El saber, el no saber y el peligro. Incitaciones al pensar desde Borges y Blanqui, por Esteban Ierardo

strict warning: Only variables should be assigned by reference in /home/temakel/public_html/modules/links/links.inc on line 1121.

  Auguste Blaqui es autor de una muy particular obra: La eternidad por los astros. Blanqui fue el líder de la agitación revolucionaria en la Francia de la segunda mitad del siglo XIX. Inspirador, aunque sin participación directa, de  la Comuna de París. Durante la famosa rebelión parisina, Blanqui estaba encarcelado. Buena parte de su vida estuvo prisionero. Y entre las paredes sin libertad escribió una notable especulación sobre el universo, su origen y el eterno retorno. También Borges compartió el interés por el eterno retorno. Y por los límites del saber. Aunque el saber aspire a la totalidad, lo infinito escapa a cualquier arpón de las palabras. En el ensayo que sigue a continuación (originalmente una ponencia en el Seminario Central, Die Gefahr, de la Fundación Centro Psicoanalítico Argentino), se intenta pensar las inestables relaciones entre el saber y la imposibilidad del saber.

                                                                                                                   E.I 

  

EL SABER, EL NO SABER Y EL PELIGRO (*)

Incitaciones al pensar desde Borges y Blanqui

                                                                                         Por Esteban Ierardo

I

 El universo es amplio. Siempre decimos que es infinito. Es complejo, rico. Y siempre misterioso. Pero una vida permanente dentro del misterio es imposible para el hombre. Porque el hombre debe ordenar e interpretar la vida para habitarla. Es decir debe, al menos parcialmente, decir que la vida responde a tal sentido o ley. Así toda cultura contiene y da significado. Pero esta acción ineludible encierra un peligro. El olvido de lo des-conocido como rasgo primario de la existencia.

Lo no conocido es lugar del no saber. Y el saber necesario para la vida social y cultural muchas veces pierde la conciencia del no saber constitutivo que traspasa al hombre como subjetividad finita. Pretender saber ahí donde no se sabe es región de peligro. Heidegger habló de Die Gefahr, el peligro del olvido del ser. No recuerdo de lo que permite el acontecer del sentido en la modernidad regida por la ciencia que no piensa, o por una técnica cuya esencia no es técnica.

La noche estira su oscuridad. La nocturnidad sin la luz es la que no ve lo ausente; lo que no ve la imposibilidad de cualquier afirmación conceptual que diga qué es lo real.

El cofre de la verdad puede ser interpretado desde los distintos posibles contenidos que acaso ocupen su cavidad. Pero nunca el intelecto puede extender su mano hasta el fondo del cofre abismal.

Las corrientes más secretas siempre escapan a la voluntad de transparencia del saber. El saber puede enfrentar el no saber. O puede alentar un saber que ignora su límite, y los felinos misterios que siempre escapan de las jaulas de cualquier explicación.

Intentar saber no ignorando que al final no se sabe es la actitud que desbarata el peligro de saber lo que no se sabe. Esta actitud doble es posible encontrarla en el cruce de los voltajes pensantes de Blanqui y Borges. ¿Por qué relacionar estas dos mentes inquietas? Primero por lo dicho arriba, porque ambos frotan el saber que no olvida el no saber; y segundo porque el escritor argentino tuvo en alta estima al activista francés. Lo menciona en su Historia de la eternidad como ejemplo de un pensar del eterno retorno.

Blanqui es conocido como el "encerrado". El signo más evidente de su vida es el activismo político. Blanqui promueve la revuelta. Ataca el orden burgués; busca extirpar el puñal de la injusticia social. El poder lo persigue y encarcela. Y buena parte de su vida trascurre en prisiones. Por eso su mote característico. En prisión escribe una obra notable, particular y extraña: La eternidad por los astros (1). Una meditación especulativa sobre el tiempo y el espacio, el origen del universo y las leyes de una repetición eterna de cada instante del tiempo. Blanqui pretendía un saber de lo cosmológico. Pero no dejó de advertir la distancia entre el ser y la capacidad de comprensión humana.

