La elegía de Pan, por Esteban Ierardo

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El dios Pan es dios de las fuerzas instintivas y del placer erótico. Su medio natural es lo selvático, la naturaleza exuberante. Toca la música de flauta, persigue a las ninfas, ahuyenta con un grito feroz, generador de pánico, a quienes lo despiertan en su siesta. Pan es protector de las potencias del eros. Los principales significados filosóficos del mito de Pan se vinculan con las potencias del arte, el instinto y el erotismo. En el ensayo que sigue a continuación desplegamos diversas aproximaciones especulativas sobre Pan y su reino de la vida exuberante.



LA ELEGÍA DE PAN (*)


Reflexiones sobre la ausencia y evocación del eros


Por Esteban Ierardo

I

Los cañaverales se estremecían. Las manos de un dios de Arcadia acariciaban las plantas que se inclinaban. El dios perseguía una ninfa. La ninfa perseguida se trasformó en la planta de caña. De la planta Pan construyó su flauta. Su medio para embelesarse con la música. Antes era el goce inmediato, que ahora es postergado, su destino se ha transformado; antes era la ninfa deseada, ahora es la música placentera como vía sublimatoria. Quizá un comienzo de la ausencia del reino libre y puro de eros. Pero la ausencia en el dios convive todavía con la cotidiana compenetración con un universo erotizado. Eros no ha perdido todavía su libertad. Integra los seres y las formas en el anillo del mundo. Eros como poder de unir e intensificar las potencias de lo que vive, de lo que es presencia múltiple (de los elementos, el cielo, la tierra, las plantas, animales y el hombre).

Y aquel que, como Pan, experimente y celebre la presencia múltiple atravesada por eros, entra en el espacio del placer como rasgo de una ética vital, de un estar en un ethos como morada donde la vida goza en la renovación por las nuevas circulaciones de lo placentero.

La imaginación mitológica recuerda la posible muerte del dios del reino salvaje y fértil. Desde las arenas desacralizadas de lo moderno, ultramoderno, posmoderno o posthistórico, sólo son audibles voces de elegía, un canto fúnebre del antiguo dios, símbolo del devenir de un deseo erótico orientado hacia la intensificación vital.

En el Occidente traspasado de cristianismo, lo erótico, inseparable de la corporalidad y lo sensorial, ingresa en la penumbra de la negación y la represión. La modernidad, a su vez, gobernada por el dragón del egoísmo como valor absoluto del capital contribuye también al silenciamiento de la fuerza celebrada por el viejo dios de Arcadia. En el reinado de las negaciones y sublimaciones de lo erótico arcádico quizá la respuesta más real, fuera de las continuas teorizaciones o historias del eros, sea lo que en este ensayo llamaremos la acción de la evocación erótica. Un tipo de acción erotizante a la que llegaremos luego de atravesar la historia y anatomía míticas de Pan y de explorar, libre y especulativamente, algunos rincones posibles de su riqueza simbólica. Finalmente, las acciones de la evocación erótica, en la ausencia del reino de Pan, es una construcción posible, aunque siempre signada por la discontinuidad, la brevedad, el paso fugaz de un rayo. Un fulgor que brilla y se desvanece, aunque el estremecimiento que el Dios eros impulsa sea continuo.

II

Pan. Dios protector de la naturaleza salvaje. Venerado por los pastores en Arcadia. Potencia sexual masculina desenfrenada. Su presencia se aspira en las brisas del amanecer y el atardecer. Vive en una gruta del Parnaso. A veces, participa del cortejo de Dioniso.

Las genealogías que explican su origen son múltiples, como suele acontecer con los dioses del panteón olímpico, o de otras mitologías. Dos de las más difundidas narran su nacimiento y el origen de su nombre. Para la primera de ellas, Hermes se une con la hija de Dríope. Luego de nacer de su madre mítica, ésta se espanta de su carácter extraño; monstruoso (en tanto único o excepcional). Su padre lo envuelve en piel de liebre y lo conduce hasta la morada del dios olímpico. Pan es presentado a las deidades precedidas por Zeus. Causa placer a todos los dioses. Es entonces Pan (todo), "el que agrada a todos".

