Niebla sobre el agua. Impresiones poéticas ante la niebla sobre un lago de Patagonia; texto Esteban Ierardo, fotos Sergio Arma

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NIEBLA SOBRE EL AGUA
Impresiones poéticas ante la niebla sobre un lago de Patagonia
Por Esteban Ierardo

 

  Niebla sobre el agua,  de lago de Neuquen. Lago Queni. Sorpresa de una mañana grabada por el lente de una cámara del amigo Sergio Armand. Vapores que inician sucesión de estallidos en la retina alerta, asombrada. Hilachas gráciles de vapor que alfombran playas y acantilados de mi atención. ¿En qué patria late la madre y la matriz que gesta los cabellos de vapor que se erizan sobre las aguas? ¿En qué resquicio dentro de una luz radiante, en qué sombra de piedra milenaria, o en qué lecho de oscuro profundo, comienza la niebla? Niebla. Universo del disimulo. Velo  y ocultamiento de lo cercano. Niebla. Nieblas: anatomías versátiles, lienzos de monocromáticos hilos estirados. Nieblas que, a veces, besan con sus labios leves. Besan. Besan bosques, llanuras, palmas saladas de océano, ciudades o valles. O aguas de lago. Como estas aguas lacustres, de patria patagónica, que ahora veo.    Niebla sobre agua. Vapor cuyas venas puedo imaginar para encontrar allí dentro, debajo,  figuras que acuden al lago. Vapores que me hacen recordar simbolismos ancestrales, nieblas como paisajes de lo indeterminado, o de lo que existe en el límite o frontera entre el mundo que toca nuestra piel y el más allá de realidades subterráneas o islas de inmortales. Así es el noroeste de la tierra para la céltica imaginación. Y también a través de los suspendidos perfumes de neblina evoco el Niflheimr, la germánica región de niebla, inaccesible para los humanos, el mundo de la diosa Hel, que gobierna sobre los que no fueron elegidos por las valquirias para asistir, con sangre y bravura, a la ragnarok, el combate final. Y en otro recuerdo entreveo el otoño imaginado como niebla en el este asiático; y rememoro también cuentos centroeuropeos que narran los hechos de enanos y brujas que crean la niebla al hervir agua o fabricar cerveza.     Pero se me ocurre ahora intuir que lo neblinoso es espesura y refugio. Espesuras de niebla donde se refugian tabernáculos de antiguas alianzas entre hombres y dioses, lienzos de oleos brillantes donde subsisten reinos habitados por hadas. Elfos. Castillos. Y poetas de verbo viajero.     Sí, mediante la imagen del vapor que flota, imagino que se eleva y sobrevive lo que antes fue hogueras y calor. Nueva fogatas, nuevo humo, nace en cada acto de amor de hombre y mujer. Nueva llama se enciende en el cruce colérico de espadas, en los fucilazos de una primera idea genial, en los imperios que se desploman sobre viejos escudos y emblemas de oro, en las almas que batallan aun cuando ya se hunden en barcos derrotados y engullidos por la cólera de la tormenta y el mar. Nueva llama se enciende en la invocación en el altar del dios, en danzas de éxtasis y sudor, en los gritos parturientos de la Madre. En todo aquello y más, crepitan hogueras crepitan, arde calor, arde con el entusiasmo de las fraguas. Y de todos estos humanos fuegos de la tierra, mana vapor, íntima densidad de la niebla. Nieblas que se enredan en laberintos de bosques; y laten sobre hierba y rocas, o geometrías de asfalto y torres cuadradas y verticales de cemento.      Nieblas que exhalan sus vapores sobre las aguas. El agua:    Niebla sobre agua. Agua circundada por patagónico suelo. Agua ondulante y cercana al árbol y el nombre Neuquen.      Antiguas llamas del humano espíritu, ahora vaporosas sedas sobre agua.      Y también necesito imaginar que los tendales de nieblas acaso son visibles pensamientos de montañas, emanaciones de cerros que meditan en todo lo que su antigüedad contempló: los vientos sin rostro, las borrascas de nieve, las saetas veloces de lluvia, o los indios que invocaban, con voz honda, a dioses y ancestros protectores.       O también necesito imaginar que la lenta niebla es escultura de seres sutiles, sin peso, acaso futuras criaturas, que viven y especulan entre volutas de aire; o también se me ocurre ver, imaginar, que la neblinosa imagen es esperma esparcido de un olvidado dios del rayo que eyaculó sobre la tierra-hembra en un mediodía donde aun no existían hombres. Y también entre algodones y arenas de niebla, niebla sobre agua, descubro cuerpos enzarzados de serpientes, reptiles que, en vapor, ocultan el santuario donde sacerdotes venideros dirán palabras que serán galaxias.       Y en la niebla, niebla sobre agua, de patagónica cuna, vapores en tu ojo de cámara, amigo, presiento puertas entornadas, ventanas con triangulares aberturas, accesos de bruma y fantasía a tierras donde las nubes vuelan dentro de piedras; y presiento ángeles con rostros de magma; y montañas hechas de rayos de luna, donde sólo habitan halcones; y presiento cohetes impulsado por colibríes, y mujeres de cabelleras tan extensas como los anillos de Saturno. Presiento mi sangre como bebida de una diosa que ama el trueno.     Todo eso y más, más, veo amigo, en tu imagen de vapor, que canta en tu cámara. Sospechas que caen en mis ojos como cascadas de granizo. Músicas y ecos dentro de la niebla. Aquella niebla sobre agua. 