Borges comparte con el "encerrado" el fervor por el tiempo y lo eterno. Pero también cultiva una conciencia de la ficcionalidad de todo saber. Todo es metáfora. Ningún postulado de la filosofía o la ciencia hunde sus dientes en la médula misma de la verdad. A lo sumo, hay aproximaciones. Nunca actos de posesión definitiva de lo real. El escritor argentino también decapita espectros engañosos; desactiva el peligro de saber lo que no se sabe.

Meditaremos desde estos dos espíritus heterodoxos. Para ambos, a su manera, el intelecto humano rueda sobre un lecho que alimenta una especulación legítima.

Pero el lecho no desnuda su rostro más profundo.

 

II

 

El día se ha repetido. Pero no es la repetición del día de ayer sino de un día eterno. Ese tipo de intuición invade al hombre encarcelado. En su cautiverio no puede ver el cielo amplio. No puede contemplar el mar, cuyas olas salvajes se rompen cerca, sobre ásperos acantilados. Pero puede pensar el universo entero. Una compensación quizá. El que sólo se mueve dentro de recintos estrechos se da a sí mismo el infinito, acaso para remediar el agobio del enclaustramiento. Una forma imaginaria de libertad. El deseo de lo que se carece. Pero el móvil psicológico es un proceso secundario respecto a la meditación sobre el universo del "encarcelado". Una especulación extraña, que luego recordaremos. Y más extraña si se piensa que procede de un hombre consagrado a la inmediatez de la lucha política en su tiempo histórico, en la miseria particular de su época.

Louis Auguste Blanqui (1805-1881) es hijo de un profesor de filosofía y astronomía. Estudia medicina y abogacía. En 1848 participa en la sublevación contra Luís Felipe, el último rey de los franceses. Su condena a muerte se permuta por cadena perpetua. Liberado poco antes de la Comuna de París. En 1871, es encerrado nuevamente en la Fortaleza de Tareau. Allí, en 1872 escribe La eternidad por los astros. Liberado después muere en1881, por un ataque de apoplejía tras un discurso en un meeting político.

De Blanqui nace el blanquismo. El nombre de un movimiento insurgente. Un sinónimo de lo revolucionario. Blanqui, el hombre enjuto, alto, de mirada centelleante, de entusiasmo incendiario, y organizador hiperactivo de la protesta. Admirado por los estudiantes. El blanqusimo es protesta callejera y abierta. No la retórica combativa o filosofías contestatarias de salón. Es participación directa en las barricadas; es el discurso exaltado como preámbulo de la acción ineludible.

Para Marx, Blanqui es el inspirador de la rebelión de la Comuna de París (2). Y Blanqui es contemporáneo de Baudelaire. El poeta de la noche, de las letanías de Satán, del elogio de la belleza del maquillaje, de las correspondencias secretas entre el cielo y la tierra. El poeta de Las flores del mal hace un dibujo del rostro completo del revolucionario.

Muchos sintieron una viva sorpresa ante el texto especulativo que nace del cautiverio del "encerrado". No un texto programático sobre un nuevo nivel de acción revolucionaria, no unas memorias de la experiencia del hombre de las barricadas, no una reflexión sobre el vínculo entre teoría y praxis anti-sistema. Lo que mana de la pasión del "encerrado" es una inesperada sed de conocimiento cosmológico.

Su hermana luego se opondrá a la publicación del ensayo. Dar a la lectura del público este texto sería una confirmación del triunfo de la locura sobre el hombre del realismo político. Con dificultad, Blanqui consigue que su especulación llegue a la imprenta.

Como Edgar Allan Poe en Eureka, Blanqui está informado sobre el estado de la ciencia, la astronomía y la cosmología de su tiempo. Conoce y frecuenta las especulaciones de Pascal, las investigaciones de Herschell y, fundamentalmente, la cosmogonía de Laplace.