Según la segunda genealogía importante, su madre era Penélope. La mujer que tejía en la isla de Itaca mientras espera el retorno de su esposo Ulises. En este acorde de la narración mitológica, la esposa del inventor del caballo de Troya no es dechado de fidelidad. Por el contrario, no inhibe el goce poligámico. Penélope compartió la intimidad con muchos pretendientes. Pan es así hijo de la mujer de la supuesta espera fiel. Por eso es "el hijo de todos".

Sea cual sea su progenie, siempre muestre su anatomía arquetípica: sus piernas de macho cabrío; pezuñas hendidas rematan sus pies. Dos cuernos se abren en su frente. Su piel: profusamente velluda. Una barbilla rectangular y espesa embadurna su mentón. En sus mejillas se delinean arrugas cercanas a la astucia, lo bestial o lascivo.

Pan es ser híbrido: lo animal y lo humano coyuntados. Como el sátiro Marsias, o el dios Apolo o Dioniso, es músico. Su instrumento emblemático no es la cítara, el tambor o los sonajeros. Como Atenea tiene una flauta. Pero el delgado instrumento de la diosa nacida de la cabeza del Zeus Tronante deforma sus rasgos al liberar sus tañidos. Por eso, la diosa lo arroja lejos. Marsias, sátiro del cortejo de Cibeles en Frigia recoge la flauta. Le arrebata sonidos bellos. Compara la belleza musical de sus composiciones espontáneas con la lira de Apolo. El dios solar lo desafía a un certamen ante el tribunal de las musas. El sátiro es derrotado y desollado.

Pero la flauta de Pan respira otro origen. Pan persigue a la ninfa Siringa. La mujer divina escapa. En su fuga, se convierte en susurrantes cañaverales. Pan acaricia las plantas inclinadas por las caricias del viento. Al dios le complace el rumor de las cañas. Con ellas hace su flauta, la flauta de Pan. O Siringa. Dios musical. Uno de los destinos de la música es crear y donar placer. Pan: divinidad aquí de una sensualidad sonora, que alaba a la vida cuyo nervio no es el logos sino el placer que deviene, la sensación libre del concepto.

Como Artemis, o su versión latina Diana, era rey del bosque y cazador. Cazar es perseguir, acechar, cercar, capturar. Esas dotes Pan las vierte repetidamente en la persecución de ninfas. En una ocasión, persigue a Pitis. Muchas ninfas o mujeres perseguidas se metamorfoseaban en planta (Dafne en laurel, Mirra en el árbol homónimo). Por eso debe conformarse con una rama de pino, que muchas veces ceñía, como recuerdo del deseo frustrado; pero también de su vínculo erótico especial con la ninfa transformada.

Pan, como protector de los rebaños, porta cayado de pastor. Y disfruta del juego de las sorpresas, de lo abrupto y repentino. Asusta en las encrucijadas a los viajeros que atraviesan la selva o el bosque. Protesta si lo despiertan en la siesta, generalmente en las horas calurosas del mediodía.

El dios corre rápido entre los árboles, retoza bajo las sombras; acecha a animales y ninfas; sabe trepar con agilidad en las rocas o disimularse en la maleza; se demora para extraer magia musical de su flauta; goza y grita; duerme y celebra la vida del devenir de los sentidos. Saludaba a los elementos. En el día o la noche, siempre fuera de recintos protectores, de ciudades amuralladas, fuera de límites represivos, el dios renueva su potencia vital y acompaña los ritmos fecundantes de la lluvia, del sol y de su propio semen.

Y transcurre, largamente, su vida en la riqueza rústica, entre plantas húmedas, animales y pastores. Es una llama exaltada.

