El viajero John Muir y las auroras en Alaska

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Foto de David Fritts de una aurora en el cielo de Alaska.     En sus Viajes por Alaska, John Muir (1838-1914) relata sus exploraciones a través de territorios vírgenes y agrestes. Muir fue explorador, geólogo, botánico. Exploró las islas, ríos y glaciales del área de Wrangell. Compartió largos trayectos de canoa con los indios Stickeen, quienes lo nombraron miembro honorario de su tribu. John Muir fue también hábil escritor. En este momento de Viajeros y exploradores de Temakel, rescataremos un tramo de los Viajes por Alaska, donde mediante su sagacidad literaria, Muir manifiesta la fascinación ante las auroras en el cielo nocturno de Alaska. Frente a uno de aquellos caminos de luz, Muir asegura que "tenía la forma y las proporciones del arco iris, con una arcada de ocho kilómetros de ancho, y era tan brillante, hermosa, sólida y homogénea en todas sus partes, que yo imaginé que se necesitaría recoger todas las estrellas juntas, mezclarlas y fundirlas en un taller celestial de laminaje, para obtener aquel resplandeciente y colosal puente blanco". Recordamos este instante del explorador deslumbrado ante las auroras, porque en esta actitud, el hombre se religa con una fuerza bella y extraña.

 

E.I

 

 

VIAJES POR ALASKA
Por John Muir

   Chapoteando y empujando a derecha e izquierda, descubrí finalmente una obertura entre los témpanos, escarpada y amurallada, de alrededor de un metro y medio de ancho y sesenta metros de largo, aparentemente formada por la partición dc un enorme iceberg. Dudé en adentrarme por aquel pasadizo, por temor a que el más leve cambio del nivel de la corriente pudiese cerrarlo, pero me aventuré pensando que los peligros que pudiesen aguardarme no podrían ser mayores de los que ya había pasado. Cuando ya había recorrido como un tercio del paso, descubrí de repente que aquel llano desfiladero de hielo empezaba  a estrecharse y, con desesperación, me precipité hacia atrás. Justo cuando la punta de la canoa pasaba sin rozar las escarpadas paredes, éstas empezaron a juntarse con un gran crujido. Aterrorizado, volví hacia atrás y, después de una o dos horas de angustia, llegué a la orilla cubierta de rocas y cantos que al principio me había disgustado. Decidí quedarme allí montando guardia
toda la noche o bien encontrar algún sitio por donde, con la fuerza que da la lucha por la supervivencia, pudiese arrastrar la canoa por encima del muro de cantos rodados, la fuera del peligro de los hielos. Hacia la medianoche había conseguido hacerlo y me acosté, incapaz de dormir, pero inmensamente contento.

    Mi lecho eran dos rocas lisas. Mientras yacía allí, doblado y encajado entre sus lados sobresalientes, observando el cielo estrellado sobre la reluciente bahía para distraerme de la incomodidad y el frío, unas magníficas franjas de luz con brillantes colores en prisma surgieron de pronto y desaparecieron velozmente, una tras otra, por el norte del horizonte, de oeste a este y con diligente precipitación; un espectáculo de la aurora como no había contemplado nunca. Hacía tiempo, en Wisconsin, había visto desgarrarse los cielos en unas espléndidas nubes purpúreas del alba, plegadas en formas magníficas, pero aquel esplendor de luz, tan puro, tan brillante, de movilidad tan intensa, no tenía nada que ver con aquellas nubes. Aquellas breves franjas de color, aparentemente a dos grados de latitud, aunque mezcladas y combinadas, parecían poder definirse como las del espectro solar.

    No puedo decir cuánto tiempo se mantuvieron estas alegres y entusiastas guardianas de luz, pues el hechizo hacia perder el sentido del tiempo y la bendita noche daba vueltas con un entusiasmo y júbilo inconmensurables.

     En las primeras horas de la mañana, después de una noche tan inspirada, eché al agua mi canoa sintiéndome capaz de todo, crucé la embocadura del fiordo Hugh Miller y abrí un camino de cinco o seis kilómetros por la costa de la bahía, con la esperanza de alcanzar el glaciar Grand Pacific, enfrente del monte Fairweather. Pero cuanto más proseguía mi avance, la masa de hielo, en lugar de mostrar atractivas vetas aquí y allá, se hacía tan compacta que, en algunas partes de la costa, los témpanos, a la deriva en dirección sur, se empujaban unos a otros fuera del agua por encima del nivel de la marea. Avancé más en dirección norte y la masa de hielo me detuvo abruptamente; entonces tuve que luchar para abrirme paso de vuelta a mi cabaña, esperando tener buena suerte y llegar a ella antes de que oscureciera. Pero a la hora del crepúsculo me encontraba todavía a menos de medio camino del trayecto y, aunque estaba hambriento, me sentí contento de desembarcar en una pequeña isleta rocosa, que tenía una playa llana donde dejar la canoa y una espesura de arbustos alisos donde hacer fuego y poder dormir un poco. Pero poco después del anochecer, mientras hacía todos estos arreglos, ¡he aquí que otra aurora enriquecía los cielos! Y, aunque demostró ser de las más normales, casi sin colorido, impulsando lanzas palpitantes de luz hacia el cenit desde una base de oscuridad y, aunque hubiera sido exagerado alimentar esperanzas tras el maravilloso espectáculo de la noche anterior, permanecí despierto observándolo.