Blanqui especula que la vida como movimiento surge de cien tipos de cuerpos simples. Cada uno de estos cuerpos es un patrón de átomos finitos. Los cuales producen combinaciones finitas. Pero que se repiten infinitamente en lo infinito del espacio y el tiempo.

Cada hecho se repite eternamente en mundos paralelos y duplicados. Cada uno de nuestros hechos es eternidad que se repite sin fin. Y, a su vez, cada hecho se abre a variaciones o alternativas donde nos bifurcamos en copias, en sosias o suplentes. A un hecho en este mundo le corresponde todas las alternativas posibles en todos los otros mundos (3).

La repetición eterna de cada hecho, y las infinitas variaciones o bifurcaciones de ese hecho acontecen en un eterno presente simultáneo. El círculo de lo eterno en el tiempo gira sin fin. Y el hombre atrapado en la prisión abre el pensamiento en pos de una intuición del universo:

"El universo es infinito en su conjunto y en cada una de sus fracciones, estrella o grano de polvo. Así como es en este momento, así fue, así será siempre sin un átomo ni un segundo de variación. No hay nada nuevo bajo los soles. Todo lo que se hace, se hizo y se hará. Y sin embargo, aunque el mismo, el universo de hace un momento no es el de este instante, y el de este instante no será más el de dentro de un momento, porque no permanece para nada inmutable e inmóvil. Muy por el contrario, se modifica sin cesar. Todas sus partes están en movimiento discontinuo. Destruidas aquí, se reproducen simultáneamente en otra parte, como individualidades nuevas" (4).

La repetición de lo mismo es a la vez modificación, cambio, renovación. Lo que se destruye o pasa en su ahora renace en otro tiempo simultáneo. Y cada hecho luego de desaparecido se restaura en su secuencia de eterno regreso. Lo mismo que regresa en el círculo de la repetición cambia en su movimiento repetitivo. Lo estable es paralelamente devenir. Así, "cada ser humano es eterno en cada uno de los segundos de su existencia". Y cada segundo es el mismo diferente en su secuencia de repetición, y simultáneo a sus variaciones en los mundos duplicados en los que habitan nuestros sosias.

El eterno retorno como lo mismo y lo renovado se cruza con el pensamiento de Nietzsche (5). Y la cosmovisión de la trasformación eterna de lo mismo y lo renovado colisiona con el mecanicismo del universo-reloj, propio del cartesianismo, del determinismo y la ciencia clásica. En la naturaleza-máquina, los estados o leyes se repiten sin variación; y los fenómenos y sus regularidades se repiten dentro de la perspectiva de un universo de hechos en sí mismos irreversibles, que no vuelven a revertirse, a repetirse.

El "encerrado" alienta una suerte de mística secularizada del instante eternizado. Su eternidad es circulación incesante de la vida como posibilidad inagotable. No basta con que un hecho sea una vez. Su potencia sobreabundante necesita de la repetición y variación sin fin. El rayo es tan pletórico de vida que no le basta con estallar una vez. Debe hacerlo sin descanso ni final.

Estas especulaciones parecen alejadas de una reflexión política sobre el presente histórico y social. Pero esto es consecuencia de una mirada precipitada y parcial. Si todo se repite, se repite también el fracaso de la promesa de progreso de la modernidad. Se repite la ilusión del hombre que se pretende centro del universo; pero que en realidad sólo es hoja frágil que pende de un bosque inabarcable. La fricción social, la división entre ricos y pobres devela que la sociedad es reino del conflicto. No el huerto deseado de la armonía. Y lo conflictivo aquí no es preludio de una superación feliz, como surge de la dialéctica hegeliana o el optimismo ilustrado. La tensión social es sangría de la idea de justicia. Es perturbación constante de la posibilidad de una felicidad no obstruida por obstáculos materiales y la concentración de la riqueza.