Pero llega el último día… La agitación final le hace arder el pecho; los pulmones y la garganta se enardecen al estallar en un rugido postrero. El último grito que incendia el aire de la vegetación fértil. Y unos marinos escuchan en el mar unas voces que aseguran "la muerte del Gran Pan". Si el dios de los rebaños y el desenfreno orgiástico ha muerto, entonces comienza el reinado de otro dios, enemigo de las imágenes, de los cuerpos, de la embriaguez. El dios de la cruz, que es uno y tres a la vez...

III

El dios corre entre las rocas y los árboles. Su agilidad y su libertad silvestre se trasforma en figuras mitológicas paralelas; y también su imagen será luego base de la iconografía cristiana del diablo e inspiración de algunos de los rasgos del ángel caído.

El dios arcadio se desdobla en una primera divinidad hermana: el Fauno romano. También dios bienhechor, protector de los rebaños y pastores. Como parte de un proceso de evemerización, Fauno se asimila al dios Evandro (el Hombre bueno). Y también resigna su dignidad divina para convertirse en uno de los primeros reyes del Lacio, cuyo gobierno brilla antes del arribo de troyano Eneas, fundador de la estirpe latina, que con la fundación de Roma será origen de la futura grandeza imperial romana. Pero el dios no desaparece completamente. En los tiempos clásicos, se transmuta en los faunos (fauni) genios de la selva, de las regiones campestres, protector de los pastores. Y como los sátiros griegos, o como el propio Pan, es de naturaleza mixta: hombre y cabra, por mitades iguales. Fauno recibre su culto en la procesión de los Lupercos. Unos jóvenes vestidos de pieles de cabra persiguen a las mujeres para flagelarlas con correas de cuero. La finalidad mágica de este rito es inseminar en ellas el don de la fertilidad concedido por Fauno.

La dupla Pan-Fauno se bifurca todavía en la antigüedad clásica en otra divinidad latina: Silvano. Suele representárselo como un anciano. Pero su naturaleza contradictoria lo hace aparecer desbordante de una fuerza juvenil. Es afín en su culto a los lares, divinidades romanas que protegen encrucijadas y recintos domésticos. Su hogar es la simple libertad de lo campestre o, particularmente, los bosques sagrados, zonas simbólicas de la alteridad salvaje, de un otro mundo, libre de las prohibiciones de la civilización.

Como los dioses olímpicos que se mezclan con los guerreros en combate frente a las murallas de Troya, Silvano interviene, según su célebre leyenda, para despejar las dudas sobre el resultado de una batalla. En Roma, el poder de los Tarquinos, de origen etrusco, se desmorona. Los hechos deben dirimirse por las armas. La batalla es feroz. Es difícil distinguir a un vencedor. Entonces se propaga una voz que afirma que los romanos son los vencedores porque, entre los etruscos, hay un guerrero muerto más. Los hombres de Etruria sobrevivientes abandonan su campamento. En el recuento de los muertos lo revelado por la voz de Silvano es confirmado.

Fauno y Silvano trazan un círculo de equivalencias con el dios arcadio. Pero Pan continúa en Occidente también a través de la negación, o de su equiparación, con lo demoníaco en el reino medieval del Dios cristiano. Lucifer se rebela primero en el cielo contra el único dios. En la batalla contra el ejército del Arcángel Miguel y los ángeles sumisos a Yavé, el ángel más bello, luminoso y sabio es vencido. Lucifer es expulsado del cielo. La tierra, también patria del hombre caído, es su reino. Es el tentador, el astuto, el seductor, el que incita al mal; es decir el que promueve el goce sexual desenfrenado, la fascinación por lo salvaje, por la naturaleza en la calidez del mediodía, o por los misterios de la medianoche y la luna.