  Niebla sobre el agua,  de lago de Neuquen. Lago Queni. Sorpresa de una mañana grabada por el lente de una cámara del amigo Sergio Armand. Vapores que inician sucesión de estallidos en la retina alerta, asombrada. Hilachas gráciles de vapor que alfombran playas y acantilados de mi atención. ¿En qué patria late la madre y la matriz que gesta los cabellos de vapor que se erizan sobre las aguas? ¿En qué resquicio dentro de una luz radiante, en qué sombra de piedra milenaria, o en qué lecho de oscuro profundo, comienza la niebla? Niebla. Universo del disimulo. Velo  y ocultamiento de lo cercano. Niebla. Nieblas: anatomías versátiles, lienzos de monocromáticos hilos estirados. Nieblas que, a veces, besan con sus labios leves. Besan. Besan bosques, llanuras, palmas saladas de océano, ciudades o valles. O aguas de lago. Como estas aguas lacustres, de patria patagónica, que ahora veo.    Niebla sobre agua. Vapor cuyas venas puedo imaginar para encontrar allí dentro, debajo,  figuras que acuden al lago. Vapores que me hacen recordar simbolismos ancestrales, nieblas como paisajes de lo indeterminado, o de lo que existe en el límite o frontera entre el mundo que toca nuestra piel y el más allá de realidades subterráneas o islas de inmortales. Así es el noroeste de la tierra para la céltica imaginación. Y también a través de los suspendidos perfumes de neblina evoco el Niflheimr, la germánica región de niebla, inaccesible para los humanos, el mundo de la diosa Hel, que gobierna sobre los que no fueron elegidos por las valquirias para asistir, con sangre y bravura, a la ragnarok, el combate final. Y en otro recuerdo entreveo el otoño imaginado como niebla en el este asiático; y rememoro también cuentos centroeuropeos que narran los hechos de enanos y brujas que crean la niebla al hervir agua o fabricar cerveza.     Pero se me ocurre ahora intuir que lo neblinoso es espesura y refugio. Espesuras de niebla donde se refugian tabernáculos de antiguas alianzas entre hombres y dioses, lienzos de oleos brillantes donde subsisten reinos habitados por hadas. Elfos. Castillos. Y poetas de verbo viajero.     Sí, mediante la imagen del vapor que flota, imagino que se eleva y sobrevive lo que antes fue hogueras y calor. Nueva fogatas, nuevo humo, nace en cada acto de amor de hombre y mujer. Nueva llama se enciende en el cruce colérico de espadas, en los fucilazos de una primera idea genial, en los imperios que se desploman sobre viejos escudos y emblemas de oro, en las almas que batallan aun cuando ya se hunden en barcos derrotados y engullidos por la cólera de la tormenta y el mar. Nueva llama se enciende en la invocación en el altar del dios, en danzas de éxtasis y sudor, en los gritos parturientos de la Madre. En todo aquello y más, crepitan hogueras crepitan, arde calor, arde con el entusiasmo de las fraguas. Y de todos estos humanos fuegos de la tierra, mana vapor, íntima densidad de la niebla. Nieblas que se enredan en laberintos de bosques; y laten sobre hierba y rocas, o geometrías de asfalto y torres cuadradas y verticales de cemento.      Nieblas que exhalan sus vapores sobre las aguas. El agua:    Niebla sobre agua. Agua circundada por patagónico suelo. Agua ondulante y cercana al árbol y el nombre Neuquen.      Antiguas llamas del humano espíritu, ahora vaporosas sedas sobre agua.      Y también necesito imaginar que los tendales de nieblas acaso son visibles pensamientos de montañas, emanaciones de cerros que meditan en todo lo que su antigüedad contempló: los vientos sin rostro, las borrascas de nieve, las saetas veloces de lluvia, o los indios que invocaban, con voz honda, a dioses y ancestros protectores.       O también necesito imaginar que la lenta niebla es escultura de seres sutiles, sin peso, acaso futuras criaturas, que viven y especulan entre volutas de aire; o también se me ocurre ver, imaginar, que la neblinosa imagen es esperma esparcido de un olvidado dios del rayo que eyaculó sobre la tierra-hembra en un mediodía donde aun no existían hombres. Y también entre algodones y arenas de niebla, niebla sobre agua, descubro cuerpos enzarzados de serpientes, reptiles que, en vapor, ocultan el santuario donde sacerdotes venideros dirán palabras que serán galaxias.       Y en la niebla, niebla sobre agua, de patagónica cuna, vapores en tu ojo de cámara, amigo, presiento puertas entornadas, ventanas con triangulares aberturas, accesos de bruma y fantasía a tierras donde las nubes vuelan dentro de piedras; y presiento ángeles con rostros de magma; y montañas hechas de rayos de luna, donde sólo habitan halcones; y presiento cohetes impulsado por colibríes, y mujeres de cabelleras tan extensas como los anillos de Saturno. Presiento mi sangre como bebida de una diosa que ama el trueno.     Todo eso y más, más, veo amigo, en tu imagen de vapor, que canta en tu cámara. Sospechas que caen en mis ojos como cascadas de granizo. Músicas y ecos dentro de la niebla. Aquella niebla sobre agua.  