El progreso es espejismo. A lo sumo es esperanza consoladora, o directamente falacia ideológica que desplaza hacia el futuro la cicatrización de las heridas del presente. Blanqui declama la negación del progreso. Un fracaso, y este es el punto, que se potencia al existir dentro del tiempo de la repetición eterna. La desolación de la injusticia volverá entonces, siempre, con su desgarramiento, y también la necesidad de combatirla (6). La cosmología especulativa del "encerrado" entonces habla no sólo de los procesos del universo sino también sobre la más tensa actualidad política. Le sirve a Blanqui para fundamentar la amargura escéptica ante el mundo. Y para abrir el pensamiento a la realidad más amplia. La apertura desde la herida política del presente histórico hacia lo infinito para buscar una salida. Una huida o evasión. Pero no la evasión como impotente fuga del mal; por el contrario, una evasión o huida positiva. Como dice Maurice Blanchot: "El coraje reside en aceptar huir, más que vivir quieta e hipócritamente en falsos refugios" (7).

Y podría parecer que Blanqui se asoma al conocimiento de lo que no se sabe. Pero no cae en el peligro de saber lo que no se sabe. Porque sabe que sólo en otros globos existen cerebros capaces de comprender tal vez los diamantes más reales de la verdad. Cuando el saber se sabe especulación o conjetura, se autopercibe como verdad débil. O como ficción.

 

III

 

Y la conciencia de la ficcionalidad de todo saber fluye en Borges. En la Historia de la eternidad, Borges recuerda al "encerrado" luego de aludir a la creencia en el retorno eterno del autor de Así hablaba Zaratustra:

"El segundo -concepto del eterno retorno- está vinculado a la gloria de Nietzsche, su más patético inventor o divulgador. Un principio algebraico lo justifica: la observación de que un número n de objetos- átomos en la hipótesis de Le Bon, fuerzas en la de Nietzsche, cuerpos simples en la del comunista Blanqui- es incapaz de un número infinito de variaciones. De las tres doctrinas que he enumerado, la mejor razonada y la más compleja, es la de Blanqui. Éste, como Demócrito, abarrota de mundos facsimilares y de mundos disímiles no sólo el tiempo sino el interminable espacio también. Su libro hermosamente se titula L´Eternité par les astres" (8).

Borges es continua alerta que esquiva las trampas que hacen caer en el peligro ya consumado de saber lo que no se sabe.

Borges es pródigo en su concesión de entrevistas; una generosa entrega a la palabra compartida en el diálogo. Su interlocutor tal vez más asiduo es Osvaldo Ferrari. En uno de sus intercambios de preguntas y respuestas, Borges expresa que toda literatura es fantástica. La literatura realista es una convención, porque también es ficción. El periodismo, por su parte, pretende emplazarse en un realismo ejemplar. Los diarios versan supuestamente sobre la realidad fuerte o claramente contrastable respecto a lo fantástico o ficcional. Pero esto es nuevamente una convención arbitraria (9).

La condición ficcional de todo tipo de literatura puede extenderse también, más allá del periodismo, a la ciencia, la filosofía o la religión. Para el escritor de El aleph, las filosofías, las doctrinas científicas o religiosas sólo tienen un valor estético. Su verdadero brillo es agregar belleza al mundo, no capturar la verdad última de la vida. Toda metafísica es herida y límite, no conquista del oro más vivo.

Desde el relato literario o el ensayo Borges rastrea puntos de ruptura en la superficie de la razón. El escritor invita al lector a ser espectador del borboteo de lo incontrolable e irracional. Lo que aflora así es la expresión patética de la realidad del no saber. Patetismo que puede adquirir, por ejemplo, la figura de un tigre en movimiento, de un felino del Asia que se trasforma, por vías desconocidas, en animal de nuevos colores: en tigres con el color del mar…