Y, muchas veces, el Satanás intrigante y manipulador muestra cuernos, pies hendidos. Es especialmente peludo. El diablo cristiano revive la fisonomía del viejo Pan. Lucifer puede mutarse en diversos animales. El carnero es su metamorfosis preferida. Pero también en la tradición demonológica cristiana, Satán puede mutarse en lobo, perro, asno, cerdo, gallo, liebre, caballo, toro, gato. Y, a veces, claro, en serpiente. Un espectro de animales que, todos ellos, remiten a la fertilidad, y por ende a la potencia sexual. Lo fertilizante de la naturaleza salvaje, la sexualidad sin inhibiciones ni culpa, siempre constituyen para el cristiano amenazas, estigmas del mal. El diablo debe entonces, necesariamente, portar actitudes y propiedades que lo asocian con el paganismo hedónico, con la exaltación de la sensualidad. Satán se apropia entonces de la animalidad, lo fértil y salvaje de Pan. Así, en la ecuación Satán-Pan resuena la celebración de la sensualidad en la época pagana, y la lucha contra los peligros de esa sensualidad bajo el imperium de la fe cristiana.

IV

Las rocas están quietas. La hierba y el musgo también. Pero ya las copas de los árboles murmuran cuando llega la tormenta. Con su sonrisa maliciosa, cubierto de pelos y barba, Pan corre entre las rocas. Celebra algo. Permanece quieto. En su rostro discurren las gotas de la lluvia, con la fragancia de la humedad y la hierba. Después, las nubes se alejan. El sol resurge. El cielo, lentamente, arde con nuevos brillos de zafiros. Pan entonces recuerda a las tres ninfas. Las olfatea, saborea… presiente su presencia en una fuente, más rumorosa por la nueva agua del cielo recién caída. Y corre hacia ellas. Esta vez, su habilidad de acechador no fracasa. Las mujeres míticas, esta vez, no son la negación. No huyen. También quieren la afirmación del placer…

Y el bosque celebrado y protegido por Pan es gobernado por Eros. Su lenguaje de atracciones, deseos y placeres, une lo separado, compenetra lo diferente, sostiene los tejidos donde todo se entrelaza. Y entonces, bajo las llamadas de Eros, Pan y las ninfas juegan… juegan una danza de roces, caricias, besos, mordiscos, el paso de la suavidad a las salvajes penetraciones. Luces y olores vegetales giran en derredor de los cuerpos, abrazados ya por un fuego visible. Pan finalmente exhala su grito de máximo placer. Las ninfas, prolongación de lo exterior, de la naturaleza y el espacio, antes latían en lo lejano, separado, en una distancia de angustia. Ahora, con Pan recrean lo que es en la unidad.

El dios de la naturaleza salvaje es degradado por muchos a grotesca divinidad, al instinto puro y animal; a la obsesión por la gratificación inmediata.

Ahora, camina entre los árboles.

Cerca, el mar habla con las olas.

Por una brisa suave sobre su peluda piel, sabe que todo lo que lo rodea se ha unido aún más…

V

Como todo dios, Pan es símbolo e interrogación. Un primer modo de interpretar a la deidad arcadia nos lleva a repetir interpretaciones obligadas; pero, otras interpretaciones que intentaremos explorar escapan a la visión ortodoxa sobre el vínculo eros-pan.

En términos simbólicos, el dios de la naturaleza salvaje se proyecta hacia las fuentes mismas de la libido, hacia la matriz biológica de lo instintivo. Frente al actual imperio de la desmaterialización progresiva del eros en su reemplazo por lo virtual, Pan remite al eros no escindido de lo corporal. En un primer acercamiento, Pan expresa la sexualidad como primaria imposición instintiva. Es posible, claro, pensar al instinto mismo no como una invariable innata de lo humano sino ella misma como construcción cultural. Cuestión de problematicidad abierta. En nuestro caso, optamos por pensar que lo biológico es profundamente atravesado por una síntesis entre lo innato y lo adquirido. Pero, en esta relación, siempre sobrevive un residuo de precedencia biológica, corporal y sensorial que, aunque la explicación racional lo pretenda, no es penetrable por el análisis intelectual. Ese residuo permanece como núcleo de oscuridad impenetrable como lo sugiere en su Nacimiento de la clínica, el Foucault de su etapa arqueológica.