    A la tercera noche llegué a mi cabaña y a mi comida. El profesor Reid y su grupo vinieron a verme para comentar el resultado de nuestras excursiones y, cuando el último de los visitantes abría la puerta después de despedirse con un «buenas noches», gritó:
  -Muir, venga a ver esto. Es precioso.

     Corrí hacia fuera, excitado, seguro de que había otra aurora, tan nueva y maravillosa como las franjas coloreadas del arco iris. Era una resplandeciente curva de plata que se extendía por encima de la cala Muir; en un majestuoso arco justo debajo del cenit, o un poco hacia el sur, con sus extremos descansando en la cima de la cordillera montañosa. Y, aunque no tenía color y permanecía inmóvil, su blanco resplandor, profundo e intenso, sus nobles proporciones y la pureza de su brillo producían una ilimitada admiración. Tenía la forma y las proporciones del arco iris, con una arcada de ocho kilómetros de ancho, y era tan brillante, hermosa, sólida y homogénea en todas sus partes, que yo imaginé que se necesitaría recoger todas las estrellas juntas, mezclarlas y fundirlas en un taller celestial de laminaje, para obtener aquel resplandeciente y colosal puente blanco.

    Cuando mi último visitante se retiró a descansar, me tumbé en la morrena delante de la cabaña, a observar y escrutar el cielo. Hora tras hora, el maravilloso arco permaneció en perfecta inmovilidad, limpiamente contorneado, como si fuera un aditamento permanente del mobiliario del cielo. Finalmente, mientras se extendía todavía por encima de la cala en un esplendor sereno e inmutable, apareció súbitamente sobre la cima de la mi montaña oriental un grupo de tirabuzones temblorosos, de color gris pálido, en hilera, que se deslizaron con nerviosa rapidez arriba y abajo de la cara inferior del arco y por encima de la montaña oriental. Tenían aparentemente una longitud de una vez y media el diámetro el arco, se mantenían en vertical y desaparecieron velozmente, como si estuvieran suspendidos, igual que una cortina. Si estas vivas hadas aurorales hubiesen cruzado el fiordo encima del arco en vez de escurrirse por la parte de abajo, uno podría haber imaginado que eran un grupo feliz de espíritus viajeros, que utilizaban el espléndido arco como puente. Debían de ser cientos de miles, pues el tiempo que empleó cada uno en cruzar el puente de un extremo a otro pareció sólo de un minuto o menos, mientras que  transcurrió casi una hora desde su aparición hasta que la última nube del atropellado grupo se desvaneció tras la montaña oriental, dejando el puente tan brillante, intenso e inmóvil como antes de su llegada. Pero más tarde, aproximadamente al cabo de media hora, éste empezó a desdibujarse. Lo atravesaron diagonalmente unas fisuras y grietas por las que se vieron unas pocas estrellas y se hizo gradualmente más fino y nebuloso hasta que pareció la Va Láctea; y por último se desvaneció, sin dejar monumento  visible de ningún tipo que señalara su lugar.

    Entonces regresé a mi cabaña, avivé el luego, me calenté un poco y me preparé pata ir a la cama, aunque demasiado feliz y rico en auroras como para dormirme. Pero justo cuando iba a acostarme, pensé que haría bien en echar otra ojeada al cielo, pata asegurarme que el glorioso espectáculo había acabado. Por el contrario, contra toda expectativa razonable, me encontré con que la base débil de otro arco empezaba a formarse en lo alto, igual que el anterior. Olvidando cualquier pensamiento de dormir, corrí a mi cabaña, saqué unas sábanas y me tumbé en la morrena a montar guardia  hasta que amaneciera, para no perderme ninguna de las maravillas del cielo, al alcance de mis ojos en aquella maravillosa noche.

    Había visto el primer arco cuando se alzaba en todo su esplendor y su desvanecimiento gradual. Ahora, iba a ver la formación de uno nuevo desde el principio. Aproximadamente en menos de  media hora, el material de plata  se congregó, se condensó y se mezcló en un resplandeciente y proporcionado arco como el anterior, también en la misma parte del cielo. A su debido tiempo, sobre la montaña oriental, surgió otra multitud de incansables y eléctricas hadas aurorales, y el atavío gris pálido, infinitamente hermoso, de cada una rozó con suavidad el de sus vecinas, mientras se deslizaban velozmente por la cara inferior del arco y por encima de la montaña oriental, justo como el feliz grupo que había seguido antes que ellas el mismo camino, todas manteniendo el paso y el tono de una  música demasiado bella para los oídos mortales.

    Mientras el alegre grupo se esfumaba rápidamente, observé el puente para cualquier cambio que hubieran podido producir en él, pero no pude detectar la más ligera alteración. No dejaron ninguna huella visible, y cuando todos hubieron pasado, el arco resplandeciente seguía permaneciendo firme y aparentemente inmutable, hasta que al final se desvaneció poco a poco como su glorioso predecesor.

    Con la única excepción de la vasta aurora purpúrea que mencioné más arriba, de la que se dijo había sido visible en casi todo el continente, estos dos arcos de plata de serena, sublime y sobrenatural belleza, sobrepasaron todas las auroras que yo he contemplado nunca. (*)

 

 

(*) Fuente: John Muir, Viajes por Alaska, Madrid, Unidad Editorial, Biblioteca El Mundo.