En La memoria de Shakesperare (1983), se incluye el relato Tigres azules. El personaje central se impregna con algunas pasiones personales del propio autor. Como Borges desde niño, le fascinan los tigres. Alexander Craigie, narrador en primera persona, es escocés, profesor de lógica occidental y oriental. Lee la insólita noticia del descubrimiento en un lugar de la India de una nueva especie de felinos, unos tigres azules. Viaja al país del Vedanta y Kipling. Llega hasta una aldea. Allí descubre que los supuestos tigres de color azulino son en realidad piedras con forma de discos que se multiplican o engendran. Las piedras y las grietas lo ponen en contacto con la sospecha, o el descubrimiento efectivo, de que la irracionalidad es el lechos más abismal y esencial de la vida: "En el fondo, en su esperada grieta, las piedras, que eran también Behemoth o Leviatán, los animales que significaban en la Escritura que el Señor es irracional" (10).

La irracionalidad se desnuda como fondo del ser a través del colapso de la idea de orden que supone las matemáticas. En la antigüedad, la matemática pitagórica no desconoce los cálculos y operaciones con la manipulación de piedras. En ese regreso a la raíz física del cálculo matemático, mediante la adición de piedras que se engendran, Craigie descubre la incapacidad de lo matemático para fundamentar un orden racional que puede a su vez ser la base de una escritura racional del universo. Estas fisuras surgen ya en la historia de las matemáticas, con el número irracional pi en Pitágoras, los números transfinitos de Cantor, o el teorema de Godel. Craigie no puede encontrar una ley detrás de los números que entregan la multiplicación de las piedras:

"…Contaba con los ojos las piezas y anotaba la cifra. Luego las dividía en dos puñados que arrojaba sobre la mesa. Contaba las dos cifras, las anotaba y repetía la operación. Inútil fue la búsqueda de un orden, de un dibujo secreto en las rotaciones. (…) Las piedras se negaban a la aritmética y al cálculo de probabilidades. Cuarenta discos podían, divididos, dar nueve; los nueve, divididos a su vez, podían ser trescientos. (…) Al término de un mes comprendí que el caos era inextricable." (11).

Las cifras ya no son estables. No hay orden matemático. Todo es caos. No hay ley humana que pueda comprender ese caos.

Blanqui antes quiso saber desde un arrebato especulativo la ley primaria del tiempo. Descubre entonces la repetición eterna. Y la bifurcación infinita de cada hecho en los mundos duplicados sin fin. El "encerrado" piensa el universo desde una cosmología unificadora, construida sobre unas mismas leyes. El universo es múltiple, fecundo, diverso. Pero un equivalente de la vida inteligente puede existir en lo recóndito. Acaso muchas civilizaciones se ocultan en la distancia cósmica. Posibles seres inteligentes de otras esferas planetarias quizá penetran con más lucidez sapiencial en la dinámica del ser. Pero en el hombre el saber posible se fuga hacia el no saber irreductible.

En Borges, la intuición de lo incognoscible, de lo que quiebra el deseo de saber, acontece también en el universo-biblioteca de La biblioteca de Babel. El universo no es ahora lo contenido por una cosmología especulativa, sino por una escritura universal.

La biblioteca borgeana (Biblioteca Total porque equivale al universo y contiene todos los libros posibles), se compone de galerías hexagonales (12). Su naturaleza no es clara, o inmediata. Para algunos, los idealistas, es una intuición a priori del espacio absoluto; parta los místicos es un gran libro circular infinito. Pero todos aceptan el axioma de que la biblioteca es eterna y divina. Y también es imposible ignorar el hecho de "la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros". En los libros se esparcen sucesiones caóticas de letras. ¿Late un posible orden escondido detrás de los signos confusos? La ausencia de la respuesta directa permite y exige distintas interpretaciones y supersticiones, que entran en colisión. Y para algunos existe "el Hombre del Libro". En un hexágono existe un libro que ordena o da sentido a todos los demás. Un bibliotecario lo ha encontrado, lo ha leído. Ese lector es equivalente a un dios.

Pero aunque todas las creencias humanas sean equivocadas, o aunque la humanidad al fin desaparezca, lo seguro es que "la Biblioteca perdurará; iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta". El hombre puede desaparecer. Pero aun así continuaría el enigma de la existencia de un orden o de un puro caos como sustento de la biblioteca-universo. Para despejar esta incógnita, el narrador propone entonces una solución elegante, pero también desesperada y tal vez engañosa:

"La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza". (13)

Al final, un viajero universal que recorre el espacio infinito, que es libro y escritura, quizá podría descubrir el sentido que unifique los signos en apariencia caóticos. Pero el descubrimiento del orden que justifique el universo es parte de una espera, una expectativa. Una fe. Una creencia optimista. Nunca una seguridad inconmovible; nunca el destello de un saber completo. Sin astillas de no saber.

En Blanqui la aceptación de la frontera infranqueable, de lo incognoscible insuperable es la postulación de los cerebros inteligentes superiores en otras regiones del cosmos. Por eso, afirma:

"Por cierto, el universo infinito es incomprensible, pero el universo limitado es absurdo. Esta certeza absoluta de lo infinito del mundo, unida a su incomprensibilidad, constituye una de las más crispantes molestias que atormentan al espíritu humano. Existe, sin duda, en alguna parte, en los globos errantes, cerebros lo bastante vigorosos como para comprender el enigma impenetrable al nuestro. Es preciso que nuestros celos hagan su duelo" (14).

En Borges, por su parte, la presentación de lo no cognoscible se reviste con muchos ropajes. Pero aquí hemos elegido recordar dos formas en particular del escape de la trampa de la pretensión de saber lo que siempre es a lo sumo sospecha, o creencia. Pero no conocimiento verificable. Estas dos formas son la profusión de los números imprevisibles; el caos de una matemática aleatoria, y no controlable o previsible por ningún saber; y el misterio del orden último del universo-escritura, sólo disipable por un acto de fe, no de sapiencia asegurada.

Asumir el saber como ficción, sueño o especulación no es negar la legitimidad de los saberes de la erudición, de la reflexión filosófica, o las ciencias en su doble faz de generación de hipótesis y verificación, y de aplicación técnica. El saber es legítimo cuando asume sus limitaciones fuera de las retóricas que siempre dicen aceptar el carácter incompleto de un saber determinado. Bajo presión, la cosmología contemporánea acepta que el Big Bang es en definitiva una teoría; sin embargo el prestigio del saber científico hace que, en la práctica, la gran explosión sea internalizada como descripción de una realidad ya conocida; bajo presión, los evolucionistas puede reconocer que su descripción del mundo biológico es alta probabilidad pero no certeza apodíctica. Sin embargo, la interpretación evolucionista del origen y desarrollo de la vida orgánica es "consumida" como ley. Los poderes racionales de muchas filosofías reconocen el límite de la propia razón; principalmente cuando la filosofía en cuestión es irracionalista o abierta a un ser no racional. Pero esto no asegura una real apertura a lo incognoscible como atributo de la vida y no sólo como concepto de lo no cognoscible.

Evitar la trampa de vivir en la creencia de saber lo que no se sabe es ejercicio de la observación repetida del límite. Nuestro límite. Sin olvido. Sin engaño. Sólo así, tal vez, el peligro de un falso saber deje de agazaparse en nuestra mirada.

 

(*) Fuente: Esteban Ierardo, "El saber, el no saber y el peligro. Incitaciones al pensar desde Borges y Blanqui", versión escrita de la ponencia pronunciada en el Seminario Central, Die Gefahr, de la Fundación Centro Psicoanalítico Argentino, en octubre del año 2009.

 

Citas:

(1) Existe en castellano una valiosa edición de La eternidad por los astros (L´Eternité par les astres), de editorial Colihue, de Buenos Aires, con prefacio de Jacques Ranciére, y posfacio de Miguel Abensour, y Valentín Pelosse. También incluye los "Apuntes sobre Louis Auguste Blanqui para el proyecto de los Pasajes de París", y "París, capital del siglo XX. Versión de 1839. Introducción y conclusión" de Walter Benjamín. La traducción del ensayo de Blanqui es de Margarita Martínez.

(2) La Comuna de París es un movimiento de autogobierno de la comuna parisina en 1871, que se enfrenta al gobierno encabezado por el político conservador Thiers. En 1870, Francia se halla inmersa en la guerra con la Prusia de Bismark. El ejército galo es derrotado en Sedan. Francia presenta su rendición, mientras la capital francesa es sitiada por los prusianos. La deposición de las armas es interpretada por el proletariado como una traición. La Comuna se apropia entonces de las armas de los arsenales. Se prepara la resistencia. En el interior de Francia la actitud del pueblo parisino no tiene resonancia. Mientras tanto, y atemorizados por el peligro de rebelión del proletariado, la clase dirigente (integrada por monárquicos y republicanos burgueses) acuerda un gobierno conjunto que pacta un armisticio con Prusia. La capital se traslada a Versalles, para eludir la agitación contestataria de París. En las elecciones nacionales de febrero de 1871 los monárquicos y conservadores son mayoría. El nuevo gobierno decide la contrarrevolución, la represión de la Comuna independiente de París. El oficialismo pacta con Bismark la liberación de los prisioneros de guerra a fin de utilizarlos en el sometimiento de la ciudad luz. La comuna parisina no se amilana. La Guardia Nacional la apoya, y se evalúa la oportunidad de tomar por asalto Versalles. Pero se opta por la cautela, el respecto al Banco Nacional de Francia, la propiedad privada, el derecho de libre circulación de personas, incluso de los grupos conservadores enemigos de la Comuna.

El 26 de marzo de 1871, luego de las elecciones libres, se proclama oficialmente la Comuna de París. En la elección participan una variedad de posiciones políticas vinculadas con un ideario socialista, anarquista, blanquista, proudonista; e incluye también a algunos representantes de los barrios burgueses que después recularán. El 21 de mayo de 1871 un ejército de alrededor 180.000 hombres invade París. Se inicia una cruenta lucha calle por calle. La Comuna se defiende mediante el sistema de las barricadas. Sostienen rifles y bayonetas por igual hombres y mujeres. La desigualdad en la preparación militar y de recursos impone de antemano el fracaso de la Comuna. El 28 de mayo, es tomada la última barricada defendida por un solo hombre luego de la muerte de los otros defensores. En la misma Francia que alguna vez derribó el Antiguo Régimen no se duda en la masacre y el fusilamiento sumario. Caen fusilados sin distinción hombres, mujeres y niños. Como en la peor época de la caza de brujas, una denuncia sin fundamento probado sirve para decretar la muerte en el paredón. Algunas fuentes hablan de 30.000 comuneros fusilados. Unas 40.000 personas son enviadas a colonias, encerradas en lo que tal vez sea el comienzo del sistema de los ominosos campos de concentración, luego proseguidos, en el siglo XIX, por los ingleses en lucha con los bóers en Sudáfrica. Muchos mueren por enfermedades o por los efectos de los trabajos forzados. El brote socialista, que para algunos tiene como principal norte orientador a Blanqui, es así salvajemente cegado. Marx y Engels, celebran la Comuna, pero estiman que aún no habían madurado las variables sociales, históricas y económicas para una revolución socialista, tal vez definitiva. También critican la moderación del movimiento, y su exceso de orientaciones ideológicas, lo que provocó que la Comuna no tuviera una capacidad de respuesta rápida y efectiva ante la contingencia.

(3) El que cada hecho en el fluido del tiempo se bifurque en todas sus variantes hace recordar, inevitablemente, a El Jardín de los senderos que se bifurcan, en el volumen Ficciones, de Jorge Luís Borges. Aquí se imagina que cada hecho se bifurca en infinitas series temporales paralelas por lo que cada hecho resuena o se desdobla en todas sus bifurcaciones posibles en "un jardín de los senderos que se bifurcan", que no es otra cosa que la entraña esencial y secreta del tiempo.