Desde una oscuridad intraspasable, precedente y biológica, estalla en Pan la exigencia del instinto. Pan revive así primero el misterio del instinto y la biología. El instinto sólo quiere la repetición; repetición del placer. Pero luego lo instintivo se transforma en deseo. Deseo que circula por varias vías posibles hacia la satisfacción. La variación o alquimia de los modos de satisfacción del deseo es ya sublimación. Sublimación como gratificación sustitutiva de lo exigido por el instinto más primario. La mutabilidad o polimorfismo que trae la sublimación es ineludible para el acceso a la civilización, como insiste Freud. Pan también es sublimación (aunque no en sí misma represiva). Su deseo elige a las ninfas. En dos casos, el de Siringa y Pitis (como vimos en la recreación de su mito) debe renunciar a la gratificación inmediata y acceder a una sublimación o satisfacción sustitutiva representada por la flauta y la corona de pino; dos formas vinculadas con el arte, el arte de los sonidos en un caso, y el arte como juego del adorno en otro.

Así, detrás de las primeras apariencias, en el reino de Pan la vida erótica ya convive con la sublimación. Pero nunca admite su sustitución por la idealidad de un eros pensado. El eros es fuerza que nace desde la precedencia del cuerpo y se vierte hacia los otros cuerpos, y hacia la presencia múltiple de la naturaleza. Es estado sensorial (no reductible entonces a lo puramente intelectual) que estimula en el sujeto una placentera salida de sí para percibirse dentro de la materialidad sensible del mundo.

El eros da alas como lo pensaba Platón. En el Symposium, el eros o amor asciende hacia la idea de la Belleza en Sí; y lo hace en principio desde la contemplación de los cuerpos visibles y bellos. Pero la primera valoración de lo corpóreo termina por ser "superada" o negada en beneficio de lo bello intelectual. Bajo la influencia simbólica de Pan, en cambio, el pensamiento nunca deja de pensar desde el encuentro con el otro cuerpo, y desde "el goce elemental de la lluvia" (según una inspirada expresión poética de Borges); es decir: desde una expansión o apertura constante hacia el mundo sensible, como fuente de pasiones, placeres e intensificaciones del sentimiento vital.

En este abrirse constante hacia la amplitud del mundo sensorial, como fuente de placer y pertenencia, Pan es aliado de Eros. El eros como fuerza que todo lo integra y traspasa (como lo manifiesta Erixímaco en el ya mencionado Symposium platónico; o en Empédocles, como impulso que asegura la atracción erótica de este mundo visible, de modo que el sujeto no se encierre sólo en abstracciones o representaciones en las que el mundo empírico como tal se desvanece en beneficio de una idea de naturaleza o totalidad. Pan, movido por la fuerza erotizante, así se desborda, rebasa y expande hacia la realidad física amplia, como a su manera también lo hacen, desde sus simbolismos particulares, Orfeo o Narciso.

Pero Pan es dios que muere. El eros de su reino, su intensificación del placer, su expansión placentera hacia el mundo es, entre nosotros, ausencia. Y entonces, entre nosotros, aunque sea una paradoja, parte de su reino vuelve no como afirmación sino como negación del placer. La estirpe de Pan no vuelve ya como goce sino como el pánico de un dios generador de terror…

El dios gustaba provocar estallidos de terror en los viajeros de las regiones salvajes, o en quienes cometían la imprudencia de despertarlo durante sus siestas. En una explicación naturalista, el pánico del dios podría ser el efecto mitificado del temor de los animales y rebaños ante los rayos de tormenta.