Niebla sobre el agua,  de lago de Neuquen. Lago Queni. Sorpresa de una mañana grabada por el lente de una cámara del amigo Sergio Armand. Vapores que inician sucesión de estallidos en la retina alerta, asombrada. Hilachas gráciles de vapor que alfombran playas y acantilados de mi atención. ¿En qué patria late la madre y la matriz que gesta los cabellos de vapor que se erizan sobre las aguas? ¿En qué resquicio dentro de una luz radiante, en qué sombra de piedra milenaria, o en qué lecho de oscuro profundo, comienza la niebla? Niebla. Universo del disimulo. Velo  y ocultamiento de lo cercano. Niebla. Nieblas: anatomías versátiles, lienzos de monocromáticos hilos estirados. Nieblas que, a veces, besan con sus labios leves. Besan. Besan bosques, llanuras, palmas saladas de océano, ciudades o valles. O aguas de lago. Como estas aguas lacustres, de patria patagónica, que ahora veo.    Niebla sobre agua. Vapor cuyas venas puedo imaginar para encontrar allí dentro, debajo,  figuras que acuden al lago. Vapores que me hacen recordar simbolismos ancestrales, nieblas como paisajes de lo indeterminado, o de lo que existe en el límite o frontera entre el mundo que toca nuestra piel y el más allá de realidades subterráneas o islas de inmortales. Así es el noroeste de la tierra para la céltica imaginación. Y también a través de los suspendidos perfumes de neblina evoco el Niflheimr, la germánica región de niebla, inaccesible para los humanos, el mundo de la diosa Hel, que gobierna sobre los que no fueron elegidos por las valquirias para asistir, con sangre y bravura, a la ragnarok, el combate final. Y en otro recuerdo entreveo el otoño imaginado como niebla en el este asiático; y rememoro también cuentos centroeuropeos que narran los hechos de enanos y brujas que crean la niebla al hervir agua o fabricar cerveza.     Pero se me ocurre ahora intuir que lo neblinoso es espesura y refugio. Espesuras de niebla donde se refugian tabernáculos de antiguas alianzas entre hombres y dioses, lienzos de oleos brillantes donde subsisten reinos habitados por hadas. Elfos. Castillos. Y poetas de verbo viajero.     Sí, mediante la imagen del vapor que flota, imagino que se eleva y sobrevive lo que antes fue hogueras y calor. Nueva fogatas, nuevo humo, nace en cada acto de amor de hombre y mujer. Nueva llama se enciende en el cruce colérico de espadas, en los fucilazos de una primera idea genial, en los imperios que se desploman sobre viejos escudos y emblemas de oro, en las almas que batallan aun cuando ya se hunden en barcos derrotados y engullidos por la cólera de la tormenta y el mar. Nueva llama se enciende en la invocación en el altar del dios, en danzas de éxtasis y sudor, en los gritos parturientos de la Madre. En todo aquello y más, crepitan hogueras crepitan, arde calor, arde con el entusiasmo de las fraguas. Y de todos estos humanos fuegos de la tierra, mana vapor, íntima densidad de la niebla. Nieblas que se enredan en laberintos de bosques; y laten sobre hierba y rocas, o geometrías de asfalto y torres cuadradas y verticales de cemento.      Nieblas que exhalan sus vapores sobre las aguas. El agua:    Niebla sobre agua. Agua circundada por patagónico suelo. Agua ondulante y cercana al árbol y el nombre Neuquen.      Antiguas llamas del humano espíritu, ahora vaporosas sedas sobre agua.      Y también necesito imaginar que los tendales de nieblas acaso son visibles pensamientos de montañas, emanaciones de cerros que meditan en todo lo que su antigüedad contempló: los vientos sin rostro, las borrascas de nieve, las saetas veloces de lluvia, o los indios que invocaban, con voz honda, a dioses y ancestros protectores.       O también necesito imaginar que la lenta niebla es escultura de seres sutiles, sin peso, acaso futuras criaturas, que viven y especulan entre volutas de aire; o también se me ocurre ver, imaginar, que la neblinosa imagen es esperma esparcido de un olvidado dios del rayo que eyaculó sobre la tierra-hembra en un mediodía donde aun no existían hombres. Y también entre algodones y arenas de niebla, niebla sobre agua, descubro cuerpos enzarzados de serpientes, reptiles que, en vapor, ocultan el santuario donde sacerdotes venideros dirán palabras que serán galaxias.       Y en la niebla, niebla sobre agua, de patagónica cuna, vapores en tu ojo de cámara, amigo, presiento puertas entornadas, ventanas con triangulares aberturas, accesos de bruma y fantasía a tierras donde las nubes vuelan dentro de piedras; y presiento ángeles con rostros de magma; y montañas hechas de rayos de luna, donde sólo habitan halcones; y presiento cohetes impulsado por colibríes, y mujeres de cabelleras tan extensas como los anillos de Saturno. Presiento mi sangre como bebida de una diosa que ama el trueno.     Todo eso y más, más, veo amigo, en tu imagen de vapor, que canta en tu cámara. Sospechas que caen en mis ojos como cascadas de granizo. Músicas y ecos dentro de la niebla. Aquella niebla sobre agua.