(4) L. Auguste Blanqui, La eternidad por los astros, Buenos Aires, Colihue, 2002, p. 94.

(5) Sobre el vínculo entre Nietzsche y Blanqui, Montinari observa:

 

en Máximo Montinari, Nietzsche. Los hombres de la historia, CEAL, 1978 (trad. Oberdan Caletti).

(6) En cuanto a la reticencia de Blanqui sobre la idea de progreso, Benjamín afirma: "En La eternidad por los astros, Blanqui no manifiesta antipatía hacia la creencia en el progreso. No obstante, entre líneas, acumula desprecio por la idea. De esto no se debería necesariamente concluir que él traicionaba su credo político. La actividad de un revolucionario profesional como Blanqui no presupone de ningún modo fe en el progreso; presupone solamente la decisión de erradicar la injusticia social", en W. Benjamín, "Apuntes sobre Louis Auguste Blanqui", incluido en A. Blanqui, La eternidad por los astros, op. cit., p. 180.

(7) Maurice Blanchot, La amistad, citado en A. Blanqui, La eternidad por los astros, op. cit., en "Posfacio: Liberar al encerrado", de Miguel Abensour y Valentín Pelosse.

(8) Jorge Luís Borges, Historia de la eternidad, en Obras completas, v.I, Buenos Aires, Emecé, pp.393-394.

(9) "…yo diría que toda literatura es esencialmente fantástica; que la idea de la literatura realista es falsa, ya que el lector sabe que lo que se está contando es una ficción. Y además, la literatura empieza por lo fantástico, o, como dijo Paul Valery, el género más antiguo de la literatura es la cosmogonía, que vendría a ser lo mismo. Es decir, la idea de literatura realista quizá date de la novela picaresca, y haya sido una invención funesta, porque -sobre todo en este continente- todo el mundo se ha dedicado...a una novela de costumbres, que vendría a ser un poco descendiente de la novela picaresca. O si no los ‘alegatos sociales’, que también son una forma de realismo. (…) Yo diría que la literatura fantástica es parte de la realidad. Ya que la realidad tiene que abarcar todo. Es absurdo suponer que ese todo es lo que muestran a la mañana los diarios", Jorge Luís Borges, Osvaldo Ferrari, Diálogos, Barcelona, Seix Barral, 1992, pp-108-109.

(10) J. L. Borges, "Tigres azules", en La memoria de Shakespeare, en J. L. Borges, Obras completas, v.III, Buenos Aires, Emecé, p.386.

(11) Ibid., p.387.

(12) La imaginación del universo como una Biblioteca Total le viene a Borges de Kurd Lasswitz en su volumen de relatos fantásticos Traumkristalle. Luego de mencionar un antecedente del desplazamiento del lenguaje corriente a un sistema de combinaciones, en un artículo de Sur de agosto de 1939, Borges afirma: "…llega Kurd Lasswitz a veinticinco símbolos suficientes (veintidós letras, el espacio, el punto, la coma) cuyas variaciones con repetición abarcan todo lo que es dable expresar: todas las lenguas. El conjunto de tales variaciones, integraría una Biblioteca Total, de tamaño astronómico", en J. L. Borges, La Biblioteca Total, en Borges en Sur (1931-1980), Buenos Aires, Emecé, p. 26. Pero también no es imposible negar, a nuestro entender, la influencia en la generación de la idea de La biblioteca de Babel de la actividad recurrente de Borges como bibliotecario. Su elemento más cotidiano y repetido, la biblioteca y el libro, se trasforman, por las vías de la literatura fantástica, en metáfora del universo desmedido y misterioso.

(13) J. L. Borges, La Biblioteca de Babel, en Ficciones, en Obras completas, v. II, Buenos Aires, Emecé, p.471.

(14) L. Auguste Blanqui, La eternidad por los astros, op.cit., p. 30.