Etimológicamente, deima panikón es el miedo causado por Pan. La palabra abreviada griega es panikós, y en latín panicus. El pánico es una forma particular de emoción extrema. Su intensidad dolorosa lo acerca al terror que, en su punto extremo, destruye todo residuo de racionalidad. El sentido más visceral de emoción terrorífica es meditada por un gran cultor de la literatura de terror: Lovecraft. Y uno de los miembros del círculo lovecraftiano, Arthur Machen, escribe el relato El gran pan.

El terror de Pan resurge en la modernidad del hiperestress. Los ataques de pánico saturan las consultas psiquiátricas o hacen proliferar los textos especializados. La inminencia de un gran peligro acechante pero indefinido, domina este ya muy extendido síndrome contemporáneo. No es nuestro interés aquí sondear sus meandros específicamente psiquiátricos o psico-sociales. Sólo deseamos extraer una idea: en la desacralizada cultura contemporánea el sobresalto desesperante del panic atack devuelve al sujeto a una experiencia de lo real como reino alógico y emocional. El pánico impone lo real como emoción sin instancias de alivio o explicación conceptual o racional.

La sacralidad de la siesta del dios también debería estimular una meditación interpretativa. Pan repetía con la obsesión de un rito sagrado la siesta del mediodía. La celebración del reposo como efecto benéfico del descanso es sólo, obviamente, el borde del tapiz. El dormir diurno como segundo dormitar es prolongación dentro del día de las fuerzas latentes que el sueño conserva, o eventualmente libera. El a-costarse repetido del dios como reposo y sueño es un volver a la costa de lo inconciente. Buena parte del día Pan se consagra a la cacería, la música o la persecución erótica. La siesta es el momento de nocturnidad de su día; es el momento donde reina el sueño nocturno; allí nada puede ser perseguido, porque el sujeto conciente desaparece y los contenidos de la mente individual, o de un presunto espíritu divino y universal, se muestran según su propia lógica de un darse, de un acontecer. En la siesta de Pan, así pensada, se agazapa una pasividad receptiva, una espera sin fin u objeto; estado en el que podrían surgir imágenes simbólicas inconcientes que, con su propio lenguaje indirecto, expresan una tendencia de reincorporación de la mente al todo en el que circulan fuerzas que, por mucho, exceden la conciencia individual.

Pero al regresar hacia Pan como símbolo de las fuerzas expansivas y re-ligantes del eros, podemos volver también hacia la ya mentada imposibilidad del eros como devenir libre. Cierto tipo de sublimación (la represiva) es conspiración contra la pura felicidad instintiva, como Freud (nuevamente) lo destaca con la suficiente agudeza. El primario instinto sexual y sus formas de la sublimación (con una ineludible marca de represión) son indispensables para la arquitectura de la civilización. Pero la cuestión es el grado y naturaleza de esa represión de las energías instintivas que el eros convierte en fuerza renovada de expansión placentera; o la cuestión es la posibilidad, como intenta pensar Marcuse en Eros y civilización de una sublimación no represiva que recupere la potencia perdida del eros.

Aquí puede hallarse una clave, en modo alguno la única posible, para re-pensar la filosofía de la historia en tanto revelación del centro organizador de las civilizaciones. El complejo conflicto entre civilización pagana y civilización cristiana es inseparable de una guerra de miradas sobre la naturaleza e importancia del eros. Lo pagano promueve la fuerza de salida hacia un universo celebrado como fuentes de placeres. Pero en las estribaciones paganas, también ya se asoma (como en lo mencionado sobre El Banquete) la sublimación espiritualizante del eros en su condición de fuerza sensible.