Niebla sobre el agua,  de lago de Neuquen. Lago Queni. Sorpresa de una mañana grabada por el lente de una cámara del amigo Sergio Armand. Vapores que inician sucesión de estallidos en la retina alerta, asombrada. Hilachas gráciles de vapor que alfombran playas y acantilados de mi atención. ¿En qué patria late la madre y la matriz que gesta los cabellos de vapor que se erizan sobre las aguas? ¿En qué resquicio dentro de una luz radiante, en qué sombra de piedra milenaria, o en qué lecho de oscuro profundo, comienza la niebla? Niebla. Universo del disimulo. Velo  y ocultamiento de lo cercano. Niebla. Nieblas: anatomías versátiles, lienzos de monocromáticos hilos estirados. Nieblas que, a veces, besan con sus labios leves. Besan. Besan bosques, llanuras, palmas saladas de océano, ciudades o valles. O aguas de lago. Como estas aguas lacustres, de patria patagónica, que ahora veo.

  Niebla sobre agua. Vapor cuyas venas puedo imaginar para encontrar allí dentro, debajo,  figuras que acuden al lago. Vapores que me hacen recordar simbolismos ancestrales, nieblas como paisajes de lo indeterminado, o de lo que existe en el límite o frontera entre el mundo que toca nuestra piel y el más allá de realidades subterráneas o islas de inmortales. Así es el noroeste de la tierra para la céltica imaginación. Y también a través de los suspendidos perfumes de neblina evoco el Niflheimr, la germánica región de niebla, inaccesible para los humanos, el mundo de la diosa Hel, que gobierna sobre los que no fueron elegidos por las valquirias para asistir, con sangre y bravura, a la ragnarok, el combate final. Y en otro recuerdo entreveo el otoño imaginado como niebla en el este asiático; y rememoro también cuentos centroeuropeos que narran los hechos de enanos y brujas que crean la niebla al hervir agua o fabricar cerveza.

  Pero se me ocurre ahora intuir que lo neblinoso es espesura y refugio. Espesuras de niebla donde se refugian tabernáculos de antiguas alianzas entre hombres y dioses, lienzos de oleos brillantes donde subsisten reinos habitados por hadas. Elfos. Castillos. Y poetas de verbo viajero.

   Sí, mediante la imagen del vapor que flota, imagino que se eleva y sobrevive lo que antes fue hogueras y calor. Nueva fogatas, nuevo humo, nace en cada acto de amor de hombre y mujer. Nueva llama se enciende en el cruce colérico de espadas, en los fucilazos de una primera idea genial, en los imperios que se desploman sobre viejos escudos y emblemas de oro, en las almas que batallan aun cuando ya se hunden en barcos derrotados y engullidos por la cólera de la tormenta y el mar. Nueva llama se enciende en la invocación en el altar del dios, en danzas de éxtasis y sudor, en los gritos parturientos de la Madre. En todo aquello y más, crepitan hogueras crepitan, arde calor, arde con el entusiasmo de las fraguas. Y de todos estos humanos fuegos de la tierra, mana vapor, íntima densidad de la niebla. Nieblas que se enredan en laberintos de bosques; y laten sobre hierba y rocas, o geometrías de asfalto y torres cuadradas y verticales de cemento.

   Nieblas que exhalan sus vapores sobre las aguas. El agua:

  Niebla sobre agua. Agua circundada por patagónico suelo. Agua ondulante y cercana al árbol y el nombre Neuquen.

    Antiguas llamas del humano espíritu, ahora vaporosas sedas sobre agua.

    Y también necesito imaginar que los tendales de nieblas acaso son visibles pensamientos de montañas, emanaciones de cerros que meditan en todo lo que su antigüedad contempló: los vientos sin rostro, las borrascas de nieve, las saetas veloces de lluvia, o los indios que invocaban, con voz honda, a dioses y ancestros protectores.

    O también necesito imaginar que la lenta niebla es escultura de seres sutiles, sin peso, acaso futuras criaturas, que viven y especulan entre volutas de aire; o también se me ocurre ver, imaginar, que la neblinosa imagen es esperma esparcido de un olvidado dios del rayo que eyaculó sobre la tierra-hembra en un mediodía donde aun no existían hombres. Y también entre algodones y arenas de niebla, niebla sobre agua, descubro cuerpos enzarzados de serpientes, reptiles que, en vapor, ocultan el santuario donde sacerdotes venideros dirán palabras que serán galaxias.

    Y en la niebla, niebla sobre agua, de patagónica cuna, vapores en tu ojo de cámara, amigo, presiento puertas entornadas, ventanas con triangulares aberturas, accesos de bruma y fantasía a tierras donde las nubes vuelan dentro de piedras; y presiento ángeles con rostros de magma; y montañas hechas de rayos de luna, donde sólo habitan halcones; y presiento cohetes impulsado por colibríes, y mujeres de cabelleras tan extensas como los anillos de Saturno. Presiento mi sangre como bebida de una diosa que ama el trueno.

   Todo eso y más, más, veo amigo, en tu imagen de vapor, que canta en tu cámara. Sospechas que caen en mis ojos como cascadas de granizo. Músicas y ecos dentro de la niebla. Aquella niebla sobre agua.