., un teólogo irlandés, Escoto Erígena, cultivó la misma idea; y dijo: Dios no es un ser, porque decir que es un ser es limitarlo a una definición; por lo tanto Dios está más allá del ser. Es una suerte de nada.
  Lo sagrado, lo divino como nadidad que escapa al conocimiento, que escapa al lenguaje, escapa por tanto a la teología. Escapa incluso a los propios libros sagrados. Tal como lo manifiesta Esquilo en la Heliades: "Zeus es el aire, Zeus es la tierra, Zeus es el cielo; Zeus es todas las cosas, y, sin embargo, está más allá de todas las cosas".

 Pero quizá el máximo teólogo que cultivó la tradición negativa fue Meister Eckhart. Meister Eckhart -que ejerció gran influencia sobre Heidegger- es un dominico del siglo XIV que en buena medida transmitió su pensamiento mediante sermones. Un tratado esencial de Eckhart, donde se cristaliza una apertura a lo sagrado como una suerte de nada creadora, es su Tratado del desprendimiento.

  Eckhart desarrolló una teología apofatica, donde como ya observamos, lo divino carece de atributos. Y es un abismo sin fondo (abgrund). Es unidad, pero no como una congregación indefinida de propiedades, sino como un neutro unum, como unidad indivisible, que no se divide en sentidos particulares. Dios es unum enim est, inquo nullus est. Dios no es "ni esto ni aquello", "ni es persona o imagen".

  San Juan de la Cruz, el místico del Renaicmiento español del siglo XVI, vinculó la unio mystica con una peregrinación a través de las noche oscura, y el ascenso al Monte Carmelo. Para San Juan, fiel en este caso a la via negationis, Dios "no tiene forma ni figura...siendo como es inagotable no cabe en la imaginación", "no tiene sentido sustancia", "es incomprensible".

  La aproximación a este unión con la deidad inquo nullus est surge en Eckhardt a través de la carencia de todo deseo (gelassenheit), o del desasimiento en San Juan de la Cruz. Sólo el desapego nos abre a la profundidad inconciente e impersonal que gobierna la sinfonía múltiple de las cosas. Cuando el hombre ya no pretende poseer la verdad, no se ve limitado a ninguna proposición, a ninguna particularidad desmembrada del todo. En el alma o corazón desprendido surge un espacio vacío. Sólo cuando el hombre hace un vacío está disponible, dice Meister Eckhart, en tanto posee un espacio interior donde puede llegar a emerger y mostrarse ese ser que no puede ser dicho con palabras. Que es inefable, que no puede ser reducido al lenguaje, ni a la conciencia. El alma debe tener la humildad de expulsar sus certezas aparentemente inconmovibles y aceptar la limitación de su lenguaje y de todo sistema de conocimiento. Sólo ahí surge en el alma un vacío interior. Ese vacío es el que permite que eso otro incomprensible, inconciente, pueda llegar a manifestarse.

  El deus absconditus solo deviene deus revelatus en el alma cuando se halla vacía "para que se produzca el gran silencio en todas las cosas, y desde el trono divino se escuche una palabra arcana". El vaciamiento de contenidos o representaciones previas en la interioridad del sujeto permite la manifestacion de la magmática e incomprensible alteridad de lo divino.

   Este camino propiciador de la irrupción de lo divino fue cultivado también por Angelus Silesius (1626-1677), el expositor poético del pensamiento místico alemán. Su obra El peregrino querúbico es un ejercicio de una concientización poética del itinerarium mente in deum. Silesius asegura que "cuanto más sales de ti, tanto más Dios está en ti", o que "Dios prefiere entrar en nosotros cuando hemos abandonado nuestra morada".

  Son muchas las sendas que la meditación sobre Dios y la religión nos puede empujar a transitar. Pero aquí, ya en el escaso tiempo que me resta, quisiera destacar la importancia de pensar la religión como un estado sensible y no como expresión de un estricto orden institucional o de una cerrada pirámide de conceptos teológicos. Como la teología afirmativa, lo teológico negativo corre un riesgo: el de petrificar la vivacidad del sentimiento religioso y convertirlo en opaca dureza intelectual. Los místicos, y los teólogos de la tradición negativa (que son al mismo tiempo místicos), nos aseguran que lo sagrado es indecible. Sin embargo, la indecibilidad, en tanto es dicha, nos deja presos, otra vez, en las redes de las palabras. Que ya no penetran ni aprehenden la sustancia recóndita del espacio. Lo enigmático no verbalizable, no obstante, no es una lejana vaguedad. Lo divino no expresable, a lo que alude la teología negativa, es lo real en su cercana presencia. Es la interacción o fusión continua entre el espacio y su pletórico tejido de formas. Lo que huye del arpón del verbo, del dedo señalador del lenguaje, es el cercano vértigo de la multiplicidad. Es el espacio que brilla como montaña. Río. Bosque. O el rostro humano. O animal. Si en verdad todo aquello brota de una inteligencia inconciente en relación a nuestra mente, lo real profundo sólo podría ser experimentado. No dicho. Aquí entonces la religión es experiencia sensible de reunificación con un devenir inconciente que fluye en silencio, fuera de todo inmovilidad conceptual. Es religación con un subyacente orden sin código lógico o sistema capturable. El orden subyacente es el inconciente de la materia y de la vida que se mueve con su música en el espacio.

  En este estado de percepción religiosa lo esencial no es la aceptación de una institución eclesiástica, o de un libro revelado. O de una cohorte de iluminados. En lo religioso como estado sensible la piel se con-funde con un inconciente e inteligente devenir preverbal. Este devenir es expansiva y silenciosa fuerza que ordena y crea a nuestras espaldas lo que escapa a nuestra conciencia.

 Y casi todo escapa o se burla de nuestra ínfima conciencia.

 El estado divino de la realidad no es una persona. No es una idea. O un pretencioso sistema teológico. O el nervio de acero de una maquinaria de poder intimidante y ávida por marcar y oprimir los cuerpos y las conciencias.

   Lo divino sin rostro y palabra atrae el viento matinal de lo religioso hacia territorios de profundas y cristalinas rocas. Donde no se levanta ninguna iglesia ni dogma o doctrina definitiva. El lecho profundo y radiante del ser sería así el onmipresente gobierno de un inconciente impersonal. Es la profundidad silenciosa que, con o sin la participación de nuestra conciencia, gobierna y crea las moléculas, y nuestros órganos. Y el raro abrazo entre el espacio, esas extrañas amplitudes que nos rodean, y el rumor inexplicable, incesante, del tiempo. 

Muchas gracias! (*)

  

 

(*) Fuente: Esteban Ierardo, "Dios, religión y el orden inconciente", conferencia pronunciada en el año 2002 en la Fundación Centro pscicoanalítico Argentina, en la ciudad de Buenos Aires.

 

BIBLIOGRAFIA POSIBLE SOBRE EL TEMA ABORDADO EN ESTA CONFERENCIA:

H. Graf, Historia de la mística, ed. Herder.

Miriana Widakoewinch-Wayland, La nada y su fuerza. Ensayo sobre mística comparada, ed. Distal.

Meister Echardt, Tratados.

Escoto Erígena, Tratado de división de la naturaleza, ed. Hyspamerica.

Borges, "De alguien a nadie", en El hacedor, Obras completas, V.II.

Rudolf Otto, Lo santo, ed. Alianza.

Vicente Fattone, El budismo nihilista, ed. Eudeba.

Alan Watts, la suprema identidad.

A. Huxley, Las puertas de la percepción.

Heidegger, Estudios sobre mística medieval, ed. Siruela.