El cristianismo continuará la sublimación espiritualizante con nuevas formas (amor al corazón de Cristo, a la virgen Maria, o al modelo ejemplar de la hagiografía, la vida de los santos). El eros, por tanto, sólo es admisible como impulso espiritual sin corporalidad en pos de una iluminación por la gracia. No se trata sólo de que el eros deba ser sublimado, sino también sofocado. Negado. Y toda represión de lo erótico en su mediación sensorial o corporal es ya su sustitución por un erotismo espiritualizado que repudia lo físico, o que sólo lo admite, y con fastidio, como inicio de un impulso espiritual superador.

Como sabemos, hay que cuidarse de las cómodas tendencias de la explicación reduccionista. Y la imagen de un cristianismo escindido completamente del llamado de lo erótico y lo sensual es falso. Los monjes finos gustadores de los placeres de la uva y el vino, la deslumbrante hechicería de la luz de los vitrales góticos, o el amor cortés, son posibles formas de de recuperaciones del goce sensorial o del erotismo bajo formas adaptadas al paradigma cristiano vigente.

La sofocación del eros por las sublimaciones de signo principalmente represivo en lo cristiano (y en lo burgués que con tanta brillantez han desnudado Marcuse, Reich o Foucault) patentiza que en el Occidente pos-pagano lo erótico es tendencia a la ausencia. Sólo reaparece de forma excepcional. En la vida real del Occidente continuo, el eros es lo discontinuo, lo extra-ordinario.

En la realidad de la vida práctica, al sujeto tocado por el llamado del eros sólo le queda momentos de evocación, prácticas de irrupción breve del eros desde su precedente ausencia. Las acciones de la evocación erótica son lo único que quizá acerca al eros ausente, para experimentarlo; pero sólo a condición de luego perderlo.

Actos de evocación erótica: el placer ante la amplitud del mundo visible; el goce en el encuentro de los cuerpos cultivado como acto estético y no sólo como anhelo de placer genital. La evocación erótica puede surgir también por la fascinación ante el misterio (olvidado) de la vida, o por las distintas expresiones de vitalidad de la naturaleza o las culturas. Muchas veces, los efectos de esta actitud erotizante se transforman en arte, o en la necesidad de una expresión artística.

Pero, seguramente, la acción más poderosa que evoca el eros de la ausencia será siempre el encuentro de los cuerpos. El eros que se enciende en los cuerpos por la atracción física, pero más significativamente, por la afectividad, por la química enigmática que atrae a las personalidades.

En la activa evocación erótica, el sujeto se acerca a la pureza etimológica del término: se convierte en "sujetado", pero ya no por la repetición atávica de la represión, o las alianzas con tánatos (el tánatos del capitalismo o de la cruz). El sujeto del erotismo evocado es ahora sujetado por una fuerza trasformadora, no por una norma sin sensación, o por el amor físico limitado al desahogo instintivo, o la afirmación psicológica del propio ego de un individuo que busca percibirse como seductor o victorioso en "cacerías" sexuales. Ahora, la evocación erótica es acción por la que ambos amantes recomponen la sexualidad sobreabundante y desinhibida de Pan. En la evocación de eros el sujeto se hace disponible para ser su-jetado, ligado, succionado, absorbido por un breve perderse, por un fugaz reencuentro con la vida como universalidad intensa.

Estos encuentros (re-encuentros) siempre son prisioneros de la discontinuidad, la cruel brevedad de una fulguración entre la hierba mutilada. Pero aun así, la brevedad de la evocación es el recuerdo sensible del eros como fuerza expansiva real y no sólo como idea o discurso, u objeto único de la sublimación represiva.

A Pan sólo le corresponde la elegía, el canto de lo perdido. Pero el eros simbolizado por su reino continúa fluyendo entre los cuerpos y la naturaleza, como fuerza disponible.

Así, en la evocación erotizante, la piel de los seres son las serpientes que se entrelazan. No para la sofocación. Sino para participar de un ancestral poder transformador. (*)

(*) Fuente: Esteban Ierardo, "La elegía del Pan. Reflexiones sobre la ausencia y evocación del eros", febrero 2009, editado aquí de